Guionistas desahuciados


Tenía entendido que la experiencia era un grado, y que, salvo para el fútbol, el acervo profesional adquirido tras muchos años de experiencia para quien anda frisando la barrera de los cuarenta suponía un valor añadido para incluir en un currículum. Pensaba también que en uno de los oficios, al menos hasta ahora estaba convencido, donde al embocar la década de los cuarenta podía uno comenzar a dar la verdadera talla era en el de escritor, porque, tenía entendido, cuenta uno con la madurez suficiente y la perspectiva de la vida necesaria para escribir una buena historia, crear unos personajes fuertes y pergeñar una trama lo bastante sólida como para atraer la atención del lector sin arrancarle ningún bostezo por el camino. Pero resulta que, como en tantas otras cosas, estoy equivocado: los escritores, al menos los que escriben guiones para las series de televisión norteamericanas (y me temo que otro tanto sucede en España) están desahuciados al cumplir los cuarenta, y tienen grandes dificultades para ser contratados si pasan de los treinta. Es curioso, ahora resulta que un guionista se hace viejo antes de lo que tarda en jubilarse un futbolista.
El argumento de las productoras es bien sencillo: alguien que pase de los treinta difícilmente podrá conectar, ni aun siendo un escritor reputado, con el público joven al que van destinadas estas series. Por lo visto, las series han de reflejar la realidad, aunque mucho me temo que sea al revés, que la realidad tenga que verse reflejada en estas series, lo cual, si cabe, resulta mucho más preocupante. No sé si tendrá algo que ver con el mito de la eterna juventud, pero tal vez los productores de las series de televisión norteamericanas han captado que la gente se resiste a envejecer, y llegar a la treintena, ya digo, parece ser que en Estados Unidos es casi una ofensa, conque un guionista que doble la barrera de los treinta en Hollywood se convierte en poco menos que un proscrito, como los habitantes de la Ciudad de las Cúpulas, aquélla de la película La fuga de Logan, donde todo el mundo había de morir al cumplir los treinta años. El asunto no es ninguna tontería, el olvido al que parecen relegados los guionistas cuarentones recuerda a la lista negra de Macarthy en los años cincuenta, y los pobres y viejos escritores de guiones que pasan de los cuarenta han tenido que organizarse, como un grupo de jubilados desocupados, para demandar a las televisiones.
Ya lo he dicho antes y lo repito ahora: no lo entiendo. Si lo pienso un poco, me vienen a la cabeza muchos escritores, casi todos los que más me gustan, que pasan de los cuarenta, un buen puñado que están entre los treinta y los cuarenta y muy pocos, tal vez uno o dos, que tienen menos de treinta. Tal vez un guión no sea lo mismo, aunque me temo que, al cabo, se trata de escritura, de imaginación, de crear personajes fuertes conectados entre sí por un argumento interesante. Siempre ha sido así y espero que siempre siga siéndolo. Nada que ver con esas series juveniles, esas que tratan de mostrar la vida en unas urbanizaciones idílicas habitadas por muchachos a los que le quita el sueño la rubia oxigenada con la que comparte pupitre pero que suspira por su mejor amigo, ese que se convirtió en estrella del rock porque el pobre era un incomprendido por sus padres y por su familia y que ahora gana nosecuantos millones de dólares gracias al contrato que ha firmado con una productora que lo descubrió tocando la guitarra en el banco del parque de la universidad a cuyas clases no asistía porque sus profesores y sus compañeros tampoco lo entendían, y al final resulta que se van todos a la playa —el amigo, el cantante y la rubia oxigenada—, encienden una fogata y se juran amistad eterna. Un guión como éste, sí, no me extraña, la habrá firmado alguno de estos guionistas bisoños.
Espero que los años de los guionistas no sigan disminuyendo en la misma medida que la edad media de los televidentes se reduce, si no, dentro de poco tiempo, teniendo en cuenta que los niños cada vez ven más televisión y las cadenas tienen que producir lo que el público demanda, habremos de deleitarnos con series donde las guarderías sean el espejo en el que habremos de mirarnos quienes acabamos de frisar la barrera de los treinta y ya no servimos para escribir.

© Andrés Pérez Domínguez, 2001
Publicado en El Aleph

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