viernes 20 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (IV, Yo he venido a hablar de mi libro)

A las siete de la mañana, ya estoy en la calle. No hemos quedado con Birgit hasta las nueve, pero ya lo he contado: en los hoteles no duermo bien. Busco un supermercado abierto y compro un par de botellas de leche para guardarlas en el minibar de la habitación del hotel. Me da vergüenza pedirla en los bares, pero es mi bebida favorita. Es uno de los préstamos que hice a mi amigo Rafael Montalbán, el protagonista de El síndrome de Mowgli. Los lectores de esa novela tal vez lo recuerden. Cruzo el puente de los Nibelungos, recorro la Hauptplatz de Linz, me cuelo en una callejuela donde un rótulo me indica cuál es la casa en la que vivió un tiempo Kepler y desando el camino. El tiempo justo para desayunar en el hotel y encontrarnos con Birgit. Con ella volvemos a la Hauptplatz, nos enseña el balcón donde Hitler se dio un baño de multitudes justo un día antes de anunciar en Viena la anexión de Austria, el Anschluss, en 1938. Pasamos la mañana recorriendo la ciudad, nos informan de una exposición sobre un proyecto megalómano que Hitler tenía para Linz. Comemos en un restaurante con unas vistas magníficas, y es imposible no pensar en lo que la ciudad en la que estamos podría haber sido si el proyecto del Führer hubiera salido adelante. Lo que son las cosas.

Luego visitamos un lugar interesante. El centro cultural Ars Electronica. Artilugios, inventos, proyecciones en tres dimensiones. Me gustó mucho.

Ya llevo un día con los periodistas, y no me acuerdo de que, como diría Umbral, he venido a hablar de mi libro. A las tres y media de la tarde echo de menos un par de pinzas que me sujeten los párpados, pero subo a la habitación y me echo agua en la cara para espabilarme. Hemos quedado que los periodistas me van a entrevistar en dos tandas. La primera, a las tres y media. La segunda, a las cuatro y cuarto. Se supone que terminamos a las cinco porque a las cinco y media (sí, a las cinco y media) tenemos que cenar antes de asistir a un concierto. Cuando bajo al bar del hotel están los periodistas sentados, con las libretas en la mano. Ricard, Paco Luis, Josep, María, Albert, Toni, Begoña, Zoe. Todos frente a al sofá donde yo me tengo que sentar. Miguel Ángel Matellanes, mi editor, siempre al quite en estos menesteres, se sienta a mi lado. Óscar Oliveira y Susana Picos están atentos, un poco más allá. Maribel nos hace fotos. Hasta hace un rato éramos unos colegas que nos lo estábamos pasando en grande en Linz. Ahora estamos trabajando. Y esto va en serio.

miércoles 18 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (III, El paro en Linz)

Llegamos a Linz después de un par de horas de viaje en el autobús que nos esperaba. Intercambio unas palabras en alemán con la conductora y me alegro de que no frunza el ceño demasiado. Hace tiempo mi alemán era aceptable, pero hace mucho que no lo practico y hay cosas que me cuesta entender. Pero me he enterado de que la conductora me ha dicho que la esperemos en el autobús mientras va a la caja a pagar el aparcamiento. Luego, cuando llegamos a Linz, al despedirme me pregunta que cuánto tiempo vamos a estar. Le digo que dos días, que soy un escritor que vengo con un grupo de periodistas para promocionar mi última novela. Sonrió. Lo mismo mi alemán no está tan oxidado como pienso.

Algunos han dormido durante el trayecto. Yo soy incapaz. A mitad de camino me he sentado en la parte delantera, con Óscar Oliveira y Albert Montagut, el director de ADN. Pasamos un rato estupendo hablando de libros, de cine, de series de televisión sobre la Segunda Guerra Mundial. Montagut me refresca la memoria sobre Vientos de guerra, con Robert Mitchum, y yo le hablo de Ike, aquella de cuando yo era un crío, con Robert Duvall haciendo de Eisenhower. Hablamos de muchas cosas Oliveira, Montagut y yo, y, cuando nos hemos dado cuenta, ya estamos en Linz.

