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Mostrando entradas de julio, 2001

Qué miedo

Qué miedo

Recuerdo que en la primera de las novelas de SherlockHolmes, Estudio en escarlata, a JohnFerrier, uno de los personajes que se había instalado en una comunidad de mormones, le daban un ultimátum para corregir la conducta de su hija. La joven díscola se había empeñado en casarse con un tal JeffersonHope, quien al no pertenecer a la comunidad no contaba con la aprobación de Los Cuatro Santos. Para ratificar la amenaza e inocular el miedo en el cuerpo del padre de la chica, alguien deslizaba cada noche una nota donde aparecía el número de días que le restaban para atenerse a razones, esto es, veintinueve, veintiocho, veintisiete, y así hasta el último día. Una mañana se despertaba y encontraba el papel prendido en la colcha con un alfiler, otra vez el techo, otra en la parte exterior de la casa.
Ahora, con la televisión pasa lo mismo. Me viene a la memoria esta novela de ArthurConanDoyle cuando se anuncian a bombo y platillo los días que quedan para que comience la nueva edición …

Aquellos oficios de antaño

Aquellos oficios de antaño


Parece que con el paso del tiempo, los viejos oficios han de reciclarse para adaptarse a los cambios —los que tengan más fortuna— o convertirse en una reliquia del pasado, como un viejo taller de alfarería, una joya artesanal para turistas o amantes de las cosas bien hechas. Cuando el cambio aprieta, ahoga que asfixia, y no sólo a aquellos que no se adaptan a las nuevas tecnologías o, para usar una palabra de moda, la globalización, sino que, por lo visto, no hay oficio, por necesario y antiguo que sea, que se encuentre a salvo de la quiebra, por obsoleto, a la vuelta de la esquina.
Resulta que en Estados Unidos, tanto la CIA como el FBI tienen graves problemas para encontrar nuevos espías, y eso me hace pensar si los que van quedando mientras sus compañeros se jubilan —o los jubilan— son unos simpáticos viejecitos que juegan al golf y se escuchan los chistes con un cornete en la oreja. Ya se sabe aquello que se dice cuaendo alguien est…

Guionistas desahuciados

Tenía entendido que la experiencia era un grado, y que, salvo para el fútbol, el acervo profesional adquirido tras muchos años de experiencia para quien anda frisando la barrera de los cuarenta suponía un valor añadido para incluir en un currículum. Pensaba también que en uno de los oficios, al menos hasta ahora estaba convencido, donde al embocar la década de los cuarenta podía uno comenzar a dar la verdadera talla era en el de escritor, porque, tenía entendido, cuenta uno con la madurez suficiente y la perspectiva de la vida necesaria para escribir una buena historia, crear unos personajes fuertes y pergeñar una trama lo bastante sólida como para atraer la atención del lector sin arrancarle ningún bostezo por el camino. Pero resulta que, como en tantas otras cosas, estoy equivocado: los escritores, al menos los que escriben guiones para las series de televisión norteamericanas (y me temo que otro tanto sucede en España) están desahuciados al cumplir los cuarenta, y tienen grandes di…

Sombras y luces

El otro día vi en una revista una fotografía tomada por un satélite, o, para ser exactos, varias fotografías tomadas por algún o algunos satélites que, después de montadas como si de un rompecabezas se tratase, conformaban un mapamundi nocturno, una imposible y hermosa estampa de un instante nocturno al mismo tiempo en todos los lugares de la Tierra.
La imagen no tenía nada que ver con la guerra, ni mucho menos. Seguramente fue montada antes del ataque a las Torres Gemelas pero, allí, en la parte baja de la página, el Mundo a oscuras me mostraba de un plumazo lo que tantos expertos han explicado estos días hasta el hartazgo: que, por desgracia, a pesar de tanta globalización y de tantas palabras nuevas, todo acaba reduciéndose a lo mismo, a una cuestión de países ricos y de otros que malviven en la miseria.
Uno puede pasarse media vida tratando de descifrar enigmas, estudiando libros hasta dejarse las pestañas sin encontrar tal vez la solución al problema, hasta que ésta se le aparece d…

Closer to the bone

Cada vez que entro en un supermercado tengo la misma sensación que cuando compro una entrada para el cine en uno de esos emporios en los que se venden palomitas y hay tantas colas de gente como salas en el centro. En el supermercado veo los limones, las naranjas, las fresas y los pomelos tan pulcramente empaquetados en envases de plástico transparente donde se pueden ver pero no se pueden oler, tan cómodos de cargar en el carro y pagarlos con un tajo de la tarjeta de crédito —para no desentonar, el dinero, igual que la fruta, también ha de ser de plástico—, y me acuerdo de las viejas fruterías donde los limones olían a limones, las naranjas a naranjas y a flor de azahar, las fresas a fresas y los pomelos a pomelos. En la cola para entrar en la sala de cine, después de hacer otra cola en la taquilla donde alguien te habla por un micrófono apenas inteligible tras un cristal blindado, me vienen a la memoria los ventanucos en la pared de los cines antiguos, aquellos en los que cuando…