Decepción

Hace veinte años, cuando uno pensaba en el todavía lejano siglo XXI, se le llenaba la cabeza de artefactos galácticos, rayos láser, naves espaciales, viajes interestelares y paisajes falsamente idílicos como el mundo de los eloi en La máquina del tiempo o, los más pesimistas, mundos difícilmente habitables, como las peligrosas carreteras de Mad Max y el incierto futuro de Terminator. Pero el siglo XXI llega y, bueno, parece que las cosas no han cambiado tanto. Si soslayamos el asunto del orgullo nacional por tener un astronauta en el espacio o la fiebre de la telefonía móvil, tenemos que rendirnos a la evidencia: el mundo no ha cambiado a finales del siglo y, lo que es peor —o mejor, según se mire—, tampoco parece que las cosas vayan a ser muy diferentes a partir de ahora.
Siempre nos han contado que, hace ahora mil años, la gente andaba horrorizada, suicidándose por culpa del miedo atávico que les causaba la llegada del año 1000. Ahora los historiadores dicen que no, que aquello del terror al cambio de milenio es un una farsa inventada por lo menos dos siglos después. La gente de aquella época, dicen los historiadores, estaba demasiado ocupada intentando sobrevivir al hambre, a la peste y a la guerra como para preocuparse por semejantes tonterías. Ante tan demoledor argumento, uno ha de rendirse a la evidencia: puede que los historiadores tengan razón; a lo mejor la gente de finales del 999 vivía asustada, pero no por la llegada del nuevo milenio, porque, no olvidemos que, muchos de ellos, ni siquiera sabían contar, y casi ninguno era capaz de leer o escribir, conque podemos dudar de su capacidad de saber con exactitud el año en que vivían.
Se supone que en 1999 todos somos mucho más listos, más cultos, y vivimos en una sociedad extremadamente más avanzada que entonces. Al menos en apariencia. En 1999, aparte de mentes tan privilegiadas (no me cabe duda de que para la publicidad) como la de Paco Rabanne, que hace las maletas por temor a que la estación Mir se haga pedazos sobre París, la gente no parece tener miedo al cambio de milenio, sino todo lo contrario. Parece que tenemos tantas ganas de que llegue el siglo XXI (y eso que ya nos hemos rendido a la evidencia de que serán otras generaciones futuras las que disfrutarán de los viajes interestelares que hemos visto en La guerra de las Galaxias) que no podemos esperar un año más para celebrarlo. Hay algo que mucha gente sabe pero parece que tiene miedo a decir: el siglo XXI no empezará el uno de enero del año 2000, lo hará el uno de enero del año siguiente, el primer día del año 2001. Parte de la culpa de este pequeño lapsus la tiene Dionisio el exiguo, un monje del siglo V que, por descuido, se olvidó de incluir un año cero entre el año uno y el año menos uno al tratar de establecer una cronología más o menos exacta desde el nacimiento de Cristo. Atendiendo a este razonamiento, pues, la primera década después de Cristo comienza en el año 1 y termina en el año 10, el primer siglo comienza en el año 1 y termina en el 100, el primer milenio transcurre entre los años 1 y 1000 y, lamento ser aguafiestas, el segundo milenio empieza en el año 1001 y termina en el 2000.
Parece que nos gusta vivir inmersos en una ilusión falsa, pero, en cualquier caso, tampoco hay que darle muchas más vueltas al asunto de cuál será el primer día del próximo milenio. Por mucho que unos cuantos aguafiestas nos empeñemos en empañar el acontecimiento, el siglo XX morirá, a todos los efectos, el 31 de diciembre de 1999. No sé qué diran los historiadores del futuro: ya que parece evidente que quienes vivimos a finales de este siglo no andamos tirándonos de los tejados por miedo al cambio de milenio, a lo mejor sacan la conclusión de que nos hacíamos un lío con esto de las fechas porque, pobrecitos, éramos una sociedad bastante atrasada.
Aunque, pensándolo mejor, la llegada del 2000 tendrá algo de apocalíptico que no tuvo el año 1000: la puesta a cero de los ordenadores. A lo mejor tienen razón los pesimistas esos que hace veinte años padecían insomnio por culpa de Mad Max y Terminator y, a las cero horas del uno de enero del 2000, mientras celebramos la llegada de un milenio que no quiere adelantarse, a las malditas máquinas les dé por jodernos la marrana.

© Andrés Pérez Domínguez, 1999

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