Cuestión simbólica

El año pasado, todo el mundo pudo ver por televisión al todopoderoso Bill Clinton junto a Hillary y Chelsea, sorprendido en un mágico momento de arrobo familiar. La escena tuvo lugar en una playa, durante unas vacaciones de la Primera Familia norteamericana. Me parece recordar que hasta el perro andaba por allí meneando el rabo, emocionado sin duda, igual que millones de telespectadores ante semejante demostración de amor fraterno. Luego dijeron que el matrimonio Clinton se enojó porque algún periodista les había robado una imagen que pertenecía a su más estricta intimidad.
Seguro que alguno pensó que la secuencia había sido robada tras arduas horas de trabajo agotador por parte de algún intrépido reportero que había sorteado mil y una dificultades y agentes especiales hasta conseguir acercarse lo suficiente a los Clinton. Pero la mayoría, supongo, enseguida se dio cuenta de la burda, y a la vez inteligente, maniobra del entorno del presidente. El asunto de Mónica Lewinsky estaba a punto de ser sometido a juicio por los congresitas estadounidenses, y nada mejor para el presidente que mostrar al mundo lo arrepentido que estaba, el orgullo que le causaba ser un modélico padre de familia, lo feliz que era junto a su mujer y a su hija. Podemos discutir sobre si una imagen vale más que mil palabras, pero no hay duda de la mayor eficacia de mostrar en lugar de explicar. Podemos decir que alguien es de esta manera o aquélla, pero nuestro interlocutor nunca lo verá tan claro como cuando le ponemos un ejemplo. Al final, todo se reduce a una mera cuestión simbólica, a un pequeño acto que muestre lo que a lo mejor nos lleva tanto tiempo, incluso años, proyectar en los demás. Si alguien con un pasado turbio, incluso habiendo coqueteado con la droga o el alcohol, siente la llamada de la política, procura que las cámaras lo enfoquen mientras hace deporte o se bebe de un trago una botella de agua mineral.
Estamos en la Era de la Imagen, y los símbolos son importantes, extremadamente importantes. Hace casi treinta años, se le puso a una avenida berlinesa el nombre de Jesse Owens, el atleta negro que humilló a Hitler en la Olimpiada del 36, para simbolizar, de alguna manera, que una nueva generación de alemanes quería plantar cara al pasado, y de paso, recordar al mundo, que el Führer no fue sólo una amenaza para los judíos, sino para casi todos.
Sesenta y tres años después del comienzo de la Guerra Civil, el gobierno se ha abstenido de condenar el golpe militar de julio de 1936. Arguyen que es simplificar la historia. Puede que sí, puede que no. Quizá tenga que transcurrir alguna generación más para que todo el mundo pueda hablar abiertamente acerca de uno de los mayores y más terribles tabúes de la España del siglo XX, porque estoy convencido de que la mayoría de los diputados del gobierno condena en privado el golpe militar. Pero, por desgracia, todavía importa más la simplificación histórica que el mero acto simbólico de condenar un golpe de estado contra un gobierno legítimo y democrático.

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