El sexo de los adolescentes

Tienen las relaciones sexuales algo de oscurantismo cuando se ven o se juzgan desde otras edades. Para muchos adultos, resulta impensable aceptar que hay bastantes adolescentes, casi siempre más cerca de la niñez que de la edad adulta, que practican sexo. Curiosamente, abundan también los jóvenes que piensan en el sexo de los adultos, en el sexo de los padres, como algo inexistente. Por parte de los adultos se tiende a pensar que los chavales siguen siendo niños, y por parte de los adolescentes se considera que los mayores ya no están para según qué cosas.Tal vez la peor actitud respecto al sexo sea no reconocer, o no querer reconocer, su existencia. Algunas niñas, con una edad todavía en que los padres piensan —y con razón— que deberían estar jugando con muñecas, albergan ya en su interior una criatura, su vientre se les hincha como por arte de magia, borrándoles de un plumazo la adolescencia, la niñez todavía. Leo en un periódico el titular de una noticia: una joven inglesa que se quedó embarazada 10 veces antes de cumplir los 16 años, y se me habría dibujado una sonrisa en el rostro de no ser porque hoy no es el día de los inocentes. Así que me detengo y me dispongo a leer el texto completo. La joven se quedó embarazada por primera vez a los 12 años, hasta un total de 10 gestaciones antes de cumplir la temprana edad de dieciséis. De los 10 embarazos, 2 resultaron en alumbramiento de sendos bebés, tres acabaron en aborto provocado y los otros cinco terminaron en aborto natural.Parece ser que Gran Bretaña es el país occidental con mayor número de embarazos no deseados. Los números cantan: de un estudio realizado sobre 144 adolescentes menores de 16 años en el Reino Unido, se refleja que las tres cuartas partes no utiliza ningún método anticonceptivo. Puede pensarse que no es necesario dada la temprana, la inocente edad de las crías, pero aterra enterarse de que la mayoría de ellas ha estado embarazada al menos alguna vez. Hay que matizar, desde luego, que el estudio se ha realizado en una zona marginal del sudeste de Londres, pero no por ello deberíamos soslayarlo.No sé cómo andarán los porcentajes de embarazos no deseados en España, pero aún me acuerdo de la polémica levantada hace años cuando la campaña del “póntelo, pónselo”, o de hace poco, las protestas contra la iniciativa de instalar en los institutos máquinas expendedoras de preservativos. Por lo visto, hay gente que piensa que la existencia de un aparato en el que puedan comprarse condones es una tentación tan irresistible como la de una máquina de refrescos en una tarde de verano.Sé que no es la solución definitiva, pero seguro que ayudaría un poco el reconocimiento por parte de todos de que las relaciones sexuales entre los adolescentes existen. Queramos o no, es un hecho incuestionable. Si alguien quiere practicar la abstinencia monacal voluntariamente, tiene todos mis respetos, y dudo mucho que alguien pueda obligar a tener relaciones sexuales a quien no quiere o cuyas convicciones se lo impiden. Sin embargo, existe un tipo de persona, muy, muy correcta, a la que tal vez le gustaría enarbolar una espada flamígera, un tipo de persona que arruga la nariz cuando se le menciona la palabra anticonceptivo. Es, supongo, la clase de persona que puede sentir algún ramalazo de rabia al encontrarse una máquina de preservativos en el instituto. A mí, qué quieren que les diga, saber que estas máquinas existen ahora, y no cuando yo estudiaba, lo único que me provoca es una sana envidia.

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