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Fama

Fama


Me ha dado mucha alegría, la verdad. Pero me habría alegrado más si la repercusión mediática se hubiera debido más al premio en sí mismo que las circunstancias insólitas (o no) que lo circundan. Los que tenemos la arrogancia o la ambición legítima de intentar vivir de lo que escribimos somos, supongo, quienes mejor sabemos la dificultad de agenciarse un premio literario. Superar la preselección y las cribas sucesivas hasta llegar a la final y tener la suerte de que tu obra coincida con el gusto de la mayoría de los miembros del jurado supone una prueba tan complicada y exigente como para un equipo de fútbol llegar a la final de la Liga de Campeones. Pero, por fortuna, a veces se consigue, nunca se sabe muy bien por qué, pero a veces recibes una llamada que te alegra el día, o incluso todo el mes o una temporada. Luego, en los premios menores, quiero decir los no convocados por las editoriales comerciales, la alegría se queda en eso, en poco más que una palmadita en la espalda, tal…

El traje nuevo del emperador

El traje nuevo del emperador

Hace poco he comprendido por qué algunas historias se convierten en clásicos, por qué al leer una novela escrita hace cien o trescientos años nos damos cuenta de que su frescura o su mensaje permanecen intactos a pesar de haber transcurrido siglos desde que fueron escritas y por eso se diferencian de aquellas cuya lectura no soporta el paso inexorable del tiempo.
En los cuentos —y curiosamente en los cuentos infantiles, aunque sobre este aspecto también se podría discutir mucho— sucede más que en la novela. Por muchos años que pasen, cada vez que revisito las páginas de Hänsel y Gretel no puedo evitar pensar en las terribles condiciones de vida de la Edad Media, tan duras que a unos padres no le queda otro remedio que abandonar a sus hijos en el bosque porque no tienen con qué alimentarlos. Cuando me entero de una noticia sobre alguien que abusa de una niña me acuerdo de Caperucita Roja en el bosque, a quien, por cierto, se la comió el lobo disfrazado de abu…

Una parcela en la luna

Pues nada, que se acabaron los problemas de superpoblación. Una pena para los arquitectos que se han dejado las pestañas diseñando torres de cerca de medio kilómetro de altura para que nuestros descendientes puedan vivir cómadamente en un futuro donde el suelo, cada vez más caro, sólo estará al alcance de unos pocos privilegiados.
La solución, cómo habíamos sido tan tontos para no darnos cuenta, está en la Luna. Tan cerca que estaba el satélite, delante de nuestras narices, y nosotros sin enterarnos. Menos mal que un señor de Nevada se ha dado cuenta y, lo mejor de todo, no lo ha hecho ahora, sino hace veintiún años. DenisHope rellenó en 1981 la Declaración de Propiedad de la Luna y de otros ocho planetas. Parece de coña, pero es tan cierto como que la Tierra da vueltas. Resulta que en 1967 la Asamblea General de las Naciones Unidas firmó el Tratado del Espacio Exterior en el que se propugnaba que los gobiernos no tenían derecho a poseer propiedades planetarias. Como el tratado no dice…

Falso culpable

Parecía que, después de todo, el terror iba a traer algo positivo. Después de la tragedia de las Torres Gemelas los que mandan en el mundo estaban dispuestos a poner el terrorismo en el punto de mira, a utilizar todos los medios a su alcance para luchar contra él dondequiera que se escondiese. Visto lo visto, parece que hasta ahora el único legado seguro que se ha heredado tras los atentados es la pérdida de las libertades civiles. Los agentes de la CIA, que habían sido despojados de su licencia para matar por obra y gracia del presidente Carter, vuelven de nuevo a sus años dorados de la Guerra Fría.
Los resultados, de momento, salvo la masacre de Afganistán, aún están por ver, aunque las leyes norteamericanas se han endurecido de tal forma que estremece pensar que haya cientos de personas en prisión preventiva desde los atentados del once de septiembre cuyo único delito parece ser el color oscuro de su piel, la religión que profesan, tener el visado pasado de fecha o carecer de permis…

Miedo

Miedo


Decía Maurois que el miedo es el más peligroso de los sentimientos colectivos. Pero hay muchos tipos de miedo y, alguno de ellos, cuando es el resultado de la suma de los miedos de mucha gente, se convierte en algo más aterrador incluso que el hecho que ha provocado el temor de aquéllos. No es lo mismo el miedo a la oscuridad, por ejemplo, que el miedo a lo que nos resulta desconocido o simplemente diferente. Por más que lo pienso no se me ocurre nada malo en pensar que pueda haber mucha gente con miedo a la falta de luz: que millones de personas sientan terror de quedarse a oscuras no es malo para nadie salvo para ellos mismos, y no se hacen manifestaciones, se cortan carreteras o incluso se esgrime un bate de béisbol por ello. Aunque ya han pasado un par de años nadie ha olvidado el miedo colectivo que causó aquellos lamentables sucesos en El Ejido, donde unos desalmados con bates de béisbol, escopetas de aire comprimido y pasamontañas, mancillaban el buen nombre de sus vecinos…

Los archivos secretos

Los archivos secretos


A veces se alegra uno del presente cuando mira al pasado: España ha cambiado mucho en los últimos veinte años, casi siempre para mejor. La gente es más culta, más alta, más preparada, se gasta el dinero en los gimnasios y en las vacaciones, y conducir un Mercedes se ha convertido en un acto tan usual que ya no es un signo de distinción ir al volante de un coche de importación con la estrella enhiesta sobre el capó. Después de Franco, la UCD, luego el PSOE y ahora el PP. Dicen los entendidos que se ha completado la Transición. Pero a veces se entera uno de cosas que le hacen dudar de si sólo ha cambiado la forma y por desgracia —o porque no puede ser de otra manera— en los españoles sigue habitando el mismo espíritu de antaño. Me refiero a nuestros males endémicos, los de toda la vida: la envidia, el cotilleo, la afición a meter las narices en los asuntos de los demás.
Un hecho que hubiera pasado inadvertido —y que se hubiese tomado como lo más natural— hace cuarent…

La última humillación

Tengo delante un puñado de imágenes de la guerra civil española, todas de Robert Capa. La más famosa, no me cabe duda, es la del miliciano retratado en el momento de caer abatido cerca del Cerro Muriano en septiembre de 1936. He leído muchas veces que esta imagen es la mejor fotografía de guerra jamás realizada. Decía el fotógrafo húngaro (que en realidad se llamaba EndreFriedman) que la razón de que una fotografía no fuese lo bastante buenas era por no haberse acercado lo suficiente.
El libro, además de la foto antes mencionada, contiene un puñado de imágenes tomadas por Capa que se las queda uno mirando sin poder sustraerse al dolor, al asombro, o a la reflexión: el rostro marcado de arrugas de una mujer en el Madrid sitiado, una niña recostada sobre un par de sacos de arroz abrigada con la chaqueta de un adulto, mirando al vacío durante la evacuación de Barcelona en enero del 39, civiles sobre el precario asfalto de las carreteras españolas de entonces con el cuerpo hech…

El lunes de cada año

Dice Antonio MuñozMolina en Ardor Guerrero, ese libro que deberían leer todos los que han pisado con poca o ninguna convicción marcial un cuartel, que es imposible ser feliz un domingo por la tarde. Ahora mismo no tengo el libro a mano, pero recuerdo la cita. Supongo que el escritor se refería a la cercanía inexorable del lunes que tiñe de lánguida tristeza el crepúsculo de los domingos. Y si no quería decir eso, cosa improbable pero no imposible, tampoco me importa demasiado, pues la experiencia de cada lector es tan única como su vida, y esa frase para mí quiere decir exactamente eso: que la mañana del lunes, maldita sea, se cierne sobre nuestras cabezas, como el cielo sobre el casco de Abraracúrcix, a medida que se acaba el domingo.
A finales de agosto, al mirar el cielo a la misma hora en la que hace tan sólo unos días aún se resistía a ocultarse el sol mientras adquiría un color naranja fuerte y espeso en el horizonte y descubrir ahora el brillo de la luna…

Qué miedo

Qué miedo

Recuerdo que en la primera de las novelas de SherlockHolmes, Estudio en escarlata, a JohnFerrier, uno de los personajes que se había instalado en una comunidad de mormones, le daban un ultimátum para corregir la conducta de su hija. La joven díscola se había empeñado en casarse con un tal JeffersonHope, quien al no pertenecer a la comunidad no contaba con la aprobación de Los Cuatro Santos. Para ratificar la amenaza e inocular el miedo en el cuerpo del padre de la chica, alguien deslizaba cada noche una nota donde aparecía el número de días que le restaban para atenerse a razones, esto es, veintinueve, veintiocho, veintisiete, y así hasta el último día. Una mañana se despertaba y encontraba el papel prendido en la colcha con un alfiler, otra vez el techo, otra en la parte exterior de la casa.
Ahora, con la televisión pasa lo mismo. Me viene a la memoria esta novela de ArthurConanDoyle cuando se anuncian a bombo y platillo los días que quedan para que comience la nueva edición …

Aquellos oficios de antaño

Aquellos oficios de antaño


Parece que con el paso del tiempo, los viejos oficios han de reciclarse para adaptarse a los cambios —los que tengan más fortuna— o convertirse en una reliquia del pasado, como un viejo taller de alfarería, una joya artesanal para turistas o amantes de las cosas bien hechas. Cuando el cambio aprieta, ahoga que asfixia, y no sólo a aquellos que no se adaptan a las nuevas tecnologías o, para usar una palabra de moda, la globalización, sino que, por lo visto, no hay oficio, por necesario y antiguo que sea, que se encuentre a salvo de la quiebra, por obsoleto, a la vuelta de la esquina.
Resulta que en Estados Unidos, tanto la CIA como el FBI tienen graves problemas para encontrar nuevos espías, y eso me hace pensar si los que van quedando mientras sus compañeros se jubilan —o los jubilan— son unos simpáticos viejecitos que juegan al golf y se escuchan los chistes con un cornete en la oreja. Ya se sabe aquello que se dice cuaendo alguien est…

Guionistas desahuciados

Tenía entendido que la experiencia era un grado, y que, salvo para el fútbol, el acervo profesional adquirido tras muchos años de experiencia para quien anda frisando la barrera de los cuarenta suponía un valor añadido para incluir en un currículum. Pensaba también que en uno de los oficios, al menos hasta ahora estaba convencido, donde al embocar la década de los cuarenta podía uno comenzar a dar la verdadera talla era en el de escritor, porque, tenía entendido, cuenta uno con la madurez suficiente y la perspectiva de la vida necesaria para escribir una buena historia, crear unos personajes fuertes y pergeñar una trama lo bastante sólida como para atraer la atención del lector sin arrancarle ningún bostezo por el camino. Pero resulta que, como en tantas otras cosas, estoy equivocado: los escritores, al menos los que escriben guiones para las series de televisión norteamericanas (y me temo que otro tanto sucede en España) están desahuciados al cumplir los cuarenta, y tienen grandes di…

Sombras y luces

El otro día vi en una revista una fotografía tomada por un satélite, o, para ser exactos, varias fotografías tomadas por algún o algunos satélites que, después de montadas como si de un rompecabezas se tratase, conformaban un mapamundi nocturno, una imposible y hermosa estampa de un instante nocturno al mismo tiempo en todos los lugares de la Tierra.
La imagen no tenía nada que ver con la guerra, ni mucho menos. Seguramente fue montada antes del ataque a las Torres Gemelas pero, allí, en la parte baja de la página, el Mundo a oscuras me mostraba de un plumazo lo que tantos expertos han explicado estos días hasta el hartazgo: que, por desgracia, a pesar de tanta globalización y de tantas palabras nuevas, todo acaba reduciéndose a lo mismo, a una cuestión de países ricos y de otros que malviven en la miseria.
Uno puede pasarse media vida tratando de descifrar enigmas, estudiando libros hasta dejarse las pestañas sin encontrar tal vez la solución al problema, hasta que ésta se le aparece d…

Closer to the bone

Cada vez que entro en un supermercado tengo la misma sensación que cuando compro una entrada para el cine en uno de esos emporios en los que se venden palomitas y hay tantas colas de gente como salas en el centro. En el supermercado veo los limones, las naranjas, las fresas y los pomelos tan pulcramente empaquetados en envases de plástico transparente donde se pueden ver pero no se pueden oler, tan cómodos de cargar en el carro y pagarlos con un tajo de la tarjeta de crédito —para no desentonar, el dinero, igual que la fruta, también ha de ser de plástico—, y me acuerdo de las viejas fruterías donde los limones olían a limones, las naranjas a naranjas y a flor de azahar, las fresas a fresas y los pomelos a pomelos. En la cola para entrar en la sala de cine, después de hacer otra cola en la taquilla donde alguien te habla por un micrófono apenas inteligible tras un cristal blindado, me vienen a la memoria los ventanucos en la pared de los cines antiguos, aquellos en los que cuando…

La fundación Max Aub

La Fundación “MaxAub”

A mis amigos de Segorbe

Al echar un vistazo al panorama cultural, da la impresión muchas veces de no vislumbrar poco más que las dunas de un desierto interminable. No sé si en el cine, en la música o la pintura (o en cualquiera de las otras artes), sucede igual, pero con los libros siempre tengo la incómoda sensación de que nunca es suficiente, de que hacen falta más librerías, más escritores, más lectores y sobre todo más bibliotecas para que la gente, sobre todo los más jóvenes, puedan acceder gratuitamente a las últimas novedades.
Desde luego que hay bibliotecas, y algunas estupendas, pero aun así la sensación de desertización cultural no deja de inquietarme. Menos mal que en medio del mar de dunas fluye un manantial de cultura que se extiende a pasos agigantados: se llama Segorbe, y se trata de un pueblo de Castellón que apenas cuenta con diez mil habitantes. El año pasado tuve la fortuna de ganar el Premio de Cuentos “MaxAub” y hace poco he tenido la suerte —ma…

Las orillas del Paraíso

Las orillas del Paraíso


He oído en la radio que la policía holandesa va a experimentar con un sistema para detectar a los inmigrantes ilegales: una especie de artefacto, al escrutar la pupila del indocumentado ofrece en un santiamén los datos necesarios para saber si el detenido en cuestión es un vagabundo nacido en Maastrich, por ejemplo, o si pertenece a la baja estopa de los subharianos.
Lo cierto es que, después de sobrevivir a las mafias de Marruecos, a las olas del Estrecho, a las mafias españolas, a los cabezas rapadas, al frío, a las miradas hoscas de la gente que no se acostumbra o les da miedo verlos, y a todo un continente que los mira con recelo en definitiva, tiene narices que un aparatito, supongo que más o menos del tamaño de un bolígrafo, pueda devolver a África de un plumazo —lo digo por el tamaño del artefacto— todas sus ilusiones.
He de decir ante todo que la inmigración me parece un problema grave, grave y delicado, y que, por desgracia no soy yo quien …

Espíderman

Espíderman


Que no se asusten los puristas al ver el título. No se me ha olvidado la lengua de Shakespeare. La e y el acento en la i son para que no haya equívocos. La otra noche, apoltronado en la butaca del cine mientras disfrutaba de los tráilers, me retrepé en el asiento al ver el traje rojo y azul con la araña plantada en la espalda. Por fin estaba aquí la nueva versión del hombre araña. Pero a pesar de las imágenes prometedoras se me arrugó el entrecejo al enterarme del nombre, Spiderman, o sea, espáiderman, pronunciado en inglés. Independientemente del don de lenguas de cada uno, este carismático héroe de la Marvel ha sido espíderman para todos los que echamos los dientes leyendo tebeos en los setenta, espíderman con acento en la i, aunque lo escribamos Spiderman.
Siento como si a todos los lectores del héroe creado por Stan Lee nos hubieran dado un tajo en la memoria, en nuestros recuerdos infantiles. Supongo que la película tendrá un éxito enorme, y seguro que habrá secuelas. Ta…

La Europa de Babel

Desde los tiempos de Carlomagno, bien sea mediante la conquista militar o bien mediante la homogeneidad de mercado, no se recuerda un espíritu común europeo por parte de los dirigentes del continente como el de los últimos años. Parece que Europa, a trancas y barrancas, camina por fin unida ante en busca del bienestar de sus ciudadanos. Primero el Mercado Común, luego la Comunidad Europea, ahora la Unión Europea, se trata siempre del mismo perro pero con distinto collar.
Debe de ser estupendo, no voy a negarlo, una alianza de países europeos, pero hay veces que me pregunto si el precio que hay que pagar en el camino no es demasiado alto, si el peaje para convertirnos en un país civilizado (parece como si los españoles tuviésemos un complejo carpetovetónico de lo contrario) supone la pérdida del sentido de la existencia por parte de una generación de pescadores, ganaderos o agricultores que sacuden la cabeza resignados mientras se preguntan qué puede reportarles de bueno la Un…

Palabras huecas

Cuando uno empieza a estudiar una carrera tiene la esperanza legítima de trabajar en algo que le ilusione, que le ayude a formarse como persona, y emociona ver a la gente que acaba de licenciarse —o diplomarse— llegar a su primer día de trabajo, con la ilusión de lo aprendido, dispuesto a aportar su granito de arena a una profesión y, de paso, si es posible, cambiar el Mundo. Por desgracia, la mayoría de las veces no es así, y una vez que el deslumbramiento de los primeros momentos en un puesto para el que se ha dejado las pestañas estudiando deja paso a la rutina, se va descubriendo la triste realidad, poco a poco, al principio sin querer reconocerlo, pero después no queda otro remedio que rendirse a la evidencia y mirar para otro lado con el riesgo de convertirse en algo que nunca habíamos querido ser, o tal vez, los más osados, apretar los dientes, liarse la manta a la cabeza y buscarse la vida en otro oficio, en otro gremio, con los dedos cruzados esperando que no sea …

Pottermanía

Hay algo misterioso, incluso fascinante, en el comportamiento de las leyes del mercado: por muchos estudios, gráficos y concienzudas investigaciones, algunas veces un hecho inesperado revuelve el academicismo poniéndolo patas arriba hasta que luego el espabilado de turno recurre al tan socorrido recurso del “ya lo sabía”.
Pensaba hasta hace muy poco que los niños ya no leían, y me sentía como el último eslabón de una generación de hombres que aprendimos a leer con los tebeos (entonces, y no hace tanto tiempo de eso, nadie los llamaba cómics), pasamos por el trámite divertido e imprescindible de las novelas ilustradas y un buen día nos encontramos en el universo de los libros de verdad, sin más dibujos que los que hubiera impresos en la portada. Últimamente, con tanta videoconsola por medio y dibujos animados o películas infantiles hasta en la sopa, resultaba increíble, y por otra parte comprensible cuando el ocio se transforma en algo cómodo y excesivamente fácil de digerir, …