Un rato después viene a recogernos Birgit, que habla un español magnífico y me escucha con resignación cuando yo me dirijo a ella en alemán. Birgit es una guía extraordinaria: amable, atenta, educada, y con una paciencia envidiable cuando de conducir por la ciudad a un grupo de españoles revoltosos se trata. Nos tienen preparada una mesa en el reservado de un restaurante. Georg Steiner, el director de la oficina de Turismo de Linz, se une a nosotros. Birgit hace de traductora simultánea. Nos cuentan muchas cosas de la ciudad. Que hasta ahora ha sido fundamentalmente industrial pero que se está abriendo cada vez más al turismo. Pero es un dato lo que más me llama la atención: están preocupados porque tienen un índice del 3,6% de paro, cuando lo normal para ellos es el 1%. En fin. Prefiero no hacer comparaciones crueles.

Durante la cena estoy sentado junto a Paco Luis del Pino, que me ha demostrado unos conocimientos enciclopédicos sobre tantas cosas que a su lado uno tiene que hacer un esfuerzo para no ser un ignorante. Un rato con David Solar y con Paco Luis del Pino es como un máster bien aprovechado. Da gusto encontrarte con gente que sabe tanto. Volvemos al hotel y en el bar nos quedamos unos cuantos viendo como Paco Luis y David empezaron a debatir sobre Rommel, la Wehrmacht, Hitler. Albert Montagut los graba. Me gustaría ver ese vídeo. Poco a poco todos se van retirando, hasta que Montagut, Oliveira yo plegamos velas, como los capitanes de un barco que no se marchan hasta que no queda nadie. Mañana será otro día. Antes de acostarme me dan ganas de darme cabezazos contra la pared: el libro que estaba leyendo me lo he dejado olvidado en el avión.





martes 17 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (II, La maleta de Matellanes)


En el vuelo de Barcelona a Viena todavía no conozco las caras de todos los periodistas a los que me han presentado en el Prat. Estamos desperdigados por el avión. Maribel y yo vamos en la parte de atrás. Son un poco más de dos horas de vuelo. Para comer nos dan un sándwich que más bien parece la mitad de un sándwich, y cuando me lo zampo me levanto para estirar las piernas. Dejo en el asiento un libro que estoy leyendo para documentarme sobre un proyecto de novela que tengo en la cabeza y avanzo por el pasillo. Cada vez que salgo de viaje lo que más pesa en mi equipaje son los libros. Suelo llevar dos o tres, por si acaso. No soporto quedarme tirado en un aeropuerto sin tener un libro en las manos, o que me tenga que quedar más tiempo del que había pensado en algún sitio y quedarme sin lectura. Luego siempre me falta tiempo para leer lo que me llevo de viaje, pero me reconforta verlos en mi maleta. Parece que a la gente que viaja a Viena también le gusta leer. A mitad del pasillo me detengo, con el ceño fruncido, como si por culpa de las alturas o por haberme levantado tan temprano estuviera viendo visiones. El libro que leen los pasajeros es El violinista de Mauthausen.
Enseguida caigo: son los periodistas, que están haciendo los deberes durante el vuelo. La novela acaba de salir y se está distribuyendo. La deben de haber recibido hace poco. Ni siquiera yo, cuando he salido de viaje para A
ustria, tengo unos cuantos libros para mis amigos. Pero prefiero que los tenga la Prensa.

Apenas pasa media hora de las cuatro de la tarde cuando aterrizamos en Viena, pero ya es noche cerrada. Hace frío, pero no es grave. A mí me gusta. Apenas hace un par semanas me estaba bañando en el Atlántico, pero ya tenía ganas de sentir el aire frío, de ponerme una cazadora que abrigue, las botas de patearme ciudades cuando salgo de viaje, los guantes, los calcetines gruesos, la bufanda, un gorro de lana.

Recogemos las maletas en la cinta, y entonces miro a mi editor. Cuando lo vi en Barcelona pensé que la falta de sueño me estaba jugando una mala pasada. Esa maleta no podía ser suya. Miguel Ángel Matellanes, el director de Algaida, el mejor de todos los editores con los que he publicado, el hombre al que muchos escritores están deseando conocer, no puede haber venido a Austria con una maleta como esa Se lo pregunto: Miguel Ángel, ¿de verdad es tuya la maleta?. Responde que no, y me cuenta una historia sobre que no le cabían las botas en la suya. En fin. Espero no espantar a los escritores talentosos que leen este blog y quieren publicar en Algaida…



domingo 15 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (I, El principio)

En Barcelona, Maribel se pregunta cómo puedo estar tan tranquilo. Hace un rato que hemos llegado al aeropuerto y estamos esperando al el resto del grupo. Unos cuantos periodistas con los que nos vamos a ir dos días a Austria. Entre otros lugares, visitaremos el campo de exterminio de Mauthausen, y todos tienen preguntas que hacerme sobre mi novela.
¿Por qué preocuparme?, le contesto. En realidad, lo que yo quiero es disfrutar de este viaje que han organizado entre la editorial y la Oficina de Turismo de Linz. Charlar tranquilamente sobre mi novela, Mauthausen, la Segunda Guerra Mundial, o lo que se tercie. Peor ha sido durante la noche: el insomnio ha estado presente como siempre que tengo que salir de viaje. Pienso que el despertador no va a sonar, que el coche va a estar pinchado por la mañana o que por culpa del atasco no voy a poder llegar a tiempo al aeropuerto. Al final, nunca sucede nada de eso: las ruedas del coche están intactas por la mañana, el tráfico es aceptable y por lo menos un cuarto de hora antes de que suene el despertador ya tengo los ojos abiertos. No he dormido demasiado, pero estoy descansado. Es martes, y hasta el viernes por la noche, cuando esté de vuelta, solo habré dormido una media de tres o cuatro horas cada noche. Me suele pasar cuando estoy de viaje y lejos de mi cama. Ya estoy acostumbrado.

Al primero que me encuentro en el Prat es a mi querido Óscar Oliveira, el encargado de prensa de Algaida. Nos damos un abrazo a pesar de que durante las últimas semanas hemos hablado por teléfono varias veces al día. O tal vez es por eso. Óscar tiene mucha ilusión con este viaje. Entre Susana Picos, a quien saludo enseguida, y él, llevan semanas persiguiendo a la prensa para que nos acompañe a Austria.
Estrecho unas cuantas manos, reparto unos cuantos besos, y me hace mucha ilusión conocer, por fin, a David Solar, a quien hace seis años tuve la suerte de entrevistar en aquel fantástico programa que hicimos en Onda Cero, La ínsula Barataria, encarnando al mismísimo Adolf Hitler.
De todas las entrevistas que hice aquel verano, aquella fue la que más me gustó, y, seis años y cuatro novelas después, cuando estrecho la mano de David Solar, no puedo evitar pestañear un instante. Me pregunto si la vida no es sino un puzle inabarcable cuyas piezas acabasen encajando en un momento dado, cuando menos te lo esperas, y es como si algunas cosas de pronto tuvieran sentido. No será la primera vez que piense sobre esto durante el viaje. Aún sigo preguntándomelo.
Cuando llega Ricard Ruiz, un viejo conocido de alguna cena del Premio Ateneo de Novela de Sevilla, ya estamos todos.
Blanka Trauttmansdorff, de la Oficina de Turismo de Austria, ha venido hasta el aeropuerto. Todos los que viajamos le firman un ejemplar de El violinista de Mauthausen y yo se lo dedico. Se hace una foto con nosotros, mostrando su libro. Los demás son, de izquierda a derecha, empezando por la parte de abajo, Ricard Ruiz, Blanka, un servidor, María, Zoe, Maribel, Albert, Miguel Ángel, Óscar, Susana, Toni, Paco Luis, David, Jose, Josep, Carlos, Adrián y Begoña. A la mayoría los acabo de conocer, apenas puedo recordar los nombres de ninguno. Ahora me los sé de memoria. Este viaje ha sido para mí una gran experiencia. Y he tenido tiempo de hablar con ellos de muchas cosas. Y ahí estamos, justo antes de que todo empezara.

