Sin papeles

Pensaba, sin duda equivocadamente, que la Europa sin fronteras y la tan cacareada globalización facilitaría la vida de los habitantes del Viejo Continente. Ahora que uno puede viajar desde Berlín hasta Tarifa sin detenerse a sellar el pasaporte, enterarse de que alguien no puede salir de España por un problema de documentos se antoja una broma de pésimo gusto. Resulta que el hijo de unos inmigrantes subsaharianos que fue acogido de pequeño por una española no puede viajar a Inglaterra para encontrarse con su madre porque sus padres falsificaron su partida de nacimiento y el chaval, a pesar de tener catorce años, según la fría prosa de la burocracia no existe.
Como en la historia de Larra, la mujer española que lo acoge se ha paseado por las oficinas de la Administración sin que nadie pueda darle más solución que el manido “vuelva usted mañana”. Recuerdo que no hace mucho otro inmigrante, a pesar de tener nacionalidad española, no podía regresar de su país de origen después de unas vacaciones porque había perdido el DNI. Parece ser que si alguien no tiene papeles, si su nombre no figura inscrito en ningún sitio, es poco menos que un ente virtual y, aunque vaya al colegio todos los días y juegue al fútbol, su vida, sus recuerdos y sus sentimientos son tan falsos como los alienígenas de Rockwell y no le dejan atravesar unas fronteras que poco a poco el tiempo se encargará de difuminar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

El payaso Trump