Shackleton

Al enterarme de que un barco alemán con científicos rusos a bordo se ha quedado atrapado en el hielo antártico, me he acordado de la expedición de Ernest Shackelton y los otros veintidós aventureros del Endurance. Igual que ahora el Magdalena Oldendorff, el Endurance también encalló en los traicioneros hielos polares, hace casi noventa años. Shackelton, veterano explorador que había participado en uno de los intentos frustrados de Robert Falcon Scott de alcanzar el punto más septentrional del planeta, se había propuesto convertirse en el primer ser humano en atravesar el Continente Antártico que, según sus palabras, se trataba del último gran viaje polar que podía emprenderse, y él estaba dispuesto a asumir el riesgo para la corona británica, que había sido derrotada en la conquista del Polo Norte y del Polo Sur por los norteamericanos y los noruegos respectivamente.Pero su barco quedó atrapado en el hielo polar antes de tener siquiera la oportunidad de desembarcar en tierra firme y comenzar la travesía. Sin embargo, el 18 de enero de 1915, estos aventureros emprendían, sin saberlo, una de las mayores gestas de la historia de las exploraciones. El barco se hundiría algún tiempo después, y el grueso de los hombres de Shackelton no sería rescatado hasta dieciocho meses más tarde, luego de que el inglés testarudo y otros cinco marineros recorriesen más de mil kilómetros de aguas encrespadas y vendavales helados, a bordo de un pequeño bote salvavidas hasta la base ballenera de la isla de San Pedro. Atrás quedaban año y medio de penalidades, de desesperante soledad e incomunicación, de noches eternas soportando el viento gélido batir contra la lona de las tiendas de campaña, dieciocho meses de ropas congeladas que tardaban semanas en secarse sobre la piel plagada de llagas de los marinerosLas cosas, por fortuna, han cambiado mucho y, aunque no dudo de la situación critica de los hombres del Magdalena Oldendorff, su problema, comparado con lo que vivieron Shackelton y los suyos, se me antoja poco más que una excursión dominical. Ahora basta una llamada, rellenar un cheque y firmar bajo la línea de puntos para poner en marcha un operativo de rescate. Como le dice Patrick McGoohan a Rock Hudson en Estación Polar Cebra, ahora la Antártida está tan concurrida como Picadilly. Pero en 1915 no se había inventado el GPS, ni los teléfonos móviles, y tampoco se podía recurrir a rompehielos argentinos que pidieran un ojo de la cara por abrirse paso hasta el buque atrapado. No había helicópteros en los que recoger a los científicos rusos y aprovechar el viaje de ida para transportar toneladas de víveres a la nave varada, y si un barco quedaba atrapado sólo quedaba rezar, quien fuera creyente, y confiar en que el valor y la determinación de tus compañeros fuese mayor que su desesperación. Así que, ahora, cuando imagino la alegría de estos científicos al escuchar las hélices de los helicópteros que han venido a rescatarlos, no puedo evitar mirar con admiración las fotos del libro que tengo de la expedición de Shackelton, esos hombres duros, valientes como leones, que acabaron cazando focas y pingüinos y comiéndose a sus perros para sobrevivir, esos hombres que soportaron año y medio los rigores de la Antártida con la única protección de sus ropas remendadas, con una fe ciega en su jefe, sir Ernest Shackelton. No les faltó razón al confiar en él. Al final de la aventura, el explorador escribió una nota escueta a su esposa: “no se ha perdido ni una vida, y hemos pasado por el Infierno”

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