Esos viejos modernos

Pocas cosas hay en esta vida que me inspiren más ternura que la imagen de un anciano. Un anciano sentado en el banco de un parque, sujetando el bastón, la mirada perdida en algún punto indefinido del suelo, viendo comer a las palomas, viendo cómo la gente corre por los senderos que discurren entre los árboles. Miran los viejos sin saber muy bien qué miran. Miran los viejos perdidos en sus pensamientos, quizá. Miran los viejos y a la mayoría de la gente no le importa lo que piensan mientras se les pasan las horas. No le importa lo que piensan al despertar por la mañana, casi siempre muy temprano, y observan levantarse el sol en el horizonte, quizá como un castigo.Cuando