La esperanza

La semana pasada ocurrió algo que debería darme ánimos, algo que debería activar mi aliento y el de otros muchos aspirantes a escritor, o, cuando menos, candidatos a vivir de lo que inventamos. Siempre me ha gustado escuchar a quienes tienen más experiencia, a los que ya han transitado la mayor parte del camino que me queda por recorrer, si es que alguna vez logro llegar a buen puerto en este oficio hermoso, en este oficio tan extraño que significa esforzarse inventando mundos que parezcan reales como el nuestro, en crear personajes de carne y hueso a pesar de que sólo existan en los folios que guardo en mi cajón, en dar mi opinión sobre pequeños o grandes sucesos que acontecen.Bien mirado, leer no es para casi nadie una necesidad perentoria. Si uno se para a pensar, se da cuenta de que, antes que ser escritor, resulta mucho más práctico ser un buen fontanero, un carpintero hábil o un albañil diligente. Pero a pesar de todo, y gracias a quien corresponda por ello, hay gente que se pasa horas absorta delante de un libro abierto, y también hay muchos tipos que como yo se sientan ante su mesa de trabajo y se ponen a jugar a “imaginemos”. Un amigo escritor me dijo una vez que lo difícil de escribir no era el acto de la escritura en sí mismo, sino ser capaz de soportar las toneladas de frustración intrínsecas a la creación literaria. Hace poco, otro amigo escritor, ya consagrado, reconocido por la crítica y con varias novelas en las librerías, me advertía de haber elegido una de las profesiones más amargas que existen.Pero todos los escritores que conozco siguen escribiendo. Y yo también sigo sentándome cada día a rellenar folios en blanco. Uno sigue esforzándose sin saber si su trabajo será leído, si será interesante para las editoriales, si le gustará a los críticos y a los lectores, si sus novelas podrán entrar algún día en el circuito comercial y podrá vivir de ellas. Como infectado por un veneno sin antídoto, un escritor imagina cosas, busca historias en cualquier recoveco de la existencia, y siempre, aunque diga lo contrario, piensa que sus cuentos o sus novelas pueden conmover a alguien, no importa el tiempo que pase.La semana pasada, Víctor Chamorro ganó el premio Café Gijón con una novela que había escrito hace veinticinco años, un manuscrito que había presentado sin éxito a casi todas las editoriales y había paseado por muchos concursos literarios. Veinticinco años, se dice pronto, pero se trata de casi una vida. Por eso ahora me debato entre el desánimo y la alegría: por una parte, la paciencia de Víctor Chamorro puede servirme como ejemplo, pero también me da que pensar. Aunque, por muy lúcidos que sean mis razonamientos, yo creo que también, de algún modo, al final esperaré, todo el tiempo que haga falta, porque tal vez ésta sea una profesión amarga, una actividad ingrata, pero, como una vez le escuché a Vázquez Figueroa, cuando un empresario triunfa, escribe un libro; cuando un deportista triunfa, escribe un libro; cuando un abogado o un médico triunfa, escribe un libro; sin embargo, el autor canario aseguraba que no conocía a ningún escritor que quisiera abandonar su profesión para dedicarse a otra cosa, porque ser escritor, decía, tal vez sea lo más grande que se puede ser en la vida.

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