La última humillación

Tengo delante un puñado de imágenes de la guerra civil española, todas de Robert Capa. La más famosa, no me cabe duda, es la del miliciano retratado en el momento de caer abatido cerca del Cerro Muriano en septiembre de 1936. He leído muchas veces que esta imagen es la mejor fotografía de guerra jamás realizada. Decía el fotógrafo húngaro (que en realidad se llamaba Endre Friedman) que la razón de que una fotografía no fuese lo bastante buenas era por no haberse acercado lo suficiente.
El libro, además de la foto antes mencionada, contiene un puñado de imágenes tomadas por Capa que se las queda uno mirando sin poder sustraerse al dolor, al asombro, o a la reflexión: el rostro marcado de arrugas de una mujer en el Madrid sitiado, una niña recostada sobre un par de sacos de arroz abrigada con la chaqueta de un adulto, mirando al vacío durante la evacuación de Barcelona en enero del 39, civiles sobre el precario asfalto de las carreteras españolas de entonces con el cuerpo hecho jirones después de que los aviadores hubieran practicado el tiro al blanco con ellos, calles de ciudades desiertas, hombres con el ceño fruncido bajo la gorra calada hasta las cejas y la colilla en la boca, suspendida en el labio en un equilibrio imposible, mirando la cámara no se sabe muy bien si con resignación o indiferencia.
Casi todas son imágenes de los perdedores. No pretendo ahora simplificar, pues la guerra española no fue un simple asunto de malos y buenos, pero las instantáneas de Capa son un documento único del bando que perdió, y por eso me he referido a ellas. Y me alegro de que el reportero estuviese aquí para dejar constancia, porque el tiempo pasa y cada vez quedan menos de los que vivieron el conflicto, y ya se han muerto muchos de los que marcharon al exilio o de quienes vivieron para contar que tuvieron la desgracia de ser confinados en Büchenwald o en Mauthausen —por citar algunos campos— y dejar los mejores años de sus vidas trabajando de sol a sol para el III Reich. Otros, sin embargo, se quedaron aquí y pasaron tal vez no menos penalidades que los que cruzaron la frontera. Muchos hubieron de pasar años trabajando con un pico y una pala construyendo canales, fortines, o monumentos diseñados por los vencedores megalómanos, antes de recobrar la libertad.
Ahora, tantos años después, en un alarde de generosidad, el gobierno ha resuelto indemnizarlos con 33.812 pesetas por cada año de prisión, hasta un máximo de cuatro. Esto es, como mucho, ciento treinta y cinco mil pesetas. No sé qué pensarán otros, pero a mí, aparte de una injusticia, me parece una humillación como la copa de un pino. Ante las protestas de los pobres jubilados que aún tienen energías para levantar la voz, el gobierno los remite a sus antecesores que no hicieron nada por ellos durante doce años, o a las comunidades con presidente socialista, a ver si pueden hacer algo. Como siempre, se pasarán la pelota unos a otros hasta que el último de los presos se muera —tal vez de asco— y se acabe el problema de una vez.
Es triste pensar que a la mayoría de estos hombres, los mismos de las fotografías de Robert Capa, después de sentir cómo se les helaban los huesos en una trinchera del Jarama o de haberse metido en las aguas oscuras del Ebro hasta el cuello con el fusil en alto o de estar picando piedra en el Valle de los Caídos tres o cuatro años sin darle a los vigilantes el gusto de quejarse ni una sola vez, no les quede siquiera la última dignidad de romper los billetes con los que pretenden compensarlos, despacio, uno detrás de otro, y dejar que el viento se los lleve, igual que su memoria, porque para ellos treinta y tantas mil pesetas, teniendo en cuenta sus magras pensiones, son una pequeña fortuna.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2001

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