Cosas de familia

No tendría más de tres años. Cuatro, a lo sumo. Rubio, con los mofletes sonrosados, rubicundo, como los niños de los anuncios de pañales. Paseaba con la madre de la mano y se quedó clavado delante de un escaparate. No sé, un juguete, una chuchería: cualquier cosa había llamado poderosamente su atención y se había quedado varado en el suelo, tirando del brazo de la madre y señalando, con la decisión que sólo tiene uno a los cuatro años, el motivo de su inquietud.
La madre, joven y guapa, lo miró con paciencia. Con paciencia y con cariño. Se agachó, le revolvió el pelo y le dijo algo al oído, para calmarlo, algo así como que tendría el cuarto hasta arriba de juguetes, si no hacía nada que los Reyes Magos le habían traído los regalos. Fue entonces cuando empezó a patalear y a berrear con esa energía que sólo se tiene de niño para berrear y patalear. Permaneció así un par de minutos. Me quedé mirando la escena después de haber aparcado el coche. Al cabo, algo muy fuerte debió de decir el mocoso a la madre que a ésta se le acabó la paciencia. Tal vez, quién sabe, era ya el tercer escaparate donde el pequeño se ponía caprichoso. El caso es que la mujer se separó del niño, no mucho, sólo cinco o seis pasos, pero lo suficiente para que el chiquillo la echase en falta después del berrinche y darse cuenta que, de pronto, se había quedado solo, que su madre había desaparecido.
Fueron unos segundos nada más, pero seguro que al niño se le hicieron eternos. Luego, vio a su madre en la esquina, corrió hacia ella olvidándose de lo que hubiera al otro lado del escaparate y, aunque cabizbajo y tragándose las lágrimas, apretó su manita con fuerza contra la de ella para seguir el paseo, mientras la madre sonreía, resignada y comprensiva al mismo tiempo, preguntándose quizá cuánto tiempo tardaría el enano en encapricharse de otro escaparate.
Los asuntos familiares tienen estas cosas: los agravios, los exabruptos, incluso los más graves, pronto caen en el olvido o ni siquiera llegan a tenerse en cuenta. Y está bien que sea así. Y es que, por más que uno se entere de que una mujer de Murcia ha estrangulado a sus dos hijos pequeños o lea que el padre de una joven de origen kurdo haya ejecutado a su propia hija por haber deshonrado a su familia echándose un novio sueco, no puede dejar de creer que estos hechos no pertenezcan al territorio de la fabulación, que hayan tenido lugar en un mal sueño o en una pesadilla en lugar de en el mundo real.
Ahora, al escribir, se me viene a la memoria la novela de Ray Bradbury, El vino del estío, esa escena en la que un niño le dice a su hermano: “Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí”.
Será, pienso, que los libros tienen esas cosas, que sirven para enriquecer la vida.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2002






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