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Mostrando entradas de enero, 2002

¿Un mundo diferente?

El día de Año Nuevo bajo a la calle con el euromonedero recién abierto, las monedas relucientes en el pantalón, como si en lugar de salir a la calle con resaca o empachado gracias a los excesos gastronómicos navideños estuviera recién regresado de la Isla del Esqueleto después de haberme corrido una aventura con Jim Hawkins y el cojo Long John Silver, y el dinero que amenaza con desfondarme el bolsillo no fuera otro que mi parte del botín del tesoro del capitán Flint.
Eso tienen las monedas de nuevo cuño, relucientes, sin mácula, hasta que el paso del tiempo y el trasiego de tantas manos les resten brillo y nos acostumbremos a su presencia y las miremos con la misma indiferencia que mirábamos a la peseta. Estos días, es la novedad la que nos atrae, la que forma colas en los bancos, en los cajeros automáticos y en los supermercados y en las cafeterías porque no nos aclaramos con el cambio. Hay que tener cuidado con la puñetera regla del seis: lo mismo se equivoca uno multiplicando en lu…

Marcha atrás

No sé si su nombre es José, pero no me importa. Tampoco sé si es carpintero pero su oficio, igual que su nombre, tampoco me preocupa. Sí he leído que su mujer se llama Fátima y que no llegó al hospital de Belén a tiempo de alumbrar con mínimas garantías a un bebé prematuro. No viajaban desde Nazaret, al norte del país, arrastrándose penosamente a lomos un burro, sino desde Al Wajala, cerca de Belén, y el motivo de su viaje no era registrarse en el censo según los dictados del emperador Augusto, sino la necesidad urgente de parir una criatura que se adelanta en el calendario, que llega antes de tiempo sin preocuparse de las fronteras, de las carreteras cortadas, de las fosas que mantienen recluidos a los palestinos, de los suicidas de Hamás o de los soldados israelíes apostados en los controles que les impiden entrar y salir de las ciudades.
Pero no llegaron a tiempo. Los soldados no los dejaron seguir hasta el hospital de Belén y el niño, un trozo de ser humano sietemesino que apenas …

Banda sonora

De la primera vez que estuve en Nueva York recuerdo una sensación que se ha repetido invariablemente cuando he vuelto a la ciudad de los rascacielos: sólo bastan unos instantes para sentirse muy pequeño, como Gulliver, flanqueado por los edificios enormes, para quedarse absorto mirando los taxis amarillos buscando a Robert de Niro con la cabeza rapada en la película de Scorsese, o sentir cómo lo habita el sonido tranquilizador de un saxo en la calle, unas notas que, después de haberlas escuchado, se da uno cuenta de que también son parte intrínseca de la ciudad que habíamos imaginado aun antes de visitarla por primera vez. De pronto parece como si los rascacielos, el río de gente que baja por las avenidas o los taxis amarillos hubieran perdido su identidad real para transformarse en imágenes de una película visitada muchas veces sin cansarnos y la música del saxo al caer la tarde no fuera otra cosa que la banda sonora de la ciudad.
Pasa en muchos ciudades, no sólo en N…