lunes 9 de noviembre de 2009

En paz con uno mismo

La llegada del otoño es uno de los momentos que me hacen más feliz de todo el año. A este de 2009 le ha costado arrancar, como si, a medida que me hago mayor, el otoño se volviera más perezoso, o es el verano el que se empeña en poner a prueba mi paciencia, haciéndose el remolón, como el invitado pesado que se levanta de tu sofá después de unas cuantas horas de visita sin terminar de marcharse nunca.

Pero esta tarde he salido a la calle y estaba oscuro aunque todavía era temprano, y he sentido un fresco agradable en la cara que ya creía haber olvidado, y al respirar me ha venido un olor familiar, y he sonreído al ver recortarse en la luna el humo que sale de la chimenea de un vecino, y ya estoy seguro de que, por fin, en el sur ya ha entrado el otoño. Ya era hora. Y da gusto ponerte un jersey y sentarte un domingo por la noche para ver un partido de fútbol ―aunque el fútbol te interese lo justo―, meterte en la cama y arrebujarte bajo una manta gruesa que tenías guardada en el armario, pasear por la ciudad y no fruncir el ceño al descubrir los adornos de Navidad en el escaparate de una tienda, incluso comerte prematuramente un mantecado.

No sé. En otoño es como si la vida volviese a recuperar el orden, la rutina, y yo soy un tipo que necesita cierta estabilidad para sentirse bien. No es el mejor momento para estar tranquilo cuando tu última novela acaba de llegar a las librerías y dentro de nada te vas a ir de viaje con un grupo de periodistas a Austria, pero ahora mismo estoy aquí, sentado en un sillón, el fútbol en la tele, muy bajito, escribiendo en un cuaderno que a lo mejor pasaré al blog, satisfecho después de haber dado todo lo que tenía durante el último año. En paz conmigo mismo, supongo. La mejor manera que se me ocurre de estar en este mundo.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2009

domingo 8 de noviembre de 2009

Lugares comunes y situaciones análogas


Algún día de estos volveré a contar por aquí cosas que no tengan que ver -o, al menos, que no tengan solo que ver- con mis libros. Pero la publicación de El violinista de Mauthausen es lo que ahora dirige, y condiciona, mis días. Pero no puedo olvidar que en primavera publiqué un libro de cuentos, El centro de la Tierra, que ha sido finalista del Premio Setenil (desde aquí mis felicitaciones a Fernando Clemot, el ganador). Estos días han salido algunas reseñas de mis cuentos, en Cuadernos del Sur y en Mercurio. Las pongo aquí en el mismo orden en que las he recibido. Por eso hoy os dejo la de Pedro Domene en Cuadernos del Sur, a quien le mando un abrazo y le agradezco sus palabras tan elogiosas sobre mi trabajo.


Pedro M. Domene. Cuadernos del Sur

El cuento literario español está de moda, editores y autores ven como los lectores demandan un género calificado como cenicienta de la literatura, aunque nunca debemos olvidar que se trata de una tradición que arranca desde los albores del castellano y de las primeras traducciones del árabe, se ejemplificó durante el Siglo de Oro, y adquirió categoría de universal durante el XIX y XX, con notables cultivadores.

Andrés Pérez Domíguez (Sevilla, 1969) se suma a esa larga lista con El centro de la Tierra (2009), una colección de diez relatos, escritos como explica al final de su libro, entre los años 1999 y 2007, un tiempo dilatado que alternó con algunas de sus entregas tan variadas como interesantes, un libro de relatos, Estado provisional (2001), las novelas cortas, Los mejores años (2002) y Duarte (2002), o sus novelas extensas, La clave Pinner (2004), El factor Einstein (2008) y El síndrome de Mowgli (2008). El centro de la Tierra recoge, por consiguiente, algunas de las primeras incursiones literarias del joven Pérez Domínguez, sus cuentos premiados y publicados, Un mundo perfecto y Estado provisional, incluidos en su primer libro. El resto están escritos a lo largo de la última década, y ofrecen parte de esa buena literatura a que nos tiene acostumbrados el narrador sevillano. Sus textos surgen, indiscutiblemente, de ese minúsculo laboratorio de experimentación que supone el lenguaje o esa ambiciosa pretensión de encerrar en un espacio más breve una permanente visión trascendente del mundo. Los personajes de sus cuentos se encuentran al límite de sus posibilidades cuando se enfrentan a situaciones extremas como un despido laboral en “La voz interior“ y su posterior decisión de cometer un robo vestido de Papa Noel; la angustia que vive un portero ante el lanzamiento de un penalti, justo al final de su carrera deportiva; la emotiva tarde de domingo de un ex-alcohólico con su hija, uno de los cuentos más emotivos, Vainilla y chocolate, y para terminar, la visión sociopolítica de la tortura argentina en su cuento más reciente, El centro de la tierra.

Pérez Domínguez se desenvuelve muy bien en el marco histórico de la Segunda Guerra Mundial, como en El último viaje, la magnífica descripción de ese tren que circula desde Buchenwald hasta Mauthausen, germen quizá de un proyecto mayor: El violinista de Mauthausen; pero sobresale en describir lugares comunes, con situaciones análogas, cuyos personajes recorren parte de su vida y se enfrentan a un final no menos sorpresivo con que han vivido su existencia anterior, y demuestran así que esta vida surge de una revelación inverosímil que solo con la literatura encuentra cierto sentido.

sábado 7 de noviembre de 2009

Austria y América

Por aquí dejo estas palabras que el bueno de Alejandro Luque -que, además, tiene un blog fantástico-
nos dedicaba a Lorenzo Luengo y a mí en la presentación de las novelas del Ateneo, en Sevilla, el miércoles pasado. Aún no he leído Amerika, la novela de Lorenzo Luengo, pero tiene una pinta estupenda, y, por lo que le he escuchado contar en las entrevistas que hemos compartido estos días, pergeñada durante cinco años, con la ambición legítima del que ha nacido escritor. Tiempo tendremos Lorenzo y yo de hablar durante las próximas semanas, de cine, de libros, de campos de exterminio, o de lo que vayamos descubriendo por ahí. La promoción ha empezado, y, como decían mis queridos lobos de Kipling, buena caza a todos.

De Austria a América sin salir del Premio Ateneo


Alejandro Luque

El sevillano Andrés Pérez Domínguez y el madrileño Lorenzo Luengo, ganadores del premio de novela Ateneo de Sevilla y del Ateneo Joven respectivamente, volvieron a encontrarse ayer en la presentación de sus obras galardonadas, ambas ambientadas en el extranjero y basadas en sucesos del pasado.

En El violinista de Mauthausen, Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) ha querido "recordar que unos 10.000 españoles fueron presos en Mauthausen, de los cuales murieron unos 7.500. Siempre que se habla de campos de concentración nazis pensamos en los judíos, pero los españoles también sufrieron el holocausto", explicó el escritor.

