El Gran Hermano

Raoul, un niño suizo de diez años, jugaba una tarde en el jardín de la casa de sus padres en Golden, Colorado, con su hermana de cinco. En un momento dado, la pequeña tuvo la mala fortuna de querer aflojar la vejiga, y como sus padres ya se habrían preocupado, al menos un par de años antes, de enseñarla a no hacerse pipí en los leotardos, pidió ayuda a su hermano para desabrocharse los pantalones. Tal vez el chico, supongo un hombrecito bien enseñado, incluso echó una mano —o quizá las dos— a su hermana pequeña a la hora de limpiarse después de hacer pipí. Menos mal que una vecina, guardiana de la decencia y las buenas maneras, adalid de las exquisitas costumbres y el sexo seguro, estaba al acecho desde la ventana de su casa. Sin pensárselo dos veces fue a hablar con los padres de los niños, unos vecinos que, de repente, se habían transformado en sicópatas monstruosos cuyo hijo abusaba sexualmente, el muy guarro, de su hermanita. Los padres, a quienes supongo personas educadas y pacientes, preguntaron a Raoul sobre el escandaloso espectáculo que había escenificado, sin ninguna clase de pudor, delante de las exquisitas narices de la vecina bienpensante. El pequeño, perplejo, les explicó que sólo intentaba ayudar a su hermana a quitarse los pantalones para que pudiera orinar.
Hasta aquí todo olvidado, de no ser porque, al cabo de tres meses, mientras la familia dormía plácidamente, la policía de Golden acompañada por el fiscal justiciero irrumpió en la casa para sacar al pequeño Raoul con los grilletes puestos —seguro que hasta leyeron los derechos del chaval mientras se frotaba los ojos con incredulidad al ser despertado por el alboroto en su vivienda— y conducirlo a las cómodas instalaciones de la comisaría. Siete semanas han tardado en soltarlo, y, mientras tanto, los padres han tenido que emigrar a Suiza para no perder la custodia de sus otros tres hijos. Al final el juez ha recapacitado, pero para liberar al pequeño argumenta la violación del derecho a un juicio rápido, no la exageración, la innombrable burrada que supone la irrupción en plena noche en una casa para sacar esposado a un niño de diez años.
Un país como Estados Unidos, que se autoproclama inventor de la libertad, que se ufana del talante democrático y tolerante de sus ciudadanos, se destapa muchas veces, por desgracia, como paradigma de la imbecilidad. Cualquiera que haya visto a dos niños pequeños jugando sabe a qué me refiero. No me cuesta imaginar a los padres, a los hermanos, o a las niñeras que ahora mismo pasean por un parque de Estados Unidos agarrando la manita de un niño pequeño. Mientras sólo caminen tal vez no corran peligro. La duda inquietante surgirá para ellos en el momento inevitable en que el pequeño, o la pequeña, insista en bajarse los pantalones para hacer sus necesidades. Apuesto a que más de un niño se lo hará encima, mientras el pobre padre, o madre, mira alrededor, consternado, como hacía Winston Smith al llegar a su casa, al pasear por las calles del desasosegador futuro de 1984, cuando se le helaba la sangre al enfrentarse a aquel enorme cartelón con la ubicua imagen de aquel rostro grave, adornado con un espeso bigote negro, El Gran Hermano, que siempre te vigila, aquel que, dondequiera que estés, te está observando, acechando paciente hasta que no puedas resistir el llanto del pequeño y le bajes los pantalones.

© Andrés Pérez Domínguez, 1999

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet