Las orillas del Paraíso

Las orillas del Paraíso


He oído en la radio que la policía holandesa va a experimentar con un sistema para detectar a los inmigrantes ilegales: una especie de artefacto, al escrutar la pupila del indocumentado ofrece en un santiamén los datos necesarios para saber si el detenido en cuestión es un vagabundo nacido en Maastrich, por ejemplo, o si pertenece a la baja estopa de los subharianos.
Lo cierto es que, después de sobrevivir a las mafias de Marruecos, a las olas del Estrecho, a las mafias españolas, a los cabezas rapadas, al frío, a las miradas hoscas de la gente que no se acostumbra o les da miedo verlos, y a todo un continente que los mira con recelo en definitiva, tiene narices que un aparatito, supongo que más o menos del tamaño de un bolígrafo, pueda devolver a África de un plumazo —lo digo por el tamaño del artefacto— todas sus ilusiones.
He de decir ante todo que la inmigración me parece un problema grave, grave y delicado, y que, por desgracia no soy yo quien tiene la varita mágica para hacer que aparezca la respuesta. Si así fuera, no estaría escribiendo artículos, o tal vez, sí, nunca se sabe. Pero la solución a la inmigración no creo que esté en buscara la manera de expulsar a los que ya han venido, sino tal vez en ayudar a los que aún no hayan salido. De estas cosas, supongo, deben de entender mucho los políticos, y ellos —los allí y los de aquí— son quienes han de sentarse a buscar una solución para que esa pobre gente no siga muriendo al cruzar el Estrecho, buscando la orilla de un paraíso que, me atrevo a decir, es con mucho, muy diferente al que habían imaginado al captar las señales de las televisiones españolas desde Marruecos.
Hace algún tiempo se habló de blindar el Estrecho mediante una especie de sensores para localizar la más minúscula patera que osase adentrarse en aguas españolas. Las autoridades españolas deberían haber llevado a cabo ese proyecto hace muchos años, pero no para buscar pateras o lanchas neumáticas medio desinfladas de gente que tirita de frío y de miedo, sino para capturar a los cientos de traficantes de droga que recorren los diez kilómetros largos que separan España de Marruecos cada día. Para detener a esta gente, y no a la otra, es para lo que las autoridades deberían de preocuparse de utilizar los medios tecnológicos más avanzados. Si no, las calles de Amsterdam —y muy pronto también las de Madrid, Barcelona o Sevilla— van a parecer calcadas a las de Blade Runner, con policías escrutando las pupilas de los pobrecitos que venden relojes, como si fueran unos vulgares replicantes.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2001

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