El valor del tiempo
Ya estamos en marzo. Si no fuera un tópico recurriría a la socorrida frase de “cómo pasa el tiempo”. Aunque, ahora que la he pronunciado, es justo que reconozca que he caído en la trampa del tópico manido y la he dicho porque no se me ha ocurrido otra mejor. Cómo pasa el tiempo. Es que es verdad. Cómo pasa el tiempo. Hace apenas un pestañeo estaba hablando delante de este micrófono de la Nochebuena, de la fiesta de Nochevieja, de la locura de las rebajas, y ya han pasado dos meses. En mi estantería todavía quedan restos de los adornos navideños con los que mi sobrina de seis años le dio un toque festivo al estudio y, aunque no quiera darme cuenta, aunque me pese reconocerlo, quedan menos de tres semanas para la primavera, hay días que luce el sol y hay días en los que el viento azota sin piedad los cristales de las ventanas, signos inequívocos del cambio de estación que se avecina. El tiempo. El tesoro más preciado. Podemos perder dinero y volver a ganarlo, podemos perder nuestra casa...