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Mostrando entradas de 2002

Nochebuena

Hoy es Nochebuena y voy a confesar algo. Me paso once meses al año presumiendo de que no me gusta la Navidad. Once meses desdeñando todo lo que huela a celebración religiosa. Algunos amigos me llaman aguafiestas cuando les cuento que es poco menos que imposible saber la fecha del nacimiento de Cristo si ni siquiera estamos seguros de en qué año vino al Mundo. Mis amigos resoplan, se dan codazos cómplices y miran para otro lado cuando intento explicarles que una antigua religión llamada Mitraísmo celebraba el culto al sol el 25 de diciembre en la época que nació Jesús, y que la coincidencia de la fecha con la del alumbramiento del Mesías es poco menos que sospechosa. Pero ya no le cuento a nadie estas tonterías, aunque sean ciertas, y me guardo mucho de hacerlo en Navidad. Será que voy cumpliendo años y me va llegando la hora de aceptar las cosas como son. Será que me estoy haciendo mayor, que estoy empezando a ser una persona adulta y no me queda más remedio que admitir que, aunque du…

Navidad

La semana que viene empieza la Navidad. Aunque, para ser sincero, si he de atender a los recuerdos que tengo de cuando iba al colegio, la Navidad empezará el domingo, el día 22 de diciembre, cuando los niños de San Ildefonso empiecen la letanía de cada año, bien temprano, y miles de personas sostengan un décimo de Lotería entre los dedos con la ilusión legítima de pensar que tal vez este año pueda ser por fin que compremos un coche, que cambiemos las cañerías, que podamos dar la entrada del piso o, simplemente, alegrar la cena de Nochebuena con un buen jamón de Pata Negra.La Navidad ya no es como antes. La Navidad ya no empieza el 22 de diciembre, con los cánticos de San Ildefonso y la mesa camilla con la botella de anís y los mantecados. La Navidad tampoco termina con la vuelta al colegio, siempre con menos días de los necesarios para disfrutar de los juguetes. La semana pasada hablé aquí de los calendarios, y hoy voy a contar que los calendarios ya no son tampoco lo que eran. Bueno,…

Mal gusto

Antes las ejecuciones se convertían en un espectáculo público. La gente acudía en masa desde otros puntos de la ciudad —desde otras poblaciones, incluso— al lugar donde fuera a producirse el acontecimiento. En las películas del Oeste se ve claramente a la gente agolpada en torno a la siniestra ele invertida de donde pende la soga que apretará el cuello de un condenado. En España —no han pasado tantos siglos— la muchedumbre se apretujaba en las plazas ante la macabra visión de unos cuerpos ardiendo en la pira de un Auto de Fe.Será porque nos sigue gustando la sangre —sobre todo la sangre que no derramamos nosotros— la razón por la que no podemos impedir taparnos los ojos ante la visión de un acto horrendo, un acto repulsivo, pero muchas veces separamos un poco los dedos que nos cubren la cara, como si no quisiéramos ver pero tampoco pudiéramos evitar el impulso que nos obliga —a pesar de sentir miedo o repulsión— a grabarlo todo en nuestra memoria.Puede que éste haya sido el motivo del…

Los calendarios eróticos

Aunque muchos talleres mecánicos se hayan convertido en lugares tan asépticos como un hospital —bueno, más asépticos incluso que algunos hospitales— en la mayoría de las paredes de los que frecuento todavía cuelgan —por fortuna— esos calendarios de mujeres ligeras de ropa, esos calendarios regalados por algún proveedor generoso que tuvo un día la idea original —o la intención de buen samaritano— de alegrar el tiempo de quienes pasan ocho horas de una dura jornada entre las cuatro paredes grasientas del taller. Los calendarios —sobre todo el de la multinacional Würth, que es el que más veces me he encontrado— colgados de una chincheta rudimentaria en la pared de un taller mecánico, de una carpintería, de una herrería o de un almacén de electricidad o ferretería, se han convertido en un clásico, en un clásico con tanto derecho a serlo como los partidos Madrid-Barça o los toros de Osborne que alguien tuvo la maravillosa idea de no retirar de nuestras carreteras. Gracias desde aquí a Biga…

