Fama
Fama Me ha dado mucha alegría, la verdad. Pero me habría alegrado más si la repercusión mediática se hubiera debido más al premio en sí mismo que las circunstancias insólitas (o no) que lo circundan. Los que tenemos la arrogancia o la ambición legítima de intentar vivir de lo que escribimos somos, supongo, quienes mejor sabemos la dificultad de agenciarse un premio literario. Superar la preselección y las cribas sucesivas hasta llegar a la final y tener la suerte de que tu obra coincida con el gusto de la mayoría de los miembros del jurado supone una prueba tan complicada y exigente como para un equipo de fútbol llegar a la final de la Liga de Campeones. Pero, por fortuna, a veces se consigue, nunca se sabe muy bien por qué, pero a veces recibes una llamada que te alegra el día, o incluso todo el mes o una temporada. Luego, en los premios menores, quiero decir los no convocados por las editoriales comerciales, la alegría se queda en eso, en poco más que una palmadita en la espalda, ...