Los pilares de la tierra

Este verano se les ha preguntado a los oyentes de Onda Cero cuál es su libro favorito. Con las lecturas favoritas de cada uno, pasa lo mismo que con las opiniones, lo mismo que con las narices o con las manías: cada uno tiene la suya. Uno puede hablar de su ciudad favorita, de su tabaco preferido o de la marca de güisqui que le alegra el gaznate sin ningún rubor, pero a la hora de hablar de sus libros favoritos, sobre todo si uno es escritor o se encuentra en el camino de serlo, contiene la respiración y se lo piensa unos segundos antes de responder.Es poco habitual encontrar entre los diez libros favoritos de un escritor una novela popular, y cuando digo popular quiero decir una novela que haya arrastrado a millones de lectores. Demasiadas veces ver el canon de las novelas preferidas de un escritor supone descifrar un extraño jeroglífico que nos resulta ajeno y nos convierte, a pesar de que hayamos trasegado páginas de muchos libros, en unos ignorantes supremos. Yo no sé si todos los escritores piensan de verdad que esos libros inencontrables —y a veces intragables— que nombran son sus favoritos, pero me da el barrunto de que alguno de ellos miente, o que, por lo menos, no dice toda la verdad.Por eso me resultan mucho más interesantes las opiniones de la gente, esas opiniones que algunos intelectuales menosprecian como si fueran ideas de segunda división. El público, los lectores, son los que tienen al final la última palabra. El lector es soberano y a larga es quien decide, el lector es quien pone las cosas en su sitio. Y este verano, el libro que ha ganado por goleada ha sido Los pilares de la Tierra, de Ken Follet. Yo leí este novelón ambientado en la Edad Media hace doce años, nada más editarse en España. No es la mejor novela que he leído en mi vida, y tal vez no sea la mejor de las que tiene Ken Follet, que, también tiene algún que otro bodrio en el mercado, pero también lo tiene la mayoría de los escritores que admiro. Aquí, el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Por mucho que disguste a algunos, Los pilares de la Tierra tiene la virtud de arrastrar al lector durante 1.200 páginas. Casi todas las personas que me han dicho que la han leído, han sido unánimes, y yo estoy de acuerdo con ellos: no la podían dejar. Sin embargo, también he visto a demasiados intelectuales —y digo intelectuales entre comillas— mirarme por encima del hombro cuando les he dicho que me gusta Ken Follet, o Stephen King, o Pérez-Reverte. En mi humilde opinión, cualquiera de estos tres novelistas derrocha más talento que los aspirantes a escritor que los critican.Porque ya está bien de avergonzarse de la pasión por la literatura entretenida. Yo aprendí a leer con La flecha negra, Los tres mosqueteros, La isla del tesoro o El libro de la selva. Por supuesto, en este saco, en la novela de aventuras, caben los libros buenos y los libros no tan buenos, pero también pasa lo mismo con la literatura de gourmets. Lo importante, en definitiva, es que la gente lea, y me parece mejor que un lector sincero diga que Los pilares de la Tierra le ha gustado tanto que le ha robado horas de sueño, a que se pasee con el Ulyses de James Joyce bajo el brazo para presumir aunque le aburra soberanamente. Pensar que un lector es menos inteligente o menos cualificado porque se lo pasa bien con una novela de aventuras es más que una estupidez, es una falta de respeto

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