La obra, que se desarrolla a caballo entre París, Mauthausen, Berlín y Londres, pero también en San Sebastián y Sevilla -de hecho, el protagonista es paisano del autor- tiene como personajes centrales a una pareja que vive en la capital francesa en 1940. Están a punto de casarse cuando la Wehrmacht invade el país y él, republicano español exiliado, es enviado al campo de exterminio austríaco. La vida de ambos cambiará también con la aparición de un curioso personaje que recorre Europa con un violín bajo el brazo.

Pérez Domínguez recordó que "el ministro franquista Serrano Suñer se desentendió de los presos de Mauthausen, le dijo a los alemanes que podían hacer lo que quisieran. Los pocos que sobrevivieron ni siquiera pudieron regresar a España".

"Siempre digo -agregó el autor- que una novela tiene que cumplir una doble función: entretener, divertir, pero también estar bien escrita y tratar de decir algo más. Uno de mis mayores afanes es hacer buena literatura para un público amplio".

Este galardón culmina un gran año para Andrés Pérez Domínguez, que hace unas semanas recibía también el premio de novela corta La Espiga Dorada por su obra Los perros siempre ladran al anochecer, quedaba finalista del Setenil y de postre reunía sus mejores relatos en el volumen El centro de la tierra. "Todos los premios dan alegrías, pero soy de aquí y eso da un valor añadido al Ateneo. Tenía muchas ganas de lograrlo, porque entre otros lo ganó uno de mis escritores favoritos, Juan Marsé", confesó.

lector activo. Por su parte, el Ateneo Joven 2009, Lorenzo Luengo (Madrid, 1974) escribe en su novela Amerika la peripecia de de un millonario neoyorkino que se propone concluir un proyecto que el director Jacques Tourneur dejó inconcluso a su muerte. Para ello contrata a un guionista en horas bajas y se propone filmar la película frustrada con los medios técnicos de 1950 y la misma actriz que el cineasta francés eligió para el filme.

"El lector es parte activa en esta novela, y debe abrirse paso en medio de ciertas mentiras y medias verdades. Hay en la historia mucho artificio para que no se encuentre nunca con una sola posibilidad", apostilló el escritor, autor de un ensayo sobre la resurrección de Lázaro y una traducción de los Diarios de Lord Byron, entre otros títulos.

viernes 6 de noviembre de 2009

A la altura de Casablanca

Por aquí dejo esta charla que tuvieron el otro día en Onda Cero Carlos Herrera y Paco Robles sobre El violinista de Mauthausen. Cuando tu novela empieza a ser leída, durante unos días estás no puedes dejar de apretar la mandíbula, tenso como el reo que espera el veredicto del tribunal. De momento, parece que me han absuelto...





jueves 5 de noviembre de 2009

Un sentido homenaje

"Es curioso que la ficción española no se hubiese acercado antes a Mauthausen"

Pérez Domínguez rinde en su nueva novela un homenaje a los republicanos españoles que estuvieron en el campo de concentración · El libro, ganador del Premio Ateneo de Sevilla, llega ahora a las librerías

Braulio Ortiz / SEVILLA

Un hombre regresa a París después de cuatro años, cinco meses y seis días en el campo de exterminio de Mauthausen. La ciudad sigue siendo la misma, mantiene ese aire grácil que "ni el tiempo ni la invasión ni la guerra" han podido trastocar, pero él, un republicano español exiliado, se siente un cadáver "al que han concedido una prórroga de vida", es ahora un fantasma en busca de la mujer que amó. El violinista de Mauthausen, la novela con la que Andrés Pérez Domínguez ganó en junio el Premio Ateneo de Sevilla y que ahora llega a las librerías, narra la apasionada relación que hubo entre ese hombre y Anna, una mujer que colaborará con los servicios secretos aliados para salvar la vida de su prometido. Como aquellos campos de concentración que los nazis instalaban en un paisaje de naturaleza esplendorosa, el relato mezcla el romanticismo y el escalofrío, el horror y la música. Una obra con la que el escritor sevillano rinde un sentido homenaje a los 10.000 republicanos españoles que pasaron por el infierno de Mauthausen, de los que se calcula que fueron 7.500 los que murieron.

"Curiosamente, la ficción española no había contado esa historia antes", explica Pérez Domínguez, que abordó el proyecto con el propósito de que su libro contribuyera a reparar ese vacío. La historia de los republicanos españoles en Mauthausen permitía al autor hablar de unas vidas marcadas por el infortunio. "En el momento en el que pierden la Guerra Civil, se van a Francia, donde están en unas condiciones terribles en los campos del sur, y cuando los alemanes invaden Francia, unos se alistan en el ejército, la mayoría son hechos presos en Dunquerque, y a otros se los llevan a campos de concentración por sus ideas, como le pasa al protagonista de esta historia", cuenta con pesar el novelista. Son hombres que han perdido su patria y que el destino condena al desarraigo, como apunta el narrador. "Serrano Súñer, que era ministro de Asuntos Exteriores y cuñado de Franco, da carta blanca a su homólogo alemán para que haga con ellos lo que quiera, no los considera españoles. Y cuando los liberan, no tienen un país al que volver".

Sin embargo, y pese a que la ficción no esquiva el retrato de las vejaciones del campo de exterminio, la idea de la novela partió de una situación muy diferente, una escena que Pérez Domínguez se encontró en la vida real. "En el metro de Viena vi a una pareja que bailaba un vals, sin música, como si no hubiera nadie alrededor. Era una imagen muy poderosa que yo no me podía quitar de la cabeza, y a partir de eso articulé la novela", comenta. Ese baile mudo de los dos amantes, que la ficción traslada a los parisinos Jardines de Luxemburgo, o el emocionante momento en el que el protagonista oye, ya en Mauthausen, al violinista que da título a la novela, el tercer vértice de la historia, son pasajes en los que su creador parece creer todavía en el género humano. "Es verdad que en mis obras siempre hay un rayo de esperanza", admite, "y por eso suelen tener un final abierto".

El violinista de Mauthausen es la tercera aproximación de Pérez Domínguez a la Segunda Guerra Mundial tras La clave Pinner y El factor Einstein, pero el autor alega que "cada novela es diferente" y que usa "el conflicto como un macguffin [expresión acuñada por Hitchcock sobre una excusa argumental que motiva a los personajes o impulsa el desarrollo de una historia], como la zanahoria que va delante del burro para que éste avance". Lo dice alguien convencido de que "de una novela tienen que extraerse varias lecturas. No puedes contar durante 500 páginas lo que alguien siente cuando se mira al espejo, eso es aburridísimo, y tampoco limitarte al entretenimiento. Un libro tiene que ser la mezcla de esas dos cosas, pero, sobre todo, hacerte disfrutar".

viernes 30 de octubre de 2009

Presentación en Sevilla

Pues ya no hay vuelta atrás. El libro se está distribuyendo, y me espera una gira promocional que me va a llevar por unas cuantas ciudades españolas.
También nos vamos dentro de poco con una veintena de periodistas a Austria, para hacer algunos reportajes en el campo de exterminio de Mauthausen. Vienen diarios, suplementos dominicales, revistas, televisiones... Da un poco de vértigo pensarlo, pero bueno, no se me ocurre otra forma mejor de que los lectores se enteren de que El violinista de Mauthausen ya está aquí.
Pero todo eso vendrá después. Lo primero, y como no podía ser de otra forma, será la puesta de largo en Sevilla. El próximo miércoles, 4 de noviembre, a las 12,30 h estaremos en el Ateneo (c/ Orfila, 7, Sevilla), presentando El violinista de Mauthausen y Amerika, la novela de Lorenzo Luengo ganadora del Ateneo Joven. Luego habrá una copa. Es una rueda de prensa, pero puede asistir todo el que quiera.
Allí estaremos.