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Mostrando entradas de julio, 1999

Cosas de familia

No tendría más de tres años. Cuatro, a lo sumo. Rubio, con los mofletes sonrosados, rubicundo, como los niños de los anuncios de pañales. Paseaba con la madre de la mano y se quedó clavado delante de un escaparate. No sé, un juguete, una chuchería: cualquier cosa había llamado poderosamente su atención y se había quedado varado en el suelo, tirando del brazo de la madre y señalando, con la decisión que sólo tiene uno a los cuatro años, el motivo de su inquietud.
La madre, joven y guapa, lo miró con paciencia. Con paciencia y con cariño. Se agachó, le revolvió el pelo y le dijo algo al oído, para calmarlo, algo así como que tendría el cuarto hasta arriba de juguetes, si no hacía nada que los Reyes Magos le habían traído los regalos. Fue entonces cuando empezó a patalear y a berrear con esa energía que sólo se tiene de niño para berrear y patalear. Permaneció así un par de minutos. Me quedé mirando la escena después de haber aparcado el coche. Al cabo, algo muy fuerte debió de decir el m…

Armas arrojadizas

Armas arrojadizas

Con las pupilas escapándose del objetivo de las cámaras dicen que se encuentran a gusto, que los tratan bien, que jamás cambiarían la residencia por estorbar en casa de algún hijo ingrato. Pero, a poco que uno observe, pronto se dará cuenta de la falsedad bienintencionada del razonamiento, de la honda tristeza de esos viejos desterrados como trastos inservibles, viviendo los últimos momentos de su existencia exiliados lejos de la familia, compartiendo su destino final con otras docenas de expatriados de sus hogares. Recuerdan a los prisioneros de las películas de guerra que no se atreven a denunciar las calamidades del campo de concentración cuando la Cruz Roja los visita por temor a las represalias de sus carceleros.
Algunos dicen que están bien, pero no me lo creo. Aunque aún es más triste, muy triste, cuando lo dicen de veras, llegar a viejo, verte relegado al desamparo y, a pesar de todo, asegurar que en la residencia te encuentras mejor que…

Decepción

Hace veinte años, cuando uno pensaba en el todavía lejano siglo XXI, se le llenaba la cabeza de artefactos galácticos, rayos láser, naves espaciales, viajes interestelares y paisajes falsamente idílicos como el mundo de los eloi en La máquina del tiempo o, los más pesimistas, mundos difícilmente habitables, como las peligrosas carreteras de MadMax y el incierto futuro de Terminator. Pero el siglo XXI llega y, bueno, parece que las cosas no han cambiado tanto. Si soslayamos el asunto del orgullo nacional por tener un astronauta en el espacio o la fiebre de la telefonía móvil, tenemos que rendirnos a la evidencia: el mundo no ha cambiado a finales del siglo y, lo que es peor —o mejor, según se mire—, tampoco parece que las cosas vayan a ser muy diferentes a partir de ahora.
Siempre nos han contado que, hace ahora mil años, la gente andaba horrorizada, suicidándose por culpa del miedo atávico que les causaba la llegada del año 1000. Ahora los historiadores dicen …

La empresa de Inglaterra

Hace años, cuando estaba en el instituto, recuerdo una clase de inglés en la que teníamos que calificar mediante adjetivos cinco o seis fotografías que aparecían en nuestro libro de texto. El ejercicio era algo así como una especie de test psicológico en que el evaluado ha de someterse a una serie de pruebas infames que arrojen alguna luz sobre su personalidad. De todas las imágenes, sólo recuerdo la fotografía de MargaretThatcher, la Dama de hierro, subida a un estrado, exponiendo tajantemente —en la foto no se apreciaba, pero sus facciones así lo demostraban— el argumento de turno, con la misma convicción que hace unos días dudaba de la posibilidad de un juicio justo para Pinochet en un país como España, adonde lo había citado un juez socialista. Un país, insistía el buque insignia de los pinochetistas ingleses, que acosa constantemente a Gibraltar.
De aquella clase de inglés recuerdo que ninguno de los alumnos dedicamos un solo adjetivo amable a la Dama de hi…

El Gran Hermano

Raoul, un niño suizo de diez años, jugaba una tarde en el jardín de la casa de sus padres en Golden, Colorado, con su hermana de cinco. En un momento dado, la pequeña tuvo la mala fortuna de querer aflojar la vejiga, y como sus padres ya se habrían preocupado, al menos un par de años antes, de enseñarla a no hacerse pipí en los leotardos, pidió ayuda a su hermano para desabrocharse los pantalones. Tal vez el chico, supongo un hombrecito bien enseñado, incluso echó una mano —o quizá las dos— a su hermana pequeña a la hora de limpiarse después de hacer pipí. Menos mal que una vecina, guardiana de la decencia y las buenas maneras, adalid de las exquisitas costumbres y el sexo seguro, estaba al acecho desde la ventana de su casa. Sin pensárselo dos veces fue a hablar con los padres de los niños, unos vecinos que, de repente, se habían transformado en sicópatas monstruosos cuyo hijo abusaba sexualmente, el muy guarro, de su hermanita. Los padres, a quienes supongo personas educadas y pacie…

¿Lo que nos merecemos?

Hace no demasiados años estaba mal visto que los intelectuales se dejaran ver en un estadio de fútbol; seguro que ser sorprendido en un campo, salvo honrosas excepciones como VázquezMontalbán, Javier Marías o Garci, tornaba una plácida tarde de domingo en una situación tan comprometida y vergonzante como ser descubierto a altas horas de la madrugada deambulando por las calles de un barrio repleto de putas. Después llegaron Valdano y las crónicas de Garci en los mundiales, y ahora sucede todo lo contrario, ahora los escritores pueden hablar de fútbol abiertamente, sin ningún reparo, como si hubieran de resarsirce tras muchos años de silencio por culpa de la censura estúpida y elitista de algunos colegas suyos.
Me parece bien, incluso me alegro. No vamos a negar ahora la importancia que para la sociedad tiene el “deporte rey”. Y si la televisión dedica tantas horas a retransmitir partidos, entrevistas, jugadas, goles dudosos y cruce de insultos entre directivos,…

Los elegidos de los dioses

Anoten la frase: “Lo que es obvio, es que Pinochet nunca ha torturado. Quizá creara una doctrina que inspirase a muchos de sus subordinados a torturar y que él no diera órdenes tajantes para impedirlo, e incluso que lo supiera, pero un jefe de Estado nunca ha torturado. Podemos acudir a los casos más extremos como Stalin o Hitler. Hitler nunca quemó un judío. No niego el Holocausto, pero lo que está claro es que Hitler no torturó “.
Semejante majadería, merecedora de figurar en un libro de citas bárbaras y frases desafortunadas, bastaría para completar estas líneas, pero ante la deslumbrante clarividencia de Fernando Escardó, ilustre defensor del no menos ilustre Augusto Pinochet, uno no puede callarse. Y conste que no me he revolcado de la risa por respeto a las víctimas de los tiranos a los que el abogado hace referencia, porque hay palabras que uno no puede tomárselas en serio, desde luego que no. Me resulta imposible pensar que una persona inteligente pueda …

El último hombre vivo

A principios del siglo XVIII, AlexanderSelkirk, un corsario que ejercía actividades piráticas bajo las órdenes de WilliamDampier, fue acusado de insubordinación y abandonado a su suerte en la isla de Juan Fernández, frente a la costa chilena, sin mucha más compañía que el sol, el agua salada, un fusil, unas pocas municiones y algunos utensilios. Lejos de amilanarse, el filibustero se adaptó a crueldad de la vida solitaria en una isla desierta. Cuatro años más tarde fue recogido por el propio Dampier. Cuentan que casi había perdido el uso de la palabra, y que tardó varios meses en adaptarse a las maneras del rudo marino que había sido. La historia hubiera pasado totalmente inadvertida de no ser porque un escritor inglés, inspirándose en la odisea de AlexanderSelkirk, escribió una de las novelas de aventuras más famosas de todos los tiempos, un libro que, paradojas de la literatura, todo el mundo conoce pero casi nadie ha leído. La historia, claro está, cuenta las andanzas de un tipo al…

Vertederos

Una lata de refresco —no me dio tiempo a ver la marca mientras zigzageaba con el coche para esquivarla—, una cáscara de plátano, luego otra, y otra, y otra más; después, un trozo del plátano, pero ya pelado —hasta los guarros pueden ser considerados—, y por último, una servilleta manchada. Al menos queda el consuelo de saber que le había quedado la boca sin mácula. Los que circulábamos detrás hacíamos eses, como si estuviésemos compitiendo en una carrera de obstáculos, para esquivar las inmundicias del coche que encabezaba la caravana. Apuesto a que la misma escena se ha repetido como un programa copiado en casi todas, por no decir todas, las carreteras de España en estos días de vacaciones. No es que el resto del año seamos más limpios, sino que, por fortuna, salimos menos.
Muchos de los que alguna vez han viajado a Centroeuropa regresan fascinados por el nivel de vida, deslumbrados por los coches de Alemania, sorprendidos de la cantidad de marcas diferentes de cerveza que, incomprens…

Veranos de libros

El verano de 1978 lo pasé en Inglaterra, luchando en la Guerra de las Dos Rosas, en pleno siglo XV. Luego, aquel mismo verano, recuerdo haber comenzado otra aventura en Meung, Francia, allá por el primero de abril de 1625. No dudo que por aquella época también tuviese la suerte de bañarme en alguna playa: estaba a punto de cumplir nueve años, conque no voy a negar que a esa edad no fuera capaz de darme algún chapuzón yo solo. Aunque no puedo afirmarlo de un modo categórico, sólo puedo querer recordar que sucedió algo parecido. Con los veranos anteriores me pasa lo mismo, más que el frescor del agua de la piscina o la envidiable tranquilidad de un verano infantil, recuerdo mis aventuras junto al Guerrero del Antifaz y a su inseparable Fernando, a los hermanos Kir —Osmín, Soleimán y Shantal-, si la memoria no me falla—, así como también conservo una idea mucho más nítida y precisa de las imposibles andanzas del Capitán Trueno en la Selva Amazónica del siglo XII, del bravo Ja…