Veranos de libros

El verano de 1978 lo pasé en Inglaterra, luchando en la Guerra de las Dos Rosas, en pleno siglo XV. Luego, aquel mismo verano, recuerdo haber comenzado otra aventura en Meung, Francia, allá por el primero de abril de 1625. No dudo que por aquella época también tuviese la suerte de bañarme en alguna playa: estaba a punto de cumplir nueve años, conque no voy a negar que a esa edad no fuera capaz de darme algún chapuzón yo solo. Aunque no puedo afirmarlo de un modo categórico, sólo puedo querer recordar que sucedió algo parecido. Con los veranos anteriores me pasa lo mismo, más que el frescor del agua de la piscina o la envidiable tranquilidad de un verano infantil, recuerdo mis aventuras junto al Guerrero del Antifaz y a su inseparable Fernando, a los hermanos KirOsmín, Soleimán y Shantal-, si la memoria no me falla—, así como también conservo una idea mucho más nítida y precisa de las imposibles andanzas del Capitán Trueno en la Selva Amazónica del siglo XII, del bravo Jabato rebelándose contra los centuriones en el mismísimo Circo de Roma, o del incombustible Roberto Alcázar persiguiendo sin descanso al malvado Svintus, que del alborozo de la llegada de las vacaciones.
Cambiar la realidad por la ficción puede no ser más que una enfermedad, quién sabe, pero hay cosas que suceden y uno no puede más que admitirlas sin alzar la voz para desmentirlo. Además, conservo una imagen gráfica como prueba: algún curioso de mi familia me retrató una tarde de aquellos veranos mientras acompañaba ensimismado al del Antifaz y a sus inseparables amigos Kir a luchar por la bella princesa Aixa, a quien recuerdo enamorada del Guerrero hasta las trancas —bueno, ella jamás habría utilizado esta expresión—, igual que Zoraida, ante cuyas sugerentes curvas el héroe enmascarado—Adolfo de Moncada para quienes compartíamos su secreto—, no sucumbió ni una sola vez. Al menos que se sepa.
En una escena de la película Los Búfalos de Durham, alguien le hace un comentario a Susan Sarandon acerca de Kevin Costner: “Es un tipo raro: una vez lo vi leer un libro en el que no había ni una sola fotografía”. Quizá fuera durante el verano de 1978 cuando yo me convertí en un tipo raro: gracias a Stevenson y a Dumas descubrí los libros de verdad, la letra impresa sin dibujos. Y hasta el día de hoy, aquella maldición no me ha abandonado. He perdido la cuenta de cuántos lugares he visitado desde entonces, y ya no sólo durante el verano, sino en cualquiera de las vacaciones escolares. Desde aquel verano, hasta hoy, no ha habido un día que no haya buscado un hueco para tomarme un descanso de mí mismo y meterme dentro del pellejo de gente como John Silver, o de Mowgli, a quien siempre recuerdo como un niño pequeño y desamparado en el Roquedal del Consejo mientras Akela, el Lobo Solitario, intercede por él; para sentarme junto a iluminados geniales como Hari Seldon, procesado por adivinar el terrible y caótico futuro de la Galaxia; acompañar a queridos amigos como Frodo Bolsón, de Bolsón Cerrado, junto a esa cohorte inolvidable, jugándonos más que la vida por salvar La Tierra Media; sufrir junto a tipos como Winston Smith, traicionándose a sí mismo, resignándose a admitir su escandalosa cobardía ante la inminencia de la tortura; sorprenderme ante las decisiones de fulanos enigmáticos como Michael Corleone, convirtiéndose en gánster a su pesar; conteniendo el aliento en la enésima fuga del valiente Henri Charriere; desengañarme junto al espía Alec Leamas, tiroteado sin misericordia cuando intentaba saltar el Muro de Berlín, acordándose, sin saber muy bien por qué, de las caras de unos niños dentro de un coche; observar alucinado, escondido tras unos matorrales, a Ralph, a Piggy, a Jack, a Simon y todos los demás niños náufragos, dejándose llevar por la Naturaleza, arrastrados por la crueldad de la Condición Humana; meterme dentro del cerebro atormentado por el pasado de un tal capitán Darman, que había venido a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca; asentir con agrado cuando un astronauta llamado Bowman se convierte en un dios, o colocarme junto al Viajero, preguntándome igual que él cómo ha podido la humanidad dividirse en dos especies tan antagónicas como los eloi y los morlocks...
En fin, son tantos que llenarían varias páginas. En estos días preagosteños, cuando los suplementos culturales de los diarios apuntan las lecturas del verano y se ufanan de mostrar las listas de los libros más vendidos, quizá me decida a coger mi viejo álbum para echar un vistazo a la foto de ese niño que leía tebeos hace ya tantos años y tal vez compararla con alguna instantánea que seguro alguien me tomará cuando me pille desprevenido este verano, en otro mundo, absorto de la blanca arena y del mar que me rodee, en compañía de algún fulano inolvidable, espero que a miles de leguas de distancia. Puede que entonces, intentando contener la turbación, coloque esta nueva foto junto a la otra en el viejo álbum y me concentraré igual que si estuviera mirando un pasatiempo, mordiéndome sesudamente el labio inferior mientras me esfuerzo en adivinar dónde radica la diferencia.
Y es que, a pesar de todos los esfuerzos que hagamos por evitarlo, no somos más que el resultado de lo que fuimos.

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