Armas arrojadizas

Armas arrojadizas

Con las pupilas escapándose del objetivo de las cámaras dicen que se encuentran a gusto, que los tratan bien, que jamás cambiarían la residencia por estorbar en casa de algún hijo ingrato. Pero, a poco que uno observe, pronto se dará cuenta de la falsedad bienintencionada del razonamiento, de la honda tristeza de esos viejos desterrados como trastos inservibles, viviendo los últimos momentos de su existencia exiliados lejos de la familia, compartiendo su destino final con otras docenas de expatriados de sus hogares. Recuerdan a los prisioneros de las películas de guerra que no se atreven a denunciar las calamidades del campo de concentración cuando la Cruz Roja los visita por temor a las represalias de sus carceleros.
Algunos dicen que están bien, pero no me lo creo. Aunque aún es más triste, muy triste, cuando lo dicen de veras, llegar a viejo, verte relegado al desamparo y, a pesar de todo, asegurar que en la residencia te encuentras mejor que en tu propia casa. En estas frases pronunciadas con orgullo falso, echo de menos una aclaración, como que cualquier cosa es preferible a estorbar en casa de un yerno o una nuera (las casas de los hijos siempre acaban siendo las casas de los yernos y las nueras) donde muchas veces la tensión se puede cortar con un cuchillo en el ambiente. Es mejor quedarse en el asilo y recibir alguna visita que minimice los sentimientos de culpabilidad de los familiares que angustiarse porque hace uno mucho ruido al arrastrar los pies cuando se levanta por la noche para ir al cuarto de baño, o tener que bajar los ojos para no sentir vergüenza ajena de la cara que ha puesto el hijo político, o la hija política, da lo mismo, porque la falta de paciencia con los viejos es una de las pocas cosas en las que los matrimonios suelen estar siempre de acuerdo, cuando la sopa se ha derramado sobre el mantel por culpa del maldito pulso, que no deja de temblar.
Estorban para las vacaciones, sobre todo cuando no las pagan ellos; desentona pasearlos por la playa al lado de los niños con la gorra puesta del revés; sus andares, los que pueden andar, son demasiado grotescos y disgusta tener presente que nuestro final será muy parecido, o incluso peor, igual que a Damocles le angustiaba ver aquella espada colgando de una cuerda sobre su cabeza.
Ahora parecen que se han puesto de moda: en Sevilla, un grupo de ancianos se ha tenido que marchar de un asilo por culpa de las condiciones infrahumanas en las que vivían. Y, un día sí y el otro también, nos enteramos de noticias similares en toda España. Resulta que hay muchos, muchísimos centros ilegales donde se acogen viejos, o para ser políticamente correcto, que no sé muy bien qué significa, debería acogerme a un eufemismo hipócrita, como lo son todos los eufemismos, y decir personas de la tercera edad. Si hay tantos centros ilegales, uno debe suponer que existe una demanda importante de familias que necesitan desprenderse de los viejos estorbos. Será que los españoles somos cada día una sociedad más civilizada. Tan civilizados que ya empezamos a dar asco.
Pero el gobierno y la oposición ya han tomado cartas en el delicado asunto de los viejos españoles. Hasta ahora no me había dado cuenta del agudo sentido de la oportunidad de los políticos de este país: se tiran los trastos a la cabeza con el tema de las residencias ilegales, y como ya se sabe que el próximo año será un año electoral, todos quieren subirse al carro de las pensiones.
Dicen que en las próximas décadas el porcentaje de la población mayor de sesenta y cinco años será muy superior al de la actualidad. Al menos le queda a uno el alivio de saber que, si no sirve para otra cosa cuando llegue a viejo, será oportunamente utilizado como arma arrojadiza, no sólo en las disputas familiares, sino en otras batallas quizá más asépticas pero no menos agrias que librarán los políticos del futuro.

© Andrés Pérez Domínguez, 1999
Publicado en La Luna llena

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