El día que yo nací

Siempre he pensado que nacer en un sitio determinado no tiene mérito. Igual que nacer hombre o nacer mujer es una cuestión de suerte, es una cuestión del azar puñetero que determinará grandes parcelas de nuestra existencia. No es lo mismo nacer hombre o mujer en Madrid, en Sevilla, en Cádiz o en Granada, que asomar la cabeza al mundo en Nairobi, en Kabul o en Addis Abeba. La fecha de nacimiento también es una cuestión azarosa, un hecho aleatorio que para nada depende de la voluntad de quien estalla en el primer llanto de su vida. Sin embargo, aunque como digo, no sucedió cuando yo lo elegí, hoy voy a hablaros de mi fecha de nacimiento. Hoy voy a hablaros del día que yo nací.Todos los veranos hojeo el periódico, buscando la efeméride. En algunos sitios aparece el acontecimiento un día después, pero la mayoría de las veces coincide con mi fecha de nacimiento. Hace años me dediqué a investigar el asunto, y sí, efectivamente, descubrí que mis padres siempre me dijeron la verdad: el 20 de …

La ironía

Estoy convencido de que el sentido del humor es un signo inequívoco de inteligencia. Puede haber inteligencia sin sentido del humor, pero encuentro difícil que una persona pueda reírse de sí misma, que las palabras de alguien destilen cierta ironía, incluso un leve sarcasmo, sin tratarse de un ser humano dotado de una inteligencia peculiar. La ironía —incluso el cinismo, que no es más que ironía con un punto más ácido—, son los únicos recursos que nos quedan a menudo para poder explicar —o para poder entender— el mundo que nos circunda.En el Puerto de Santa María se ha celebrado el Décimo Congreso Internacional Luis Goytisolo con una reflexión sobre la ironía. Destacados intelectuales han puesto de manifiesto el poder de un arma tan afilada como inofensiva. Veintiséis comunicantes han hablado sobre la ironía a más de ochenta oyentes de ámbito universitario, a más de ochenta oyentes de facultades como las de Sevilla, Cádiz, Barcelona, Alcalá de Henares, Oviedo y Almería. Estudiantes qu…

Las buenas costumbres

Mira que no quería hablar de esto. La semana pasada obvié el tema deliberadamente, Como quien no quiere la cosa, cerraba los puños para que no me volaran los dedos sobre el teclado de mi ordenador, apretaba los labios delante del micrófono para no hacer ningún comentario. Hasta incluso pensé no aparecer por la radio el miércoles por si no podía resistirme a sacar a colación la noticia, pero llegué a la conclusión de que lo mejor era que no fuese noticia, que ni siquiera merecía una frase, pensaba que tal vez fuese hora de irnos acostumbrando a estas cosas, que tal vez fuese hora de que empezásemos a aceptarlas. También, la decisión de la Guardia Civil fue tan rápida que nos sorprendió a todos, fue tan rápida y tan moderna que no dejaba lugar a la polémica ni a la demagogia barata, así que me dije, asunto zanjado, Andrés, no des la murga hoy a los oyentes con lo del Guardia Civil homosexual que ha solicitado vivir con su novio en la casa cuartel, porque la historia ya se ha resuelto fa…

Estadísticas en miniatura

Decía Winston Churchill que no hay nada más fácil de falsear que los datos estadísticos. No es que yo piense que el canciller británico no decía la verdad —supongo que tendría razones fundadas para afirmarlo—, pero hoy no voy a hablar de la posibilidad de tergiversar los resultados de las encuestas. Hablar de porcentajes siempre me ha parecido demasiado frío, incluso demasiado racional: decir el 28, el 30, o el 57 coma 9 por ciento, muchas veces sólo aturde o causa dolor de cabeza a quien escuchaYo mismo, leyendo un estudio sobre los adolescentes en España me estaba aburriendo tanto que se me ocurrió otra manera de exponer el asunto. Será que a mí, por ser de letras, los números y los porcentajes me cansan mucho. Así que hoy me gustaría proponer un modo diferente de mirar las estadísticas. No ha sido idea mía, pero al final explicaré por qué lo hago. Mi traducción del estudio realizado, es que, según las estadísticas, si juntamos en una habitación a diez adolescentes de entre 12 y 18 …

Aserejé diabólico

Aunque yo sea uno de los pocos que no ha movido los brazos al ritmo de Aserejé este verano, debo reconocer que la canción tiene su puntito gracioso. Dar en el clavo con la canción del verano debe de ser algo tan difícil, o, mejor dicho, tan aleatorio, como agitar el cubilete con los dados y luego cruzar los dedos para que salga tu número sobre el tapete. Docenas de canciones compiten cada año por el dudoso honor de ser la canción del verano, pero sólo una se lleva el gato al agua, y este año les ha tocado a las hijas del Tomate, a las Ketchup.Como decía, el Aserejé tiene su gracia, más que cualquiera de las canciones con las que Georgie Dann nos tortura cada vez que empieza a hacer buen tiempo y la gente se dispone a empezar sus vacaciones. También me hace más gracia que la archiconocida Macarena, y aunque me he esforzado en no aprenderme el estribillo, he de reconocer que he fracasado en el intento: de tanto escucharlo lo tengo grabado en la memoria, pero no se preocupen, que no lo v…

Esos viejos modernos

Pocas cosas hay en esta vida que me inspiren más ternura que la imagen de un anciano. Un anciano sentado en el banco de un parque, sujetando el bastón, la mirada perdida en algún punto indefinido del suelo, viendo comer a las palomas, viendo cómo la gente corre por los senderos que discurren entre los árboles. Miran los viejos sin saber muy bien qué miran. Miran los viejos perdidos en sus pensamientos, quizá. Miran los viejos y a la mayoría de la gente no le importa lo que piensan mientras se les pasan las horas. No le importa lo que piensan al despertar por la mañana, casi siempre muy temprano, y observan levantarse el sol en el horizonte, quizá como un castigo.Cuando uno es joven —y también cuando no es tan joven pero todavía no es lo bastante mayor como para pensar que algún día se le caerán los dientes y habrá de caminar con bastón— no imagina que lo peor de llegar a viejo no son los muchos años, ni los dolores, ni la falta de recuerdos o los remordimientos por no haber aprovechad…

Cuentos en el autobús

No tengo demasiadas manías. No me importa llevar un chaleco amarillo, ver un gato negro o pasar por debajo de una escalera, y estoy seguro de que algo tan malo te puede suceder un martes y trece —o un viernes y trece— como, por ejemplo, hoy, miércoles treinta de octubre. Pero hay una cosa que hago habitualmente que tal vez pueda considerarse, si bien no exactamente una manía, sí una costumbre antigua contra la que no puedo, contra la que no estoy dispuesto a luchar.Cuando sé que voy a tener que pasar un rato esperando, cuando voy al dentista, cuando quedo con algún amigo en cuyo vocabulario no existe la palabra puntualidad, incluso cuando voy a emprender un viaje en coche y sé que seguramente no me hará falta pero también pienso que a lo mejor puedo tener una avería y quedarme varado en la carretera sin nada mejor que hacer, me echo un libro en la mochila, un libro que esté leyendo en ese momento, o un libro al que hace tiempo que deseaba hincarle el diente. Muchas veces ni siquiera t…

Inventar mentiras

Me acuerdo de las películas que veía de niño, Sesión de Tarde los sábados, después de los dibujos animados, cuando sólo había dos cadenas de televisión. Me acuerdo de las películas de aventuras de Burt Lancaster, de Gregory Peck o de Robert Taylor, de las películas en blanco y negro que llenaban los fines de semana. Una, que vi más de una vez, me gustaba mucho, El joven Edison, con Mickey Roonie. Mi escena favorita era cuando operaban a la madre, y no había bastante luz, así que Edison, apenas un mozalbete, dispuso una serie de espejos junto las velas, alrededor de la mesa donde su madre iba a ser intervenida, y la iluminación prodigiosa suscitó un comentario del médico, sorprendido ante el descubrimiento de lo que después sería algo que hoy tenemos tan a mano que no nos damos cuenta de su importancia: me refiero a la bombilla.Probablemente la realidad fue mucho más prosaica. Seguro que Thomas Alva Edison llegó a descubrir esa maravilla de otra forma, pero no me importa. Hace muchos a…

