El valor del tiempo

Ya estamos en marzo. Si no fuera un tópico recurriría a la socorrida frase de “cómo pasa el tiempo”. Aunque, ahora que la he pronunciado, es justo que reconozca que he caído en la trampa del tópico manido y la he dicho porque no se me ha ocurrido otra mejor. Cómo pasa el tiempo. Es que es verdad. Cómo pasa el tiempo. Hace apenas un pestañeo estaba hablando delante de este micrófono de la Nochebuena, de la fiesta de Nochevieja, de la locura de las rebajas, y ya han pasado dos meses. En mi estantería todavía quedan restos de los adornos navideños con los que mi sobrina de seis años le dio un toque festivo al estudio y, aunque no quiera darme cuenta, aunque me pese reconocerlo, quedan menos de tres semanas para la primavera, hay días que luce el sol y hay días en los que el viento azota sin piedad los cristales de las ventanas, signos inequívocos del cambio de estación que se avecina.
El tiempo. El tesoro más preciado. Podemos perder dinero y volver a ganarlo, podemos perder nuestra casa en un incendio y comprar otra, podemos ver nuestro coche oxidado y darle una mano de pintura o acercarnos por el concesionario con un talonario para adquirir uno nuevo, podemos incluso volver a encontrar el amor si nuestra novia de toda la vida nos abandona, pero nunca, por mucho que nos empeñemos, podremos recuperar el minuto que hemos desperdiciado en vano, el instante que no hemos aprovechado. Y nadie podrá devolvérnoslo. Desgraciadamente, la vida está llena de tiempos muertos, de ratos de tedio que uno no puede llenar de felicidad tantas veces como querría, de horas interminables que se han de pasar aguantando a ciertos pelmazos que serían incapaces de meter su mano en nuestra cartera pero que no se dan cuenta de que a menudo nos roban algo mucho más preciado, algo mucho más importante que el dinero: nos están robando nuestro tiempo.
Recuerdo una película que vi hace muchos años en la que un hombre recibía como regalo un reloj muy especial: al pulsar sus botones de una manera determinada, podía detener el tiempo. En otra película más reciente, Bill Murray se quedaba atrapado en el tiempo: se levantaba cada mañana el mismo día, y todos los actos cotidianos de la jornada anterior se repetían milimetricamente, tediosamente, hasta que se dio cuenta de que la única forma de poder despertar en un día diferente —y, además, al lado de Andie MacDowell— era siendo otra persona.
Pero, aunque la realidad es mucho más prosaica y el tiempo no puede detenerse ni podemos revivir el mismo día hasta que nos demos cuenta de las cosas que debemos cambiar, el Servicio de Asistencia de la Comunidad Hispalense puso en marcha hace pocos meses un proyecto en el que el tiempo se convierte en una moneda de cambio, en un valor de trueque. Uno puede acudir a este banco de tiempo y ofrecer horas de una actividad determinada —como ir a la compra, cuidar niños, por ejemplo— que le serán canjeadas por otras horas —en forma de bonos— disponibles en el banco. No sé hasta qué punto la idea tendrá éxito, pero parece que, como poco, se están creando lazos afectivos o solidarios entre los usuarios del Banco del Tiempo. Bastante meritorio es que nos vayamos percatando de que una de las cosas que más valor tiene en la vida es eso tan intangible, eso tan inalcanzable, eso tan incomprensible, eso tan inabarcable que llamamos tiempo.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2003

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