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Salvar a Pepe

Los domingos de agosto no son los días más animados si no eres aficionado a buscar un hueco donde colocar la sombrilla en la playa o a los atascos kilométricos. Acomodarte en tu sillón favorito para ver una película o releer las aventuras de los arponeros de Nantucket son opciones tan legítimas y tan placenteras que más de una vez te preguntas si la vida no es lo que te pasa entre los libros y las películas o mientras esperas el momento de hacer las maletas y largarte a un sitio donde, si es posible, no hayas estado nunca. Caminar también es otro de los placeres veraniegos: una lesión molesta ―¿cuál no lo es?― me impide ir a entrenar estas semanas, pero como no me puedo estar quieto echo un pie detrás del otro cada día hasta que, como quien no quiere la cosa, en plan conejito de Duracell, me zampo doce o quince kilómetros entre olivos, naranjos y terrones abrasados por el calor. Como un remedo de explorador, me gusta embocar caminos secundarios. Unas veces descubro atajos inesperados …

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