El soso

Tenía entendido que uno de los principios fundamentales del Derecho era la Presunción de Inocencia. Es decir, alguien es inocente mientras no se demuestre lo contrario. En base a esto es lícito, supongo, que quien ejerza —o se adjudique— el cargo de fiscal ponga todos los medios posibles para demostrar la culpabilidad del acusado, pero resulta aterrador saber que quien tiene la potestad de castigar asegure que piensa hacerlo de todos modos, sobre todo si está convencido de la culpabilidad de aquel a quien quiere infligir un castigo.Después de haber viajado allí varias veces, Estados Unidos es un país al que le tengo cierto aprecio. Es un lugar inmenso, una tierra llena de contradicciones, casi siempre fascinante, y me molesta la visión parcial que de Norteamérica se tiene muchas veces desde Europa, desde España. Para mí, el antiamericanismo feroz esgrimido por mucha gente —muchos de ellos dotados de un talento enorme— es tan absurdo, tan pueril, como las adhesiones estúpidas al Americ…

Las dueñas de Peregil

Tanto leer sobre tratados centenarios y no me había dado cuenta. Cuando los gendarmes marroquíes tuvieron la mala educación de desembarcar en la isla Perejil en julio pasado aprendimos más sobre los accidentes geográficos del norte de África que en todo un año de asistencia a clase. Yo, todavía no lo tengo claro —bueno, ahora sí, pero en julio andaba un poco despistado—, pero parece que el islote, aunque se encuentre a un tiro de piedra de Marruecos, es español.Tras el despropósito del desembarco marroquí, y después de la respuesta exagerada de los 28 boinas verdes españoles, no se había vuelto a hablar mucho de la isla Perejil, lo que, después de lo que había pasado en verano, era una gran noticia. Pero cuando parecía haberse llegado a un acuerdo tácito, por parte de España y Marruecos, para no volver a poner ninguno un pie en el peñasco, Rajma Lachili, la dueña de las cabras que pastan en la isla, ha salido a la palestra. La pobre mujer reclama al gobierno español que le indemnice p…

El sexo de los adolescentes

Tienen las relaciones sexuales algo de oscurantismo cuando se ven o se juzgan desde otras edades. Para muchos adultos, resulta impensable aceptar que hay bastantes adolescentes, casi siempre más cerca de la niñez que de la edad adulta, que practican sexo. Curiosamente, abundan también los jóvenes que piensan en el sexo de los adultos, en el sexo de los padres, como algo inexistente. Por parte de los adultos se tiende a pensar que los chavales siguen siendo niños, y por parte de los adolescentes se considera que los mayores ya no están para según qué cosas.Tal vez la peor actitud respecto al sexo sea no reconocer, o no querer reconocer, su existencia. Algunas niñas, con una edad todavía en que los padres piensan —y con razón— que deberían estar jugando con muñecas, albergan ya en su interior una criatura, su vientre se les hincha como por arte de magia, borrándoles de un plumazo la adolescencia, la niñez todavía. Leo en un periódico el titular de una noticia: una joven inglesa que se q…

Crónicas marcianas

Pues nada, que ser famoso es rentable. Sólo hay que salir en la tele, soltar cuatro exabruptos —o seis, cuantos más mejor— y al final poner la mano para llevárselo calentito. Trabajar, como el chiste, que trabajen los romanos, o, si no, que trabajen los que no tienen la suerte de haber sido marido, novio o amante —da lo mismo, lo importante es que haya habido una cama en la historia— de algún famoso, o del hijo o la hija de algún famoso, o amante del amante del hijo de algún famoso, o del hermano, o del primo segundo. Lo importante es lanzar el bulo, y luego ir a la televisión y poner cara interesante, y decir, a ti te lo voy a contar yo, Mariñas, o Karmele, o como te llames. El siguiente capítulo, cariño, la semana que viene, con portada en una revista del corazón y previo tintineo en la caja registradora.Estos famosos, y los periodistas que los siguen y los encumbran se reproducen a la misma velocidad que los granos traviesos. Da la impresión de que incluso se asocian, y alguien deb…

