Marcha atrás

No sé si su nombre es José, pero no me importa. Tampoco sé si es carpintero pero su oficio, igual que su nombre, tampoco me preocupa. Sí he leído que su mujer se llama Fátima y que no llegó al hospital de Belén a tiempo de alumbrar con mínimas garantías a un bebé prematuro. No viajaban desde Nazaret, al norte del país, arrastrándose penosamente a lomos un burro, sino desde Al Wajala, cerca de Belén, y el motivo de su viaje no era registrarse en el censo según los dictados del emperador Augusto, sino la necesidad urgente de parir una criatura que se adelanta en el calendario, que llega antes de tiempo sin preocuparse de las fronteras, de las carreteras cortadas, de las fosas que mantienen recluidos a los palestinos, de los suicidas de Hamás o de los soldados israelíes apostados en los controles que les impiden entrar y salir de las ciudades.
Pero no llegaron a tiempo. Los soldados no los dejaron seguir hasta el hospital de Belén y el niño, un trozo de ser humano sietemesino que apenas alcanzaba el kilo y medio, nació en el coche y apenas resistió unas horas vivo.
Israel es un volcán, a estas alturas no voy a descubrir nada nuevo. Cada parte tiene sus razones y llegar a un acuerdo, sobre todo desde que Sharon está al frente del gobierno, se antoja una tarea poco menos que casi (y el adverbio lo escribo como un hilo de esperanza) imposible, pero son estas pequeñas historias, y no el hecho de que Arafat permanezca recluido en Ramala y no lo dejen asistir a la misa del gallo, las que lo hacen a uno reflexionar, sobre todo si coinciden con la Navidad, lamentando que las cosas vayan marcha atrás en lugar de hacia delante, como si el Mundo se volviera más inhabitable a medida que avanza el tiempo. Lees que, pese a todos los avances tecnológicos y lo modernos y civilizados que somos, una madre embarazada no pudo ser atendida en el hospital que tenía tan cerca porque un soldado decidió que su estado no era crítico y uno, aunque haya pisado una iglesia en contadísimas ocasiones desde que hizo la Primera Comunión y tenga el fervor religioso bajo cero, no puede soslayar que hace dos mil años, aun con las dificultades propias de la dureza de la época, se podía viajar durante tres días a lomos de un burro desde Nazaret hasta Belén de una forma más o menos decente y parir sin que nadie te lo impidiera, aunque fuera en un pesebre maloliente.
Eso, como tantas cosas, que llevamos perdido.


© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2002

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