La fundación Max Aub

La Fundación “Max Aub

A mis amigos de Segorbe

Al echar un vistazo al panorama cultural, da la impresión muchas veces de no vislumbrar poco más que las dunas de un desierto interminable. No sé si en el cine, en la música o la pintura (o en cualquiera de las otras artes), sucede igual, pero con los libros siempre tengo la incómoda sensación de que nunca es suficiente, de que hacen falta más librerías, más escritores, más lectores y sobre todo más bibliotecas para que la gente, sobre todo los más jóvenes, puedan acceder gratuitamente a las últimas novedades.
Desde luego que hay bibliotecas, y algunas estupendas, pero aun así la sensación de desertización cultural no deja de inquietarme. Menos mal que en medio del mar de dunas fluye un manantial de cultura que se extiende a pasos agigantados: se llama Segorbe, y se trata de un pueblo de Castellón que apenas cuenta con diez mil habitantes. El año pasado tuve la fortuna de ganar el Premio de Cuentos “Max Aub” y hace poco he tenido la suerte —mayor incluso que la de ganar— de ir a recogerlo.
Segorbe, ya digo, es como un oasis lleno de palmeras y de agua cristalina en mitad de las arenas, donde un puñado de gente que trabaja a destajo en la Fundación “Max Aub” se encarga de que la obra y el nombre del escritor exiliado no sólo permanezca viva, sino que consiga ser difundida como se merece, como se ha merecido siempre.
Y doy fe de que lo van a conseguir, de que ya lo están consiguiendo desde hace mucho tiempo. Al ver la manera que tienen de hacer las cosas uno no puede evitar sentir la misma envidia que al observar a cualquier persona que hace bien su trabajo y que disfruta con ello. Tal vez la clave del éxito consista en desear algo y trabajar hasta conseguirlo, y no en quejarse inútilmente porque los niños —o los mayores— no tienen afición por la lectura.
De cuando estudiaba Literatura en el instituto recuerdo tener la impresión de que los escritores eran unos seres ajenos al mundo, unos personajes tan irreales y a veces tan acartonados como los que aparecían en los libros aburridos que nos obligaban a leer, gente inalcanzable que demasiadas veces llevaba criando malvas varios siglos. En Segorbe no es así: los estudiantes leen durante el año los libros de los escritores que van a formar parte del jurado del premio “Max Aub” y luego tienen ocasión de conocerlos y de hacerles preguntas sobre su trabajo.
Es una idea tan sencilla y que da tan buen resultado que me irrita pensar que tal vez sean ellos los únicos que la practiquen. Funciona tan bien que desbarata los principios de cualquier estrategia que aparezca en uno de esas guías para que los niños se aficionen a la lectura. Yo he visto con mis propios ojos a los chavales en una sala abarrotada haciendo cola para hacer preguntas y para que les firmen libros José María Merino o Elvira Lindo.
La lista de intelectuales que han pasado por Segorbe durante los últimos quince años para ser jurado del premio “Max Aub” haría dar cabezazos de envidia a los organizadores de cualquier premio de novela de postín en España: Carlos Barral, Jesús Torbado, Manuel Tuñón de Lara, Mario Benedetti, Augusto Roa Bastos, Josefina Aldecoa, Lourdes Ortiz, José Luis Borau...
Incluso a mí, que no soy más que un principiante, he sido tratado por todos —desde el primero hasta el último colaborador de la Fundación “Max Aub”— mucho mejor de lo que sin duda merezco. Aunque he tenido la fortuna de ganar otros premios antes y después del “Max Aub” jamás he visto una organización, una pasión y una entrega desinteresada como la que he encontrado en Segorbe, donde hasta la más mínima actividad cultural se llena —utilizando el tal vez poco afortunado símil taurino— hasta la bandera.
Estos días en Segorbe me he acordado de aquella frase de Bryce Echenique: “Uno escribe para que lo quieran más”. Hasta ahora no he llegado a comprender del todo su significado.
Tan bien me han hecho sentir que al abandonar Segorbe parecía como si hubiese dejado atrás la frescura del agua y el suave zumbido de las palmeras agitándose por la brisa fresca y de nuevo me adentrase en el calor de las arenas.
Sólo me queda preguntar cuándo volveré a encontrar un oasis así.

© Andrés Pérez Domínguez

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