Contrastes

No es que tenga una cierta edad. Qué va. Me considero una persona aún joven. Y lo digo sin esperar caer en el pecado habitual de quienes van cumpliendo años, en la coquetería estúpida de decir que se consideran jóvenes a pesar de arrastrar muchas décadas en la osamenta, a pesar de que en el calendario de su vida quedan más fechas marcadas, por detrás, que espacios por delante sin tachar. Pero a pesar de ser joven, uso gafas para leer. Puedo leer perfectamente sin usarlas, pero si lo hago a menudo, a veces acabo con dolor de cabeza.En fin, que todavía no tengo que estirar los brazos para leer el periódico, alejándomelo de la cara como si apestara. Sin embargo, acabo de comprobar que hojear el periódico con los brazos extendidos, incluso enturbiar los ojos adrede para ver sólo formas confusas en el papel, puede ser un ejercicio saludable, un ejercicio, que si bien nos impide leer las noticias, sí nos estimula la lucidez, como si una mano invisible pulsase un interruptor que nos hiciera …

Norfolk

Quería comprarse un ordenador. No sabía nada de informática, pero quería comprarse un ordenador. El deseo era tan fuerte que más de una vez se había sorprendido delante del escaparate de unos grandes almacenes, como si le hubiesen clavado los pies los pies al suelo, extasiado ante el reflejo azulado de las pantallas extraplanas en el cristal como un brochazo luminoso, los teclados ergonómicos y esos pequeños artilugios fusiformes a los que llaman ratones.Se trataba de la misma sensación que padeció de niño, cuando deseaba la televisión en color más que ninguna otra cosa en el mundo, y luego, siendo ya un adolescente, el vídeo. Pocos años antes, ya adulto, había vuelto a sentir el gusanillo de la tecnología al ver a tanta gente hablando en la calle por un teléfono móvil. Se compró uno, uno de ésos tan grandes como un ladrillo que ahora le daba vergüenza sacar delante de sus compañeros, y ya hacía mucho que tenía claro que pronto lo cambiaría por otro más pequeño, más moderno, repleto d…

Hijos de puta en prácticas

Hay que ver lo modernos que nos estamos volviendo. No me canso de repetirlo: en el periódico, en la Radio, cada vez que alguien comete la insensatez de dejar que exponga mis razonamientos. Nos estamos volviendo de un moderno que es la leche, de un moderno modernísimo, vamos, de un moderno que asusta, de un moderno que a veces me dan arcadas.Pero no vayan a pensar que me niego a ser (a que seamos) modernos. Ni mucho menos. Me fascinan los avances de la medicina, y la comodidad del mando a distancia y, aunque jamás he podido leer entero un libro de instrucciones, me descubro ante la sencillez horripilante de un microondas o los mensajes de Internet que vuelan por el planeta como por arte de magia. La modernidad, sin embargo, lleva aparejada otras enfermedades antes desconocidas o, por lo menos, no tan conocidas como para ser tenidas en cuenta: el estrés, la ansiedad, el insomnio crónico. Ya digo, el resultado del ajetreo moderno.Por desgracia, en estos tiempos tan modernos, algo que lla…

Un apellido maldito

Ya hace algún tiempo que leí la espléndida biografía de Hitler, escrita por Ian Kershaw y publicada ahora en edición de bolsillo por la editorial Quinteto. Dos tomos de más de mil páginas cada uno que hurgan en la personalidad y en el tiempo que rodeó al fanático más desgraciadamente famoso de la historia. Al principio del primer tomo se muestra el árbol genealógico de la familia del dictador nazi: su padre era hijo ilegítimo de una mujer que trabajó durante años para una rica familia judía. Se ha especulado mucho con la posibilidad —más que morbosa, desde luego— de que una cuarta parte de la sangre que corría por las venas de Adolf Hitler fuese la misma clase de sangre que derramaron más de seis millones de inocentes exterminados. Pero, como digo, hasta ahora, no se ha podido demostrar.En el árbol genealógico de la familia Hitler que aparece en el libro de Kershaw observo unos espacios en blanco, en la descendencia de su hermano mayor, unos huecos inquietantes que alguien acaba de re…

Los pilares de la tierra

Este verano se les ha preguntado a los oyentes de Onda Cero cuál es su libro favorito. Con las lecturas favoritas de cada uno, pasa lo mismo que con las opiniones, lo mismo que con las narices o con las manías: cada uno tiene la suya. Uno puede hablar de su ciudad favorita, de su tabaco preferido o de la marca de güisqui que le alegra el gaznate sin ningún rubor, pero a la hora de hablar de sus libros favoritos, sobre todo si uno es escritor o se encuentra en el camino de serlo, contiene la respiración y se lo piensa unos segundos antes de responder.Es poco habitual encontrar entre los diez libros favoritos de un escritor una novela popular, y cuando digo popular quiero decir una novela que haya arrastrado a millones de lectores. Demasiadas veces ver el canon de las novelas preferidas de un escritor supone descifrar un extraño jeroglífico que nos resulta ajeno y nos convierte, a pesar de que hayamos trasegado páginas de muchos libros, en unos ignorantes supremos. Yo no sé si todos los…

El pescador

El pescador ahora tiene tiempo para ver la televisión. Todo el tiempo del mundo. No hace mucho, sólo la veía un rato por la noche, con los párpados recordándole sin miramiento que tenía que madrugar para ir a faenar, igual que esa mañana, igual que todas la mañanas desde que era un muchacho. Pero ahora hace tiempo que no madruga. A su mujer le dice que no se levanta tan temprano porque ya no puede salir a pescar, pero lo cierto es que no lo hace porque el sueño se le ha vuelto escurridizo, se le escapa cada noche entre calada y calada a un cigarrillo, los ojos enrojecidos de cansancio y de rabia, los ojos enrojecidos de impotencia y desesperación.No es un hombre al que le guste peregrinar de bar en bar, como un jubilado prematuro, así que prefiere guardar la rabia de puertas para adentro, la televisión encendida para ver alguna serie divertida, algún programa que le muestre el lado más amable de la vida que a él se le ha puesto de espaldas. Se alegra de que ahora empiece la Liga, y de…

Morir por nada

Este fin de semana es uno de los más peligros del verano, tanto o más que la mayoría de los puentes que jalonan el calendario a lo largo del año. Este fin de semana es el fin de semana de la operación retorno, y millones de vehículos —cada vez son más— atravesarán el país de punta a punta. Por desgracia, algunos de los que están ahora mismo apurando las últimas horas de sol, refrescándose el gaznate con un tinto de verano en un chiringuito o, simplemente, tumbados en el sofá con la única y dulce ocupación de no hacer nada, pasarán a formar parte de una estadística macabra el lunes por la mañana.Cuando pienso en la muerte, una de las cosas que enseguida se me vienen a la cabeza es lo inesperado del suceso. Me refiero a la muerte por accidente, claro está. Nunca piensas que te pueda pasar a ti, o a lo mejor lo piensas pero te esfuerzas en olvidarlo, en ocultar el pensamiento siniestro en algún lugar donde no te afecte demasiado. Procurar no pensar en lo malo forma parte de la naturaleza…

La doctora de Axe

Hoy no pensaba meterme con nadie. Lo juro. No iba a hablar de la boda de Jesulín y Campanario, ni de las cartas que se pierden en el limbo del servicio de Correos. Durante el mes de agosto me he propuesto comentar la actualidad a la vez que, si puedo, recomiendo alguna película o un libro. Porque el verano debe ser un tiempo de descanso, de relajación, y también, por qué no, un espacio para ver las películas atrasadas, para fatigar las páginas de los libros que tenemos apilados en la estantería durante el invierno.Hoy pensaba hablar de los anuncios. Todos los años se emite un programa delicioso en el que, durante un par de horas, podemos disfrutar de esas pequeñas joyas que se emiten en todo el mundo y que no siempre tenemos la suerte de poder ver en España. No sé ustedes, pero yo soy un devorador de anuncios. Algunos, los que más me gustan, he de verlos dos o tres veces para entenderlos, y a lo mejor, puesto que muchas veces no soy capaz de darme cuenta a la primera, no me he percata…

El hombre de Atapuerca

La semana pasada fue una de las más calurosas del año, lo normal en la segunda quincena de julio, cuarenta, cuarenta y cinco grados a la sombra. Ni siquiera el aire acondicionado del coche a tope puede consolarlo a uno de la canícula. A las tres de la tarde de un sábado ardiente de julio lo normal es estar en la playa o en la piscina, quien pueda, o buscar una sombra o un bar fresquito: ésa es la razón de que las tardes de verano las calles suelan encontrarse más desiertas que una madrugada de invierno. Por eso me sorprendió el atasco, y el bullicio, y los fotógrafos, y las vallas, y los guardias de seguridad, y los municipales, y los curiosos, todos al sol, a las tres de la tarde del último sábado de julio. Resulta que vivo en el mismo pueblo donde se ha casado Jesulín, y la entrada vetada a los mortales del Hotel Hacienda Benazuza se había convertido en un hormiguero de vecinos y de periodistas ávidos de conseguir la foto o la declaración del famoso de turno.La expectación suscitada…

Sin papeles

Pensaba, sin duda equivocadamente, que la Europa sin fronteras y la tan cacareada globalización facilitaría la vida de los habitantes del Viejo Continente. Ahora que uno puede viajar desde Berlín hasta Tarifa sin detenerse a sellar el pasaporte, enterarse de que alguien no puede salir de España por un problema de documentos se antoja una broma de pésimo gusto. Resulta que el hijo de unos inmigrantes subsaharianos que fue acogido de pequeño por una española no puede viajar a Inglaterra para encontrarse con su madre porque sus padres falsificaron su partida de nacimiento y el chaval, a pesar de tener catorce años, según la fría prosa de la burocracia no existe.
Como en la historia de Larra, la mujer española que lo acoge se ha paseado por las oficinas de la Administración sin que nadie pueda darle más solución que el manido “vuelva usted mañana”. Recuerdo que no hace mucho otro inmigrante, a pesar de tener nacionalidad española, no podía regresar de su país de origen después de unas vac…

Amor eterno

Ahora que un tercio de las parejas que se casan terminan separándose y que los divorcios están en boga —tal vez porque los famosos, como en tantas cosas, llevan la iniciativa—. Ahora que hasta la inseparable pareja de la Guardia Civil se ha disuelto, resulta enternecedora, aunque no deje de ser un poco macabra, la historia de amor de Raymond Martinot.
Cuando un tumor cerebral se llevó por delante a su compañera Monique, hace dieciocho años, este médico francés se las arregló para obtener una exención que le permitiese guardar el cuerpo de su amada en un congelador después de haberle inyectado algo para que el cadáver no se descompusiera. Como si de una película de ciencia ficción se tratase, el cuerpo incorrupto ha permanecido oculto a sesenta grados bajo cero, con un libro de instrucciones al lado para poder seguir los pasos necesarios en caso de avería o incluso un terremoto.
Pero el mayor inconveniente no ha venido derivado de una catástrofe natural o una simple complicación en el me…

Un hombre impaciente

Hace pocos días me he dado cuenta de que soy un hombre impaciente. Antes de ese momento de clarividencia, pensaba que no, que entre mis pocas virtudes se encontraba una paciencia ejemplar, una paciencia casi geológica, y si alguien me acusaba injustamente de verme ansioso por la llegada de un acontecimiento, le retaba a encontrarme el pulso. La taquicardia inexistente se deberá, pienso, a cierta deformación profesional, porque si uno trata de malvivir de lo que escribe, a lo primero que ha de acostumbrarse es a esperar. Ya lo dice Antonio Muñoz Molina: “La clave de la Literatura es la lentitud. La Literatura es lenta de crearse, lenta de llegar al lector, lenta de ser comprendida plenamente”.Pero a lo que iba: llevo dos meses esperando el acuse de recibo de una carta importante que envié y, a pesar de que, como ya he dicho antes, me considero un tipo paciente, ya empezaba a preocuparme. Estaba a punto de llamar a un teléfono de reclamaciones que me facilitaron amablemente en la oficin…

Shackleton

Al enterarme de que un barco alemán con científicos rusos a bordo se ha quedado atrapado en el hielo antártico, me he acordado de la expedición de Ernest Shackelton y los otros veintidós aventureros del Endurance. Igual que ahora el Magdalena Oldendorff, el Endurance también encalló en los traicioneros hielos polares, hace casi noventa años. Shackelton, veterano explorador que había participado en uno de los intentos frustrados de Robert Falcon Scott de alcanzar el punto más septentrional del planeta, se había propuesto convertirse en el primer ser humano en atravesar el Continente Antártico que, según sus palabras, se trataba del último gran viaje polar que podía emprenderse, y él estaba dispuesto a asumir el riesgo para la corona británica, que había sido derrotada en la conquista del Polo Norte y del Polo Sur por los norteamericanos y los noruegos respectivamente.Pero su barco quedó atrapado en el hielo polar antes de tener siquiera la oportunidad de desembarcar en tierra firme y c…

La memoria

Hace algunos años pasé una temporada estudiando en Alemania, y le conté a un profesor mi intención de visitar el campo de concentración de Büchenwald. Aquel comentario dio paso a una charla muy interesante sobre los difíciles años cuarenta en Alemania. Mi profesor, que había nacido después de la II Guerra Mundial, me indicó la forma de llegar hasta el antiguo campo de extermi-nio, y nos contó que cuando él o la gente de su edad preguntaba a la generación anterior sobre aque-llos tiempos en que los judíos desaparecían por oleadas para ser recluidos y asesinados en los cam-pos, la respuesta que obtenían de sus mayores era idéntica: Ich habe das nicht gebusst, o sea, que nadie lo sabía o, lo más probable, es que nadie quería saber nada y miraba para otro lado con la condición de que la tragedia afectase mínimamente a sus vidas.Pero la memoria se resiste a ser enterrada, y vuelve una y otra vez para golpearnos en la cara. A veces parece como si quien maneja los hilos del Destino agitase l…

El traje nuevo del emperador

Algunas historias se convierten en clásicos. Al leer una novela escrita hace cien o trescientos años nos damos cuenta de que su frescura o su mensaje permanecen intactos a pesar de haber transcurrido siglos desde que fueron escritas y por eso se diferencian de aquellas cuya lectura no soporta el paso inexorable del tiempo. Sobre todo sucede en los cuentos infantiles. Por muchos años que pasen, cada vez que revisito las páginas de Hänsel y Gretel no puedo evitar pensar en las terribles condiciones de vida de la Edad Media, tan duras que a unos padres no les queda otro remedio que abandonar a sus hijos en el bosque porque no tienen con qué alimentarlos. Cuando me entero de una noticia sobre alguien que abusa de una niña me acuerdo de Caperucita Roja, a quien, por cierto, se la comió el lobo disfrazado de abuelita después de animarla a desnudarse para meterse en la cama con él... y no vino ningún leñador a rescatarla. Ya lo dice Ana María Matute: Disney ha hecho unas películas muy hermos…

El cine o la vida

A veces me paro a pensar lo que, para lo bueno y para lo malo, ha influido el cine en nuestras vidas. Hace no mucho le oí decir a un crítico que, debido al cine, la gente ya no se besaba igual ahora que, por ejemplo, hace cien años. Y le doy la razón. La forma en que ahora nos besamos, en que nos decimos las cosas, la forma en que nos amamos, tal vez no sea exactamente la misma que antes de que las imágenes de celuloide se instalaran como un veneno maravilloso en nuestra existencia.Nos vestimos, nos peinamos, incluso nos miramos como se miran las estrellas en la pantalla. No creo que haya nadie que, al visitar Nueva York por primera vez, no se sienta parte de un decorado que ha visto miles de veces en el cine: los taxis amarillos, Robert de Niro con la cabeza rapada a lo mohicano, Woody Allen camino del psicoanalista o Tarzán luciendo su figura olímpica desde lo alto del puente de Brooklyn. Pero no hay que viajar tan lejos: basta recorrer el desierto en Almería y entornar un poco los …