Crónicas marcianas

Pues nada, que ser famoso es rentable. Sólo hay que salir en la tele, soltar cuatro exabruptos —o seis, cuantos más mejor— y al final poner la mano para llevárselo calentito. Trabajar, como el chiste, que trabajen los romanos, o, si no, que trabajen los que no tienen la suerte de haber sido marido, novio o amante —da lo mismo, lo importante es que haya habido una cama en la historia— de algún famoso, o del hijo o la hija de algún famoso, o amante del amante del hijo de algún famoso, o del hermano, o del primo segundo. Lo importante es lanzar el bulo, y luego ir a la televisión y poner cara interesante, y decir, a ti te lo voy a contar yo, Mariñas, o Karmele, o como te llames. El siguiente capítulo, cariño, la semana que viene, con portada en una revista del corazón y previo tintineo en la caja registradora.Estos famosos, y los periodistas que los siguen y los encumbran se reproducen a la misma velocidad que los granos traviesos. Da la impresión de que incluso se asocian, y alguien debería establecer una fórmula matemática que mostrara la frecuencia con que cambian de pareja al mismo tiempo que aumentan los ceros de su cuenta bancaria. Parece como si se prestaran las novias para salir en las fotos al tiempo que se quedan con el personal.Hace mucho tiempo, antes de que se inventara Tómbola, le escuché decir a Umberto Eco que, teniendo en cuenta la gente que lo hacía, ya no tenía ningún mérito salir en televisión, sino que alguien era mucho más importante, mucho más digno e interesante, si no lo hacía. Sabía, desde luego, que el autor de El nombre de la rosa tenía razón, pero hasta hace pocos años no había pensado que podía referirse a España. No sé en otros sitios, pero nuestro país se ha convertido en el lugar donde más fácil se lo puede uno montar por el morro sin dar un palo al agua. En la película espléndida Los lunes al sol, unos parados de larga duración miran con una mezcla de asombro, de envidia, y de rabia contenida a Ernesto Neyra, abanderado del famoseo patrio, en un programa de televisión. Una imagen, que, por una vez, vale más que mil palabras.Porque, como decía al principio, ser famoso es rentable, muy rentable. Acabo de leer un reportaje donde me he enterado de que Antonio David Flores —pionero en esto de ser famoso gracias a ligarse a la hija de una famosa y generador de aspirantes a famosas que se arriman a él— se mete en el bolsillo 3.000 euros —medio kilo de los de antes— por cada intervención en el programa de Sardá. Y no es de los que más cobran, ya que leo —y lo tengo que leer dos veces, porque no doy crédito a mis ojos— que el eximio Matamoros o el elegante Lecquio se llevan algo más. Por lo visto, el que más grita, más calentito se lo lleva.
Pero en el mismo periódico he visto algo que me ha llamado la atención y me ha sorprendido mucho más que lo que gana Antonio David: en la lista de los libros de bolsillo más vendidos aparece por primera vez, tímidamente, Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. No sé si el aumento de ventas de esta novela de ciencia ficción publicada por primera vez en los años cincuenta tiene algo que ver con la emisión del programa de Sardá. Probablemente, sí. En fin, no hay mal que por bien no venga.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet