¿Lo que nos merecemos?


Hace no demasiados años estaba mal visto que los intelectuales se dejaran ver en un estadio de fútbol; seguro que ser sorprendido en un campo, salvo honrosas excepciones como Vázquez Montalbán, Javier Marías o Garci, tornaba una plácida tarde de domingo en una situación tan comprometida y vergonzante como ser descubierto a altas horas de la madrugada deambulando por las calles de un barrio repleto de putas. Después llegaron Valdano y las crónicas de Garci en los mundiales, y ahora sucede todo lo contrario, ahora los escritores pueden hablar de fútbol abiertamente, sin ningún reparo, como si hubieran de resarsirce tras muchos años de silencio por culpa de la censura estúpida y elitista de algunos colegas suyos.
Me parece bien, incluso me alegro. No vamos a negar ahora la importancia que para la sociedad tiene el “deporte rey”. Y si la televisión dedica tantas horas a retransmitir partidos, entrevistas, jugadas, goles dudosos y cruce de insultos entre directivos, imagino que será porque el público lo demanda. Es de suponer que quienes dirigen las cadenas de televisión esgrimen el mismo argumento ramplón a la hora de decidir la programación de la temporada, aunque cabe dudar si lo hacen por pura inercia, por simple rutina. Uno es consciente de que la lluvia ha de caer a gusto de todos, pero también siente vergüenza ajena cuando supone que hay mucha gente, por no decir muchísima, que conocen al dedillo las andanzas de Boris Izaguirre y el conde Lequio pero nombres como Antonio Muñoz Molina o Manuel Rivas se les antojan tan desconocidos, tan lejanos y tan ajenos como el de una pequeña ciudad en Noruega que jamás hubiera aparecido en un mapa, por ejemplo. El motor de todo esto, al fin y al cabo, es el dinero, como casi todo en la vida, y el hecho de que la gente se siente delante del televisor a ver estos programas supone ingresar muchos millones en publicidad como para despreciar a esta gallina de los huevos de oro. Aunque quizá los responsables de las cadenas deberían meditar si no hay mucha gente que enciende la televisión y dormita plácidamente en el sofá simplemente porque no hay otra cosa peor que ver, porque todos los canales, salvo honrosas excepciones, compiten por el mismo récord de zafiedad.
Me resisto a resignarme ante el argumento conformista que llevamos oyendo años, generaciones: “Tenemos lo que nos merecemos”. Pues no, no merecemos esto. Pero, pese a no merecerlo ni desearlo, no parece que las cosas vayan a cambiar, al menos en un futuro más o menos próximo. Porque ya lo he dicho antes, y lo repito ahora: que los directivos de las cadenas de televisión piensen que las azarosas vidas regaladas de gente cuyo único oficio es ser famosa nos interesan más que cualquier otra clase de programación es una falta de respeto, aun un insulto. Para encontrar un programa que merezca la pena, no necesariamente cultural, sólo interesante, si uno no tiene la suerte de poder pagar la televisión por cable, hay que bucear a través de un océano de concursos absurdos, de imágenes de profesionales de la fama sonriendo o poniendo cara de pocos amigos ante un micrófono que los acaba de pillar —por sorpresa o previo paso por caja— en un aeropuerto, en un bar, en la calle: cualquier sitio es bueno para lucirse delante de una audiencia ávida por conocer los detalles de su trepidante vida. Si uno insiste con el tesón suficiente, al final seguro que encuentra algo que merezca la pena, un programa que se erige obstinado como el último de su especie al filo de alguna hora imposible para los no adictos al insomnio, un espacio anacrónico en este final de siglo, igual que si de repente viéramos aparecer un monje medieval sentado en su scriptorium, dejándose las pestañas y la vida transcribiendo manuscritos, ajeno del mundo ignorante que lo rodea.
Hace pocos días, el público de un programa de televisión se congratulaba de acertar alegremente el número de retoños de la hija de Rocío Jurado para después enmudecer ante la extrema dificultad de recordar el nombre del último premio Nobel de literatura.
Si usted tampoco sabe la respuesta, perdóneme si lo he ofendido.

© Andrés Pérez Domínguez, 1999

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