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Mostrando entradas de junio, 2002

La silla de ruedas

Es un día de junio, un día entre semana. Un día de esos que, si hay sol, cualquier playa, por muy atestada que pueda estar en julio o en agosto, se antoja un paraíso que cuenta con resignación las jornadas que faltan para ser invadido por legiones de toallas, de carnes ansiosas de rayos ultravioleta y litros de bronceador que se diluirán en el mar para confundirse con la espuma del rompeolas.Pero hoy apenas hay nadie en la arena: no más de una docena de privilegiados y, junto a la orilla, dejándose acariciar por la rompiente, una silla de ruedas vacía.Nadie, por muy fuertes que sean sus brazos, puede arrastrar sin ayuda una silla de ruedas desde el paseo marítimo hasta la orilla: la arena es demasiado blanda y enseguida el centenar de metros que separa el mar de la civilización se convierte en un abismo insalvable. Acabo de sentarme en la toalla y ya estoy buscando al dueño de la silla. A mi lado, un matrimonio de sexagenarios mira el mar protegido bajo una sombrilla, con el aburrimie…