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Buenas cartas, malas cartas

Ni siquiera conocía su nombre, pero sabía que si no lo encontraba se convertiría en una culpa que se queda a vivir contigo para siempre, esas que, los que tenemos una memoria demasiado buena, no podemos arrinconar, más bien al contrario, cuanto más lo intentas salen a la superficie para recordarte, una y otra vez, lo imbécil que fuiste o lo fácil que hubiera sido hacer las cosas bien.
El centro de Madrid está lleno de mendigos, sobre todo cuando se encienden las luces del esqueleto de abeto en la Puerta del Sol y un hormiguero de gente circula desde Callao hasta la calle Mayor, los vendedores de lotería cantan los números de Doña Manolita y las sirenas de policía aúllan un rato sí y un rato también para abrirse paso entre la multitud. Una de esas mañanas, bien temprano, a esas horas en las que todavía se puede caminar por el centro de Madrid en vísperas de Navidad, vi al mendigo en la acera. Supongo que me fijé en él porque había un perro a su lado. Me conmueven por igual esos perros q…

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