Entradas

Mostrando entradas de febrero, 2002

Contrastes

Casi no hemos tenido tiempo de recuperarnos de las Navidades y el hermoso rostro de Nuria Roca se ha convertido en la imagen de las rebajas. No habíamos terminado de buscar la sorpresa en el roscón de Reyes cuando los grandes almacenes anunciaban su apertura en día festivo para acoger la avalancha de gente que se aposta en la puerta, dispuesta a emprender una carrera, no menos intensa y arriesgada que la de Oklahoma, para hacerse con las primeras gangas.
Que andemos metidos en tiempos acelerados lleva aparejado, a poco que uno se fije, un sinfín de contrastes. Aún no han pasado veinticuatro horas desde que han terminado las fiestas navideñas y no sólo tenemos rebajas hasta en la sopa, sino también toda una suerte de anuncios de fascículos para coleccionar objetos, ya no absolutamente inservibles, sino del todo inverosímiles o inauditos. Pero aquí no terminan los contrastes, ni mucho menos: resulta de lo más ilustrativo pasear por la ciudad la noche del seis de enero, sólo veinticuatro …

La hora de los valientes

La hora de los valientes


Había que ser valiente, pero no de mentirijillas, sino valiente de verdad, para negarse a llevar el uniforme, ser llamado a filas y no presentarse y además, para completar la pirueta heroica, no hacer tampoco la prestación social sustitutoria. Al principio se los consideraba unos asociales, gentuza que faltaba al respeto de los otros jóvenes que cumplían con el deber sagrado de servir a la patria. Pero, con el tiempo, su reivindicación ha sido entendida: negarse a empuñar un arma es un opción tan digna o tan legítima como sentirse orgulloso de enfundarse en un uniforme, y del mismo modo que la vocación castrense, también debe ser respetada.
Desde el pasado veinte de diciembre, el servicio militar obligatorio ya no existe. Los últimos soldados de reemplazo dijeron adiós a los cuarteles antes de Navidad, pero aún hay un puñado de irreductibles que, en el mejor de los casos, siguen regresando cada noche a dormir a la prisión o, los más desafortunados, aún se encuen…

Porteros

A mí también me ha sucedido alguna vez. Harto de hacer cola, soportando el frío glacial de una noche de invierno y, cuando te llega el turno, una manaza te sujeta el pecho sin contemplaciones. Un momento, por favor; aunque, a veces, ni siquiera dicen eso, ni un momento ni por favor, se limitan a mirarte de arriba abajo, los zapatos, el color de los calcetines o la calidad del tejido de tu cazadora: llevar calcetines blancos, un par de zapatos baratos y, además, no tener la suerte de ir acompañado de una señorita cuyo buen gusto en el vestir equilibre la balanza de tus escasas dotes para ir bien arreglado, supone, cuando menos, tener todas las papeletas para que, en el mejor de los casos, te pidan un carnet de socio que nadie sabe dónde obtener o que el portero —o los porteros, porque suelen ser varios, todos ellos enormes como armarios de dos por dos—, vuelva a mirarte de arriba abajo, con una sonrisita, como perdonándote la vida, y te señale el camino de salida.
La mayoría, supongo, s…

El maestro se jubila

Ha dicho que se va, aunque yo no me lo creo, o no me lo quiero creer, y pienso que la frase es similar a la de un torero que necesita descansar después de muchas temporadas y cornadas traicioneras para luego volver a los ruedos con las pilas cargadas.
Tal vez, pensándolo bien, la culpa la haya tenido también una cornada: el 19 de junio de 1999, mientras paseaba, StephenKing fue atropellado por la camioneta de BryanSmith que, en el momento del accidente, estaba tratando de disuadir a su rottwillerBullet de que metiese el hocico dentro de la nevera. Como si de una pirueta macabra del Destino se tratase, hasta los nombres —Smith, Bullet— y la escena parecen sacados de una de sus novelas. El resultado fue espantoso: entre otras cosas, una rodilla pulverizada, la cadera rota, ocho costillas fracturadas y la columna astillada.
Cinco semanas más tarde, en una silla de ruedas, con los huesos todavía bailándole, StephenKing se sentó de nuevo a escribir. Por eso me cuesta creer que se jubile a lo…

La esperanza

La semana pasada ocurrió algo que debería darme ánimos, algo que debería activar mi aliento y el de otros muchos aspirantes a escritor, o, cuando menos, candidatos a vivir de lo que inventamos. Siempre me ha gustado escuchar a quienes tienen más experiencia, a los que ya han transitado la mayor parte del camino que me queda por recorrer, si es que alguna vez logro llegar a buen puerto en este oficio hermoso, en este oficio tan extraño que significa esforzarse inventando mundos que parezcan reales como el nuestro, en crear personajes de carne y hueso a pesar de que sólo existan en los folios que guardo en mi cajón, en dar mi opinión sobre pequeños o grandes sucesos que acontecen.Bien mirado, leer no es para casi nadie una necesidad perentoria. Si uno se para a pensar, se da cuenta de que, antes que ser escritor, resulta mucho más práctico ser un buen fontanero, un carpintero hábil o un albañil diligente. Pero a pesar de todo, y gracias a quien corresponda por ello, hay gente que se pas…