Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.
No sé si un diosecillo virtual la ha tomado conmigo por escribir aquí el otro día que damos demasiada importancia a las redes sociales. Lo sigo pensando (eppur si muove, que diría el gran Galileo), pero ayer, tratando de hacer un cambio en mi perfil personal de Facebook me desaparecieron los 5.000 amigos. Juro que hice todo lo que el ordenador me pedía y seguí a rajatabla, como un soldado obediente, cada uno de los pasos. Pues nada, que se acabó, no sé si temporalmente o para siempre. Puedo dar de alta otro perfil personal, pero entre que no sé muy bien si podré recuperarlo (he pedido a Facebook que me lo devuelvan) y que me da un poco de pereza empezar de nuevo, prefiero atender a todo el que quiera decirme algo en la página de Facebook, donde ya estaban muchos amigos, o en Twitter. No, no os vais a librar de mí tan fácilmente...
Será porque no me entusiasma debatir por lo que nunca tendré muy claro si las redes sociales sirven para mucho más que para perder el tiempo. La utilidad que tienen para mí es el contacto con los lectores de mis libros, enlazar estos textos del blog en Facebook y en Twitter y así poder llegar a más gente. Poco más. Pero nos estamos equivocando, creo, y terminamos con la sensación falsa de que no existe nada más allá de Facebook o Twitter. Incluso de Internet. Como si el mundo real estuviera en la pantalla del ordenador o en las paridas que a unos cuantos se les ocurren y, sorprendentemente o no, acaban siendo trending topic en Twitter.
Y, a decir verdad, tampoco tengo muy claro que contar con muchos seguidores en las redes sociales signifique un número proporcional de libros vendidos. Creo que no. Los lectores son demasiado inteligentes para eso y se guían por sus gustos, por su propio criterio.
Ya sé es una paradoja leer esta entrada del blog después de pinchar en un enlace de mi perfil en Facebook o Twitter, pero es lo que pienso. Me asombra ver cómo mucha gente pierde el tiempo en las redes sociales para según qué cosas, y a veces no me queda más que dar la razón a quienes auguran que Facebook o Twitter terminarán muriendo de éxito.
Yo a veces pienso que me van a matar de aburrimiento.
Ahora que El síndrome de Mowglivuelve a la carga en bolsillo, permitidme que ponga aquí (total, es mi blog, dónde mejor...) esta reseña, la última hasta ahora aparecida de esta novela, creo, en agosto de 2011. Y aprovecho ahora para dar las gracias a Olga por sus palabras.
"Salvaje, sexy, cautivadora...
De Andrés Pérez Domínguez, os cautivará desde la primera palabra con esta obra llena de talento narrada en primera persona por su protagonista, un exboxeador fracasado que hace al lector cómplice inmediato de su desarrollo y le sorprende con una historia dinámica que comparte con personajes consistentes y bien perfilados.
La recomendaría a cualquier edad adulta, para todo género y en cualquier circunstancia, pues contiene las dosis justas de aventura y romance...
...y además, chicas, Rafael Montalbán, que es así como se llama la "pieza" en cuestión, consigue que te enamores al instante de este ex aspirante a Campeón de Europa superwelter.
Y es que Andrés, desde luego, ha dado en el clavo en cuanto a la concepción de los personajes; de forma casi providencial con Rafael. No sé si fruto del estudio y observación del comportamiento femenino o de la casualidad, este sevillano ha dado vida a una mezcla salvaje muy preciada entre las féminas de todas las generaciones, una miel al que como las moscas nos sentimos irremediablemente imantadas, a saber: tres cucharadas soperas de fuerza bruta, dos de valentía, ralladura de temeridad, una pizca de agresividad, la justa para partirle las piernas a cualquiera, eso sí… si se lo merece… edulcorado con pasión por la lectura y aderezado de conflictos emocionales y problemas económicos… el resultado, un hombre del que tu sexto, tu séptimo e incluso sentidos que no sabía la ciencia que teníamos, te sugieren que huyas pero por el que de forma irremediablemente sexy te dejas atrapar.
