Cuentos en el autobús

No tengo demasiadas manías. No me importa llevar un chaleco amarillo, ver un gato negro o pasar por debajo de una escalera, y estoy seguro de que algo tan malo te puede suceder un martes y trece —o un viernes y trece— como, por ejemplo, hoy, miércoles treinta de octubre. Pero hay una cosa que hago habitualmente que tal vez pueda considerarse, si bien no exactamente una manía, sí una costumbre antigua contra la que no puedo, contra la que no estoy dispuesto a luchar.Cuando sé que voy a tener que pasar un rato esperando, cuando voy al dentista, cuando quedo con algún amigo en cuyo vocabulario no existe la palabra puntualidad, incluso cuando voy a emprender un viaje en coche y sé que seguramente no me hará falta pero también pienso que a lo mejor puedo tener una avería y quedarme varado en la carretera sin nada mejor que hacer, me echo un libro en la mochila, un libro que esté leyendo en ese momento, o un libro al que hace tiempo que deseaba hincarle el diente. Muchas veces ni siquiera tengo tiempo de abrirlo: el dentista me atiende a la hora prevista, mi amigo impuntual ha tenido un ataque de formalidad y ha llegado temprano —incluso me dice, acusador, que lleva cinco minutos esperándome—, o el coche me lleva a mi destino sin el menor problema. Pero, a pesar de todo, el libro me hace compañía, y me tranquiliza el hecho de saber que puedo abrirlo cuando quiera y ponerme a leer.El responsable de una pequeña editorial de Granada se ha dado cuenta de los tediosos tiempos muertos que hemos de soportar cada día y ha puesto en marcha una de las iniciativas más originales y más eficaces que he visto para fomentar la afición a la lectura. Alguien debería haberse dado cuenta antes de que quizá no sean necesarias tantas subvenciones con destino incierto, tantos folletos y tantas ayudas a publicaciones que, en el mejor de los casos, sólo unos pocos querrán leer. Miguel Ángel Arcas, responsable de la editorial granadina Cuadernos del Vigía, se percató de las caras aburridas de quienes viajan en autobús y se puso en contacto con la empresa de transporte urbano para exponer su proyecto: ¿por qué no poner en marcha una colección de cuentos para leer en el autobús? ¿Por qué no llenar el tiempo muerto de los trayectos urbanos con Literatura?La iniciativa, por suerte, ha prosperado, y cada dos meses aparece un nuevo título de la colección Relatos para leer en el autobús con 10.000 ejemplares de tirada. Los viajeros pueden coger los libros, gratuitos, al subir al transporte urbano. Por lo visto, la iniciativa ha tenido un éxito rotundo, y la gente pregunta al conductor por los relatos nada más picar el billete, incluso se los llevan a su casa. Además, la colección incluye tanto a autores consagrados como a gente menos conocida. Pero lo importante no es tanto el nombre de quienes escriben como el éxito de la idea, y, lo mejor de todo, es pensar en los rostros de los viajeros sumergidos en un mundo imaginario, en un mundo fascinante, alejados por un rato de los rigores de la existencia.

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