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Paco Camarasa

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Cuando todavía me lamentaba por la muerte de Philip Kerr me he enterado de que también se nos ha ido Paco Camarasa. Qué jodida casualidad que las últimas entradas que escribo en el blog sean dos necrológicas. Mucha gente no sabrá de quién hablo. Sin embargo, para otros ―lectores, sobre todo― Paco era el librero de referencia en España, un país donde hay más escritores que lectores: cada día tengo menos dudas. Su librería Negra y criminal era lugar de paso obligado para todos los autores que de alguna manera ―aunque sea tangencial o esporádica, como en mi caso― nos hemos acercado al género en nuestras obras. Sólo lo vi unas pocas veces, pero siempre fue amable y generoso conmigo. La primera vez, en una Semana Negra de Gijón, al frente de su puesto de libros en el festival asturiano. Le dije que quería comprar una de esas camisetas negras molonas con el nombre de la librería serigrafiado. Para tener una, me dijo, has de venir un día a la librería y te haremos una foto. La foto me le hi…

Adiós a Bernie Gunther

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Esta mañana me he enterado de la muerte de Philip Kerr y he sentido la misma pena que si hubiera perdido a un amigo. Mi querido Óscar Oliveira me ha llamado para contármelo. Se lo ha llevado un cáncer a los sesenta y dos años recién cumplidos. Desde que lo descubrí gracias a las recomendaciones de otro querido amigo, Gregorio León, le he dedicado varias entradas en este blog. No se trata hoy de repetirme, no me apetece. Aún me faltan por leer dos novelas de la serie del gran Bernie Gunther y hoy he sabido que hay otras dos pendientes de publicación en España. He aprendido y sobre todo he disfrutado con los libros de Philip Kerr. No se me ocurre una manera mejor de rendirle tributo que leyéndolo, pero ahora, por desgracia, será de un modo diferente porque sé que los cuatro libros que me faltan serán los últimos protagonizados por el detective Bernie Gunther. Es igual que tener unas pocas botellas de un vino delicioso que ya no se volverá a vender y dudar entre abrirlas o guardarlas par…

Alegrías de domingo

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Termino estos días —más bien estas semanas, espero que no meses— una novela en la que llevo sumergido mucho tiempo. La trama está cerrada, sé todo lo que pasa —casi todo, mejor dicho—, pero voy corrigiendo muy despacio el último borrador, entreteniéndome en lo que no me convence el tiempo que haga falta. Como en una montaña rusa —lo de rusa es literal, porque buena parte de la trama sucede en Rusia—, hay capítulos que ventilo en un día; sin embargo hay semanas en las que, con suerte, no consigo apuntalar más de uno. El insomnio se ha convertido en un inevitable compañero habitual y las jornadas de trabajo, cada vez más largas, se dividen entre las que el desánimo gana terreno y te planteas seriamente si merece la pena tanto esfuerzo para escribir algo que tal vez nadie querrá leer, que incluso ningún editor, nunca se sabe, querrá publicar; y las que, a lo mejor porque luce el sol, eres un poco más benévolo contigo mismo y te dices que, al cabo, no lo haces tan mal. Estos días me traía…

La felicidad de la tierra

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Hay un libro de Manu Leguineche cuyo título recuerdo a menudo: La felicidad de la tierra. Lo tuve en mis manos, hace muchos años, cuando se publicó, pero no lo compré. Luego lo he visto alguna vez en puestos de saldo, creo que se ha reeditado hace poco. Al final acabaremos encontrándonos, seguro. Paseo tanto por el campo andaluz que el título del libro adquiere una resonancia especial, un significado puede que distinto al que quieren expresar sus páginas, pero me da lo mismo. Hace muchos años, cuando empecé a publicar, algunos amigos me sugerían que me fuese a vivir a Madrid, o a Barcelona. No digo que no tuvieran razón. En Madrid, argumentaban, parte de tu trabajo sería acudir a saraos literarios, dejarte ver, conocer a otros escritores, editores, gente de eso tan confuso y engañoso llamado mundillo literario. Pero nunca lo hice, ni siquiera me lo planteé. No sé si obré bien o mal, pero no me gusta alternar, y mucho menos me gusta pasar la mano por el hombro a nadie, ni que me la pas…

Empacho de banderas

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No tengo nada en contra de esas telas coloridas que manifiestan el entusiasmo o la pertenencia a un grupo, a un territorio o a una ideología concreta o confusa, pero salgo a la calle y me doy cuenta de que estoy empachado de banderas. Una cosa es verlas amodorrado en el sillón durante el telediario y otra toparte con ellas al dar un paseo. Que cada cual decore el balcón de su casa estos días como le plazca, pero que no cuenten conmigo. Nunca he tenido una bandera guardada en un cajón. Al cabo, lo que me cansa no es un trozo de tela, sino la intención de quien la coloca en su balcón o se la anuda al cuello como una burda capa. Hace unos pocos días, en Normandía, me gustó ver que en bastantes casas francesas de la costa ondeaban orgullosas banderas norteamericanas, supongo que por el agradecimiento genuino de la gente al sacrificio aún patente en las estremecedoras cruces blancas del cementerio de Omaha beach. Pero ésa es otra historia. No marearé más la perdiz: me molestan las banderas

¿Emoción o análisis?

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(Si no habéis visto Juego de tronos y tenéis intención de verla, no leáis este post. Avisados estáis...) Muchos espectadores se han sentido decepcionados con algún episodio de la penúltima temporada de Juego de tronos. Traicionados, quizá: suelen ocurrir estos disgustos cuando lo venerado no alcanza las expectativas. Yo no me encuentro entre ellos, ni siquiera porque el colmillo se me haya retorcido irremediablemente de tanto inventar historias. Juego de tronos cada vez me gusta más, y esta temporada que concluyó el otro día es de las que más he disfrutado. Sí, vale, las elipsis son tramposas y todo el mundo no tiene por qué hacer la vista gorda. Pero me puede la emoción de lo que va a pasar aunque lo intuya, o quizá, precisamente, porque lo intuya. Adoro a la mayoría de los personajes, y los que se me atragantan acaban desapareciendo como merecen. También han desaparecido muchos que habrían merecido mejor suerte, pero quién ha dicho que la ficción tenga que ser justa si la vida no lo …

Un viejo cascarrabias

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Voy camino de acabar siendo un viejo cascarrabias. No puedo hacer nada por evitarlo. Me molestan los ruidos, el bullicio, los lugares multitudinarios, las caravanas para ir a la playa y cada vez tengo menos paciencia con los cantamañanas. Pero, para ser sincero, de jovencito también me molestaban estas cosas. Aunque no recuerdo bien si antes me incomodaban tanto las prisas; la urgencia que los demás quieren transmitirte, quiero decir. Será cosa de estos tiempos (sí, ya lo sé: es la frase típica de un gruñón amargado y anticuado, pero lo avisé en la primera frase): todo tiene que ser inmediato, cuanto antes, para ayer si puede ser. Lo del atentado en Barcelona hace dos días es una muestra triste (y preocupante para un futuro viejo misántropo) de la puñetera urgencia por contarlo todo y por saberlo todo. Para enterarse de lo que está pasando basta tener un móvil y conectarse a las redes sociales donde miles de personas, con mejor o peor criterio, estarán encantadas de informar. Todo suc…

Mi abuelo

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El hombre más sabio que conocí no sabía leer ni escribir. La frase no es mía, es de Saramago. Ser escritor es darte cuenta a menudo de que las mejores frases ya las han escrito otros. Si no eres consciente de eso, además de no ser humilde resulta que también eres tonto. Mi abuelo tampoco sabía leer ni escribir. Con mucho trabajo remataba su firma en papeles cuyo significado no podía interpretar. Hoy me entero de que es el día de los abuelos y recuerdo que en mayo pasado se cumplieron veinte años de su muerte. Sólo conocí a mi abuelo paterno y a mi abuela materna. Mi abuela paterna murió cuando mi padre tenía tres años. Mi abuelo materno cuando yo era un bebé y no me acuerdo de él. Tengo la suerte de que aún viven casi todas las personas que he querido, pero de mi abuelo me acuerdo cada día. Recuerdo haberle preguntado de niño por lugares con resonancias épicas donde estuvo en una guerra que perdió (Ebro, Jarama...), pero hasta que no fui mayor no me di cuenta de que no le gustaba habl…

Vidas paralelas

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Por alguna extraña razón acostumbro a sobrecargarme de trabajo cuando estoy muy ocupado. Será tal vez porque me siento más vivo y con más ganas de hacer cosas cuando las tareas se multiplican, o es que tengo miedo al tedio, a no hacer nada y quedarme bloqueado y con los pies dormidos para siempre si no ando embarcado en algún proyecto. No hablo sólo de trabajo, también hablo de la vida. El verano avanza, inexorable y asfixiante, cada vez más, qué pena, en el sur, pero me levanto muy temprano cada mañana y como muy tarde a las ocho estoy escribiendo. Necesito unas cuantas horas de concentración plena antes de que suene el teléfono (a pesar de que suelo tenerlo en silencio cuando escribo, no puedo evitar mirar la pantalla en los breves descansos y me cuesta no atender las llamadas perdidas o los mensajes acumulados) y la vida, que sigue ahí, al otro lado de la ventana, me requiera para las tareas cotidianas: hacer recados, atender a los amigos y a la familia, ocuparme de cosas important…

La piel fría

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Fue mi querido Félix J. Palma quien me puso sobre aviso hace trece años. Por aquella época hablábamos a menudo, nos contábamos nuestras inquietudes literarias e incluso algunos años antes cotejábamos mes a mes nuestras bases de datos con certámenes para concursar. Félix me alertó, decía, sobre una novela que había leído y estaba seguro de que me encantaría. Como tiene buen criterio y me conoce como lector y como escritor, le hice caso y compré La piel fría, de Albert Sánchez Piñol. Todavía tardé varios meses en leérmela (otras lecturas mandaban y yo estaba entonces arremangado en la promoción de La clave Pinner) pero cuando la empecé no pude parar hasta el final. Una historia tan sencilla como inquietante y fascinante: un exactivista del IRA llega a una isla del Pacífico Sur en la segunda década del siglo XX. En ese lugar apartado, sólo vive un tipo peculiar que responde al no menos peculiar nombre de Batís Caffó y cada noche les atacan unos monstruos que vienen del fondo del mar. No …

La dificultad

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Un amigo me preguntaba hace un par de días por mi nueva novela. Chasqueé la lengua, incómodo, sacudí la cabeza. Ahí ando, le respondí, que es lo máximo que acostumbro a contar cuando estoy atascado, no sólo en el trabajo, sino en la vida en general. No suelo dar muchas explicaciones. Por coherencia, tampoco las pido. Pero Alfonso es un chaval al que aprecio y me explayé un poco: estoy peleándome con ella, añadí; ya veremos quién gana... Alfonso, que además es compañero de tatami, sonreía, convencido de mi victoria mucho más de lo que yo puedo estarlo. No creo haber escrito nunca un libro, y ya van unos cuantos, sin que la incertidumbre y el desánimo estén ahí agazapados, esperando a que bajes la guardia. Aún queda la mitad del trabajo por hacer, pero hay días que me cuesta avanzar ―el calor y el verano no ayudan― porque se me ocurren o descubro cosas nuevas y para hacerles hueco he de descartar otras ya escritas y encajadas. Es un continuo cambio de párrafos estos días, de añadir pers…

El sofá de los raros

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Sala de espera de un hospital. Tengo que buscar acomodo mientras le hacen una prueba a una persona muy querida. Es la tercera planta, con vistas al campo, tan lejos del bullicio de abajo que casi parece la recepción de un hotel vacío. Sólo falta el hilo musical. Uno de los sofás está frente a la cristalera por la que pueden verse varios huertos, con líneas de olivos verdeazulados, terrones secos y alguna envidiable piscina. La estampa cualquiera del campo andaluz en esta época del año: calor y encanto, sudor y alegría. Me acomodo en ese sofá, el sitio perfecto para aislarte. Sólo hay tres o cuatro personas. Todas móvil en mano. Pongo el mío en vibrador, como si a alguien le importara que suene, y mi hermana me llama para preguntar si todo bien. La informo y abro un libro, de espaldas a los que pasan el dedo por la pantalla del móvil para no perderse una conversación por whatsapp, para no dejar de estar al día en las redes sociales. Siento que cualquiera que me mire va a pensar que me …

La ternura infinita

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Tendrá ochenta años, quizá un poco más. Renqueando, se sienta a mi lado, en el banco del andén donde espero el cercanías. Para variar, yo he llegado pronto. Estoy contento porque el médico me ha dado una buena noticia (mis rodillas están en perfecto estado y puedo seguir practicando karate otros treinta y cinco años, por lo menos...) y para aprovechar el tiempo he abierto, lápiz en mano, un libro sobre el penoso exilio de Lev Trotsky mientras Stalin y los suyos le hacían la vida imposible. Hace poco acaba de salir un tren, el del anciano que me acompaña. Si tuviera veinte años, murmura, para sí, pero en realidad me está hablando a mí, no se me habría escapado el tren. Ni con cuarenta, insiste, mirando de reojo la portada del libro que tengo en las manos sin conseguir descifrarla, me temo. Sin cerrarlo, dejo de leer. Sonrío, le doy la razón con un leve movimiento de cabeza. El pantalón gris, la camisa blanca, las alpargatas, el acento cerrado y la dirección en la que acaba de partir el…

22/11/63

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A estas alturas, decir que Stephen King es un genio resulta una obviedad tan manida como prescindible, sobre todo cuando hasta muchos de sus detractores se han ido rindiendo a su talento. El novelista de Portland podrá gustar o no, como cualquier escritor, pero no creo que mucha gente, por muy estirada que sea, ponga en tela de juicio su ingenio. El Stephen King que más me gusta no es el terrorífico, aunque Misery me parece, a pesar del miedo que recuerdo, una obra maestra. El Stephen King que me conquista es el que ambienta sus tramas en décadas pasadas, con guiños constantes a su juventud o a su infancia. Y, también, como no, el de Rita Hayworth and Shawshank redemption o La milla verde.
De los últimos años cincuenta y de los primeros años sesenta trata sobre todo 22/11/63. Como tantos otros libros, tenía esta novela esperando en la estantería desde hace mucho tiempo. Creo que se publicó en España en 2012, así que no es una novedad, ni falta que le hace. Pocos lectores no conocerán a…

La incertidumbre

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En una entrevista, hace muchos años, recuerdo a Steven Spielberg confesando que hacer películas era un trabajo muy frustrante porque, al rodarlas, nunca te salían como lo habías planeado. Mucho tiempo después, Pedro Almodóvar contó algo parecido: cada vez que empezaba a rodar una película sentía que no sabía cómo hacerla. La experiencia no parece servir de mucho cuando la creatividad y el azar son parte inseparable del trabajo. Hace apenas una semana, en una entrevista conjunta a Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte y Javier Marías, este último manifestaba que cuando está escribiendo una novela lo asaltan dudas terribles: ¿le gustará a los lectores? ¿Me la publicarán?¿Me la publicarán? se preguntaba Javier Marías, por más que a más de uno le dé (nos dé) la risa al imaginarlo. Parece mentira, pero es posible que dijera la verdad. Literariamente hablando, y si nos ceñimos a las ventas y al número de personas que conoce tu trabajo, yo soy un escritor de clase media (aunque la clase m…