Entradas

Mostrando entradas de julio, 2002

Sin papeles

Pensaba, sin duda equivocadamente, que la Europa sin fronteras y la tan cacareada globalización facilitaría la vida de los habitantes del Viejo Continente. Ahora que uno puede viajar desde Berlín hasta Tarifa sin detenerse a sellar el pasaporte, enterarse de que alguien no puede salir de España por un problema de documentos se antoja una broma de pésimo gusto. Resulta que el hijo de unos inmigrantes subsaharianos que fue acogido de pequeño por una española no puede viajar a Inglaterra para encontrarse con su madre porque sus padres falsificaron su partida de nacimiento y el chaval, a pesar de tener catorce años, según la fría prosa de la burocracia no existe.
Como en la historia de Larra, la mujer española que lo acoge se ha paseado por las oficinas de la Administración sin que nadie pueda darle más solución que el manido “vuelva usted mañana”. Recuerdo que no hace mucho otro inmigrante, a pesar de tener nacionalidad española, no podía regresar de su país de origen después de unas vac…

Amor eterno

Ahora que un tercio de las parejas que se casan terminan separándose y que los divorcios están en boga —tal vez porque los famosos, como en tantas cosas, llevan la iniciativa—. Ahora que hasta la inseparable pareja de la Guardia Civil se ha disuelto, resulta enternecedora, aunque no deje de ser un poco macabra, la historia de amor de Raymond Martinot.
Cuando un tumor cerebral se llevó por delante a su compañera Monique, hace dieciocho años, este médico francés se las arregló para obtener una exención que le permitiese guardar el cuerpo de su amada en un congelador después de haberle inyectado algo para que el cadáver no se descompusiera. Como si de una película de ciencia ficción se tratase, el cuerpo incorrupto ha permanecido oculto a sesenta grados bajo cero, con un libro de instrucciones al lado para poder seguir los pasos necesarios en caso de avería o incluso un terremoto.
Pero el mayor inconveniente no ha venido derivado de una catástrofe natural o una simple complicación en el me…

Un hombre impaciente

Hace pocos días me he dado cuenta de que soy un hombre impaciente. Antes de ese momento de clarividencia, pensaba que no, que entre mis pocas virtudes se encontraba una paciencia ejemplar, una paciencia casi geológica, y si alguien me acusaba injustamente de verme ansioso por la llegada de un acontecimiento, le retaba a encontrarme el pulso. La taquicardia inexistente se deberá, pienso, a cierta deformación profesional, porque si uno trata de malvivir de lo que escribe, a lo primero que ha de acostumbrarse es a esperar. Ya lo dice Antonio Muñoz Molina: “La clave de la Literatura es la lentitud. La Literatura es lenta de crearse, lenta de llegar al lector, lenta de ser comprendida plenamente”.Pero a lo que iba: llevo dos meses esperando el acuse de recibo de una carta importante que envié y, a pesar de que, como ya he dicho antes, me considero un tipo paciente, ya empezaba a preocuparme. Estaba a punto de llamar a un teléfono de reclamaciones que me facilitaron amablemente en la oficin…

Shackleton

Al enterarme de que un barco alemán con científicos rusos a bordo se ha quedado atrapado en el hielo antártico, me he acordado de la expedición de Ernest Shackelton y los otros veintidós aventureros del Endurance. Igual que ahora el Magdalena Oldendorff, el Endurance también encalló en los traicioneros hielos polares, hace casi noventa años. Shackelton, veterano explorador que había participado en uno de los intentos frustrados de Robert Falcon Scott de alcanzar el punto más septentrional del planeta, se había propuesto convertirse en el primer ser humano en atravesar el Continente Antártico que, según sus palabras, se trataba del último gran viaje polar que podía emprenderse, y él estaba dispuesto a asumir el riesgo para la corona británica, que había sido derrotada en la conquista del Polo Norte y del Polo Sur por los norteamericanos y los noruegos respectivamente.Pero su barco quedó atrapado en el hielo polar antes de tener siquiera la oportunidad de desembarcar en tierra firme y c…

La memoria

Hace algunos años pasé una temporada estudiando en Alemania, y le conté a un profesor mi intención de visitar el campo de concentración de Büchenwald. Aquel comentario dio paso a una charla muy interesante sobre los difíciles años cuarenta en Alemania. Mi profesor, que había nacido después de la II Guerra Mundial, me indicó la forma de llegar hasta el antiguo campo de extermi-nio, y nos contó que cuando él o la gente de su edad preguntaba a la generación anterior sobre aque-llos tiempos en que los judíos desaparecían por oleadas para ser recluidos y asesinados en los cam-pos, la respuesta que obtenían de sus mayores era idéntica: Ich habe das nicht gebusst, o sea, que nadie lo sabía o, lo más probable, es que nadie quería saber nada y miraba para otro lado con la condición de que la tragedia afectase mínimamente a sus vidas.Pero la memoria se resiste a ser enterrada, y vuelve una y otra vez para golpearnos en la cara. A veces parece como si quien maneja los hilos del Destino agitase l…

El traje nuevo del emperador

Algunas historias se convierten en clásicos. Al leer una novela escrita hace cien o trescientos años nos damos cuenta de que su frescura o su mensaje permanecen intactos a pesar de haber transcurrido siglos desde que fueron escritas y por eso se diferencian de aquellas cuya lectura no soporta el paso inexorable del tiempo. Sobre todo sucede en los cuentos infantiles. Por muchos años que pasen, cada vez que revisito las páginas de Hänsel y Gretel no puedo evitar pensar en las terribles condiciones de vida de la Edad Media, tan duras que a unos padres no les queda otro remedio que abandonar a sus hijos en el bosque porque no tienen con qué alimentarlos. Cuando me entero de una noticia sobre alguien que abusa de una niña me acuerdo de Caperucita Roja, a quien, por cierto, se la comió el lobo disfrazado de abuelita después de animarla a desnudarse para meterse en la cama con él... y no vino ningún leñador a rescatarla. Ya lo dice Ana María Matute: Disney ha hecho unas películas muy hermos…

El cine o la vida

A veces me paro a pensar lo que, para lo bueno y para lo malo, ha influido el cine en nuestras vidas. Hace no mucho le oí decir a un crítico que, debido al cine, la gente ya no se besaba igual ahora que, por ejemplo, hace cien años. Y le doy la razón. La forma en que ahora nos besamos, en que nos decimos las cosas, la forma en que nos amamos, tal vez no sea exactamente la misma que antes de que las imágenes de celuloide se instalaran como un veneno maravilloso en nuestra existencia.Nos vestimos, nos peinamos, incluso nos miramos como se miran las estrellas en la pantalla. No creo que haya nadie que, al visitar Nueva York por primera vez, no se sienta parte de un decorado que ha visto miles de veces en el cine: los taxis amarillos, Robert de Niro con la cabeza rapada a lo mohicano, Woody Allen camino del psicoanalista o Tarzán luciendo su figura olímpica desde lo alto del puente de Brooklyn. Pero no hay que viajar tan lejos: basta recorrer el desierto en Almería y entornar un poco los …