Esos viejos modernos
Pocas cosas hay en esta vida que me inspiren más ternura que la imagen de un anciano. Un anciano sentado en el banco de un parque, sujetando el bastón, la mirada perdida en algún punto indefinido del suelo, viendo comer a las palomas, viendo cómo la gente corre por los senderos que discurren entre los árboles. Miran los viejos sin saber muy bien qué miran. Miran los viejos perdidos en sus pensamientos, quizá. Miran los viejos y a la mayoría de la gente no le importa lo que piensan mientras se les pasan las horas. No le importa lo que piensan al despertar por la mañana, casi siempre muy temprano, y observan levantarse el sol en el horizonte, quizá como un castigo.Cuando uno es joven —y también cuando no es tan joven pero todavía no es lo bastante mayor como para pensar que algún día se le caerán los dientes y habrá de caminar con bastón— no imagina que lo peor de llegar a viejo no son los muchos años, ni los dolores, ni la falta de recuerdos o los remordimientos por no haber aprovechado...