Norfolk


Quería comprarse un ordenador. No sabía nada de informática, pero quería comprarse un ordenador. El deseo era tan fuerte que más de una vez se había sorprendido delante del escaparate de unos grandes almacenes, como si le hubiesen clavado los pies los pies al suelo, extasiado ante el reflejo azulado de las pantallas extraplanas en el cristal como un brochazo luminoso, los teclados ergonómicos y esos pequeños artilugios fusiformes a los que llaman ratones.Se trataba de la misma sensación que padeció de niño, cuando deseaba la televisión en color más que ninguna otra cosa en el mundo, y luego, siendo ya un adolescente, el vídeo. Pocos años antes, ya adulto, había vuelto a sentir el gusanillo de la tecnología al ver a tanta gente hablando en la calle por un teléfono móvil. Se compró uno, uno de ésos tan grandes como un ladrillo que ahora le daba vergüenza sacar delante de sus compañeros, y ya hacía mucho que tenía claro que pronto lo cambiaría por otro más pequeño, más moderno, repleto de funciones que nunca llegaría a entender, y, por supuesto, mucho más caro.Ahora, viendo las computadoras al otro lado del escaparate, se preguntaba cuánto tiempo tardaría en resistirse al impulso de entrar, con su magra nómina, y entramparse para adquirir un ordenador, un ordenador potente, el de mayor capacidad, el más veloz, capaz de conectarlo con todo el mundo a través de Internet. Sus amigos le hablaban de Internet y él los escuchaba con una mezcla de fascinación y miedo, como si poder navegar con sólo mover un dedo fuera el resultado de un conjuro nigromántico. En Internet se podía ver todo lo imaginable, desde una remota playa hasta el País de Nunca Jamás. Incluso se había enterado de una pareja que acababa de abrir una página web en la que todo visitante podría participar en un sorteo para ver su noche de bodas en directo. Pensó que era una broma, igual que cuando leyó la noticia de aquella mujer británica que se subastaba en la Red para buscar marido. Seguro que lo de la noche de bodas no iba en serio, o, en cualquier caso, dado que las noches de boda ya no son como antes, los testigos del acontecimiento muy bien podrían pasarse todo el rato viendo dormir plácidamente a la pareja de recién casados.
Indeciso, cruzó el umbral de los grandes almacenes. Guardaba en el bolsillo la paga extra, dinero fresco en el bolsillo dispuesto a ser gastado. A la derecha, la sección de Informática; a la izquierda, la Agencia de Viajes. Al ver el colorido de los folletos de los tour operadores le vino a la memoria algo que leyó el otro día: en Norfolk, una isla de Oceanía, los habitantes habían decidido por votación no admitir teléfonos móviles en su territorio. Se quedó quieto, como si una fuerza invisible le impidiera traspasar una línea imaginaria que separase las computadoras de la agencia de viajes. Tenía un mes de vacaciones por delante y ahora, quién se lo iba a decir, dudaba entre gastarse la paga en un ordenador potente para navegar por Internet o en un billete de avión a Oceanía en pos de una utopía, una isla donde la gente no va como loca por la calle manteniendo una conversación absurda por un móvil, donde no hay restaurantes de comida rápida, donde todavía puede uno entornar los ojos y desconectar del mundo sin temor a que lo despierte el timbre molesto de uno de esos aparatos que por desgracia se han vuelto imprescindibles.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet