El soso


Tenía entendido que uno de los principios fundamentales del Derecho era la Presunción de Inocencia. Es decir, alguien es inocente mientras no se demuestre lo contrario. En base a esto es lícito, supongo, que quien ejerza —o se adjudique— el cargo de fiscal ponga todos los medios posibles para demostrar la culpabilidad del acusado, pero resulta aterrador saber que quien tiene la potestad de castigar asegure que piensa hacerlo de todos modos, sobre todo si está convencido de la culpabilidad de aquel a quien quiere infligir un castigo.Después de haber viajado allí varias veces, Estados Unidos es un país al que le tengo cierto aprecio. Es un lugar inmenso, una tierra llena de contradicciones, casi siempre fascinante, y me molesta la visión parcial que de Norteamérica se tiene muchas veces desde Europa, desde España. Para mí, el antiamericanismo feroz esgrimido por mucha gente —muchos de ellos dotados de un talento enorme— es tan absurdo, tan pueril, como las adhesiones estúpidas al American way of life, a los vaqueros, a las hamburguesas, a la Coca cola y a las gorras puestas con la visera en la nuca.Demasiadas veces he escuchado a algunos decir que lo del 11 de septiembre fue una lástima, pero que los yankees se lo tenían merecido, que tan culpable es el gobierno de un país como los ciudadanos que lo apoyan. Pero las cosas nunca son tan sencillas, nunca son blancas o negras, sino que siempre orillan en un color difuso, en un color difícil de catalogar. Yo creo que ahora, el mayor problema, acaso el mayor enemigo de los norteamericanos, junto con Ben Laden, es su propio presidente, un George Bush que busca desesperadamente una excusa para atacar a Irak, quizá inventándosela. Se me antoja el presidente un general ansioso por cubrirse de gloria antes de retirarse, por pasar a la historia como el vencedor del mal. El enemigo, ahora, es invisible, el enemigo es casi intangible, y dejar Irak hecho un erial —por muy indeseable y por muy tirano que sea Sadam Hussein, que no lo dudo—, igual que bombardear Afganistán para acabar con el terrorismo, es como tratar de matar moscas a cañonazos. Se argumenta que el régimen iraquí posee armas de destrucción masiva, pero, ya digo, que disponga de ellas o no, es irrelevante, puesto que no se trata más que de una excusa para desplegar las fuerzas armadas más poderosas del Planeta.Con todo, a varias organizaciones se les había ocurrido presentar la candidatura de George Bush al premio Nóbel de la Paz. Si se lo hubieran concedido, no hubiera sido más escandaloso que cuando se lo dieron a Kissinger, que se comía los mocos con Pinochet. Pero lo de los premios Nóbel es otra historia, y de eso hablaremos algún día. Ahora hay que cruzar los dedos, o rezar —cada uno lo que mejor le parezca— para que alguien arroje un poco de lucidez, para que los aviones de Estados Unidos no empiecen a soltar bombas sobre Bagdad y dé más razones a los países árabes para que los odien, para que nos odien también a nosotros. De momento, el que estuvo a punto de ser presidente, Al Gore, ha alzado la voz en contra de esta espiral de locura. Ya no me acordaba de él. Había leído que se iba a dedicar a dar clases en una prestigiosa universidad norteamericana, pero por lo visto vuelve dispuesto a dar guerra. Hace dos años, durante la campaña electoral, los analistas políticos le achacaban un carácter frío, una personalidad poco carismática. Desde la perspectiva europea se suele decir que para quienes no somos norteamericanos, para los reflejos con que la política estadounidense mal alumbra el mundo, es irrelevante el nombre del inquilino de la Casa Blanca. Seguramente, estas afirmaciones son ciertas, pero visto el panorama y los nubarrones de guerra que se avecinan, yo, igual que Woody Allen, también hubiera preferido al soso.

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