Termino de leer anoche, muy tarde, La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina. Tenía en mi estantería la edición de bolsillo que compré hace ocho meses, pero hasta hace unas cuantas semanas no me puse a leerla. A menudo compro libros que sé que leeré pero no los empiezo inmediatamente porque antes tengo otros en cola o porque lecturas más urgentes requieren mi atención. También, una vez empezado, he tardado un poco más de lo que acostumbro en leerlo. Puede que al revés que mucha gente, cuando me gusta un libro prefiero leerlo despacio, como una comida sabrosa que disfruto cucharada a cucharada retrasando el momento de levantarme de la mesa. Por eso las casi mil páginas de La noche de los tiempos me han acompañado en todos los viajes que he hecho en las últimas semanas.
Los libros de este escritor no son del gusto de todo el mundo ―no lo son los libros de ningún escritor―, pero, en mi opinión, primero está Muñoz Molina y luego están ―estamos― todos los demás. Hay algo que me gusta mucho de La noche de los tiempos, y es la objetividad―por contradictoria que pueda resultar esta palabra en una obra de ficción― al retratar el horror del Madrid del 36: si en un bando eran unos bárbaros y unos asesinos en el otro no les iban a la zaga. “Ellos se sublevaron y ellos tienen la culpa de que empezara la matanza. Ellos merecen perder, pero nosotros hemos cometido tantas barbaridades y tantas estupideces que no nos merecemos ganar”, le dirá Ignacio Abel a Judith Bieley. Fantástico el retrato del impetuoso y vitalista Negrín, del amable Moreno Villa o el sectario Bergamín. A uno, que le interesa tanto esta época, le da que el listón para escribir ficción sobre esos años vuelve a estar muy alto. Demasiado.
Algunos amigos lectores me habían advertido que a la última novela de Antonio Muñoz Molina le sobraban bastantes páginas. No estoy de acuerdo: yo hubiera preferido que tuviera otras mil páginas más. Anoche la cerré, feliz después de haberla leído pero con un poco de pena también, porque cada vez que termino un libro que me ha gustado mucho me siento un poco huérfano y vago por mi biblioteca buscando otro que me lo haga pasar tan bien. No es fácil después de leer La noche de los tiempos. Pero, como el conde de Montecristo, confío y espero. Tampoco pido tanto: con encontrar una vez al año un libro que me haga disfrutar como éste me daría por satisfecho.
Desde septiembre de 2005 no salía una novela mía en bolsillo y, como no lo esperaba hasta el mes próximo, me ha hecho mucho ilusión hoy recibir un regalo adelantado: El síndrome de Mowgli y El violinista de Mauthausen ya están a la venta en bolsillo. SÓLO CUESTAN OCHO EUROS. A lo mejor alguno vendrá a contarme otra vez la cantinela ésa de que los libros son caros... Si están bien editados, con una letra digna y un buen papel, creo que los libros en bolsillo son el mejor argumento contra los agoreros que avisan hasta el aburrimiento sobre la crisis del sector. Los malos tiempos me sacuden como a cualquiera, pero yo compro muchos libros en bolsillo, porque son más cómodos y más baratos, y me da la sensación de que el mercado del bolsillo, sin hacer tanto ruido como el del libro electrónico, está cada vez más desarrollado. Y aún tendrá que desarrollarse más, espero. No digo que el libro electrónico no tendrá su ventajas, porque sin duda las tiene, y seguro que muchas, pero para mí no se puede comparar leer un libro en papel a hacerlo en una pantalla. Ahora mismo ando terminando de leer un novelón, en bolsillo, de casi 1.000 páginas y sólo de imaginarme leyéndolo en una tableta me duele la cabeza.
Apenas tengo tiempo últimamente para leer, por eso en lugar de una o dos semanas, esta novela me ha acompañado durante todos los viajes que he hecho últimamente. Feliz al guardarla en la maleta. Reconfortado sólo por saber que estaba ahí. El maestro Reverte lo contaba en octubre pasado en un artículo. Pego sus palabras porque yo no sabría decirlo mejor: “Mucho se equivocan, pienso una vez más, quienes afirman que una tableta electrónica borrará el libro de papel de las necesidades humanas. Porque un libro no sirve sólo para leer. Sirve también para que su peso tranquilice las manos lectoras, para subrayar y ajar sus páginas con el uso, para regalar el ejemplar leídoa personas a las que quieres. Para ver amarillear sus páginas con los años sobre los viejos subrayados que hiciste cuando eras distinto a quien ahora eres. Para decorar –no hay cuadro ni objeto comparable en belleza– una habitación o una casa. Para amueblar una vida.”
A lo mejor se cumple la profecía maya esa y el mundo se acabará en diciembre, pero yo voy a estar bastante entretenido en 2012. Y, quién sabe, igual sigue saliendo el sol el 22 de diciembre, y lo mismo nos toca la lotería. En serio, los que me conocen saben lo poco que me importan los asuntos esotéricos y los embaucadores que salen en la tele para entretener a los insomnes recalcitrantes. Y como no creo que el mundo se vaya acabar en diciembre, sigo trabajando. El mes que viene Algaida publicará en bolsillo El violinista de Mauthausen. Dos años y cuatro meses después de su primera edición, El violinista va a estar en las librerías en un formato económico, y seguro que muy bien editada.
(El violinista de Mauthausen en El público lee, Canal 2 Andalucía, en junio de 2010):
Lo mismo sucederá en febrero con El síndrome de Mowgli, la más personal de todas mis novelas publicadas, la favorita de mucha gente, y la que, paradójicamente, menos lectores ha tenido hasta ahora. A los lectores que disfrutaron con esta novela les extraña cuando se lo cuento y me preguntan la razón. En realidad, no tengo ni idea, pero puede que la mayoría de mis lectores me identifiquen con las novelas de espionaje, intriga y aventuras, y no acaben de fiarse cuando recurro a otros registros, que, a decir verdad, no creo que sean tan diferentes. Pero no me quejo. Sería muy injusto por mi parte hacerlo. En cualquier caso, en febrero estará disponible El síndrome de Mowgli en bolsillo para todo el que le apetezca hincarle el diente.
(Con Angels Barceló en la SER, contando El síndrome de Mowgli en febrero de 2009):
Me hace una ilusión muy grande anunciar que en julio la editorial Debolsillo recuperará en formato económico La clave Pinner, y en octubre hará lo mismo con El factor Einstein. Veo últimamente que muchos escritores se han lanzado a la aventura de la autopublicación electrónica, pero yo, cuando recuperé los derechos de estas novelas hace dos años, preferí esperar la oportunidad de que una editorial potente se animara a comercializarlas de nuevo. De alguna manera, La clave Pinner decidió mi destino hace poco más de siete años. La publicó Rocaeditorial y, aunque antes había publicado varios libros, está claro que aquél fue mi debut comercial con todas las de la ley. Rara es la firma en una feria del libro en la que no viene algún lector con un ejemplar de La clave Pinner para que se lo dedique. Y no estoy muy seguro de que sepan cuánto me alegra.
(Con Carlos Herrera en Onda Cero, hablando de La clave Pinner en diciembre de 2004):
Y El factor Einstein probablemente sea mi novela más ambiciosa: el científico más famoso del mundo, la guerra en Europa a la vuelta de la esquina y una físico alemana a la que la Abwher envía a Nueva York para acabar con la vida de Albert Einstein antes de que pueda convencer al presidente Roosevelt de la fabricación de la bomba atómica... A pesar de que tuvo muchos lectores, nunca me sentí cómodo ni bien tratado en la editorial que la publicó en enero de 2008. Estoy muy contento porque ahora va a tener una nueva vida.
(Con Chema García y Susana Valdés en Onda Cero, desmenuzando El factor Einstein en enero de 2008):
Aunque tal vez lo más importante (o lo más llamativo) será anunciar, aunque algunos ya lo sabéis, que en octubre se publicará mi nueva novela. Hasta ahora sólo la han leído unas cuantas personas muy queridas, aparte de mi agente y mis editores, claro. En otoño dejará de pertenecerme y pasará a ser de mis lectores. Me gusta verlo de esa forma. La publicará Plaza & Janés (para quien no lo sepa ―los lectores no tienen por qué saberlo―, Debolsillo, la editorial que editará La clave Pinner y El factor Einstein, forma parte del mismo grupo que Plaza & Janés, y, entre otros, su voluntad de recuperar estas dos novelas ha sido uno de los principales motivos que me han decidido a publicar con ellos). Mi nueva novela aún no tiene un título definitivo, por eso prefiero reservármelo. Es una historia ambientada entre París, Berlín, Salzburgo, Barcelona, y principalmente Madrid y Sevilla, en enero de 1950. Una novela de más de quinientas páginas que me ha tenido muy ocupado durante el último año y medio. Ahora ando puliéndola, ajustando algunos detalles, cambiando algunas cosas que no acaban de convencerme. Sin prisas. Desde que escribí La clave Pinner y El síndrome de Mowgli no había tenido tanto tiempo por delante para rematar una novela. Y es agradable trabajar sin agobios. No sé si será mejor o peor que las anteriores y, además, no me corresponde a mí decirlo, pero puedo adelantar que habrá mucha aventura, emoción y romanticismo, tesoros escondidos, espías desencantados y nazis nostálgicos en la Guerra Fría. Espero que los lectores se lo pasen muy bien con ella y, si es posible, descubran algo que no sabían.
Cuando termine de pulirla, y aún quedan al menos un par de meses por delante, tendré que corregir las galeradas, y también quiero revisar La clave Pinner y El factor Einstein antes de que se publiquen. El que quiera leer mis libros se va a quedar sin excusas: cuatro novelas en bolsillo y una novela nueva en 2012. Y no veo el momento de ponerme a escribir otra novela. Me gustaría que este año tuviera más de doce meses. Pero eso no es posible. Tampoco pasa nada. Yo pienso seguir aquí en 2013, aunque la profecía maya diga otra cosa...
Es una tarde rara la de ayer porque las calles de Sevilla están abarrotadas de gente que parece querer aprovechar el último día de las fiestas, pero en la mayoría de los escaparates los adornos navideños han sido sustituidos apresuradamente por cartelones con el precio de hace apenas veinticuatro horas tachado con un aspa enorme y números más grandes todavía que anuncian las rebajas. No me cabe duda de que el centro esta mañana estará igual de repleto de gente que hace cola en las tiendas y hoy los telediarios abrirán con la misma imagen tópica de cada año el día del pistoletazo de salida de los saldos. Sin embargo, la tarde de ayer se me antoja la mejor para ir a ver El topo, y después de salir del cine pienso que no se me habría podido ocurrir un plan mejor. Ni el más rico roscón de Reyes ―si me gustara, porque no me entusiasma― me habría deparado un rato más feliz. Hoy es sábado, vuelvo a trabajar desde muy temprano, pero no puedo dejar de pensar en lo que vi ayer. El topo es una película con una trama complicada en la que no resulta difícil perderse, pero no es sólo eso por lo que uno termina de verla y con gusto pagaría otra vez la entrada. Bastan las interpretaciones, la atmósfera o los minutos finales para gastar seis euros y otras dos horas de vida en el cine.
No niego que lo paso bien con James Bond y con algunas de las misiones imposibles de Tom Cruise, pero me pierden los espías de carne y hueso que trabajan en oficinas sórdidas, las historias sin estridencias, sin efectismos, que dignifican eso que los estirados llaman “género” desdeñosamente cuando hablan de las novelas de espías. Los libros de Le Carré me han procurado muchos momentos de felicidad desde muy jovencito, y ayer, en el cine, era como si volviera a leerlos. Fantástico Gary Oldman como el inteligente, miope y cornudo Smiley. Fantásticos todos los demás, desde el primero hasta el último. Creo que tenía doce o trece años cuando leí El espía que surgió del frío. Tal vez porque fue la primera que me zampé de John le Carré, de sus novelas siempre ha sido mi favorita. En ella había una frase que jamás pude olvidar y la puse como cita en La clave Pinnercasi veinte años después:
“¿Qué te imaginas que son los espías: sacerdotes, santos y mártires? Son una lamentable procesión de memos, vanidosos y traidores, además; sí, maricas, sádicos, borrachos, gente que juega a pieles rojas y cow boys para iluminar sus putrefactas vidas”
Estos son los espías de El topo. No os la perdáis.
Anoche llegaron los Reyes Magos, pero esta mañana me he enterado en el blog de mi amigo Miguel Ángel Muñoz de la desaparición del fantástico programa Borradores en la televisión aragonesa. No resulta infrecuente que los responsables de los medios metan la tijera a la cultura cuando de reducir gastos se trata (yo también conduje un espacio de libros en la radio hasta 2009 y la crisis se lo llevó por delante), pero no deja de sorprender que un programa como el de Antón Castro desaparezca de la parrilla. Durante años había escuchado hablar, primero de su presentador, el escritor Antón Castro; luego del estupendo programa que hacía en la televisión aragonesa, Borradores; hasta que yo también tuve el honor de estar allí, hace ahora justo dos años, para hablar de El violinista de Mauthauseny pasar un buen rato con el presentador, al que tenía muchas ganas de conocer. Antón Castro tiene esa rara virtud que aprecio tanto en la gente: es de esos tipos en los que confías nada más verlos, con los que estás seguro de que bastarían dos o tres encuentros para ser grandes amigos.
Yo espero volver a Zaragoza y pasar un rato con Antón Castro. Ojalá que mientras los técnicos preparan las cámaras y los micrófonos para grabar un programa.
Ya sé que va a parecer una contradicción: me gusta la Navidad pero me aburre la Nochevieja. Los que me conocen lo saben. Y no es por ser aguafiestas, pero tampoco me gustan las uvas, el champán no me entusiasma y anoche viendo a Anne Igartiburu me di cuenta de que los que se hacen un lío (yo el primero) con el asunto de los cuartos y las campanadas ahora lo tienen más fácil porque en la tele van desapareciendo unos circulitos a la par que hay que tragarse las uvas.
Pese a mi aburrimiento acostumbrado de cada treinta y uno de diciembre me acosté tarde viendo la tele, navegando un rato en Internet, leyendo. Ya no me acuerdo. Esta mañana, sin embargo, trabajo desde las nueve: tengo que ajustar algunos detalles de mi nueva novela, oscurecer ciertos rasgos del protagonista y comprobar una vez más los tiempos de varias caminatas por las calles de Madrid. Sé que suena algo obsesivo, pero es lo que hay. Este trabajo es así, y la única manera que yo conozco de sacarlo adelante es no parar de darle vueltas al texto hasta que el libro empieza a imprimirse. Aún quedan diez meses para eso. Tiempo más que suficiente para releer, corregir, quitar o poner. Para desvelarme más de una noche porque hay algo que no me acaba de encajar. En fin, que voy a estar muy entretenido.
Pero en el sur luce estos días un sol espléndido y a media mañana ya estoy pedaleando. Es fiesta, después de todo. Me encuentro a otros ciclistas, gente andando por el campo (haciendo senderismo, como ahora se llama no sin cierta cursilería), padres que pasean con sus hijos por las calles de los pueblos que atravieso. Vuelvo a la hora de comer, otra vez con la familia. Los momentos con la familia nunca son suficientes. Y en cuanto termino estoy andando otra vez por un camino con el mismo entusiasmo de un hobbit, disfrutando de la luz del atardecer, con la única compañía de unas cabras que pastan felices al otro lado de una valla.
Quizá para muchos no sea el mejor plan del mundo en Año Nuevo, pero a mí vale con estos buenos ratos. Ahora, mientras escribo, Maribel ve en un deuvedé Qué bello es vivir en versión original. Tampoco es la película más vanguardista para una noche navideña, pero es que, no nos engañemos: casi todo lo bueno ya está inventado. Y resulta agradable escuchar al bueno de George Bailey en inglés mientras escribo.
Que el 2012 sea muy bueno para todos los que os pasáis por aquí.
Igual que los petardos insoportables y los árboles de Navidad de los chinos, abundan estos días los cascarrabias nostálgicos de Scrooge que abominan de las fiestas, del buenismo hipócrita y la felicidad irreal o sospechosamente forzada de los últimos días de diciembre. Sin embargo, a mí me gusta la Navidad. Casi siempre, y aunque moleste a los aguafiestas, saca lo mejor de nosotros durante unos días. La vida ya es bastante jodida y hay demasiados hijos de puta sueltos por ahí como para no alegrarse de tener una tregua.
No soy de lágrima fácil, pero una de las cosas que más me gustan de la Navidad son los anuncios. No tiene nada de extraordinario porque los anuncios me gustan en cualquier época del año. Pero, sí, los anuncios navideños tienen algo especial. Desde los turrones El almendro hasta ese de hace dos o tres años, creo, en el que un padre aprovechaba para escuchar un “te quiero” de labios de su hijo gracias a una película; o el año pasado, el de la niña cubana que le regalaba por Navidad a su abuelo una bola de nieve. Pero el de Campofrío de este año me ha dejado tumbado, y cada vez que lo veo me emociono.
No sé si después de rodar el anuncio Florentino Fernández y Chiquito de la calzada han vuelto a pleitear por las imitaciones que el primero hacía de el segundo; tampoco sé si Pajares y Esteso sólo se han dirigido la palabra porque estaban las cámaras delante. Ni lo sé ni me importa. Me gusta mucho lo que veo. Punto. Y siento una bola en la garganta cuando suena el teléfono y aparece el maestro Gila. Pero es que, ya lo dije al empezar: yo soy de esos sentimentales que prefieren disfrutar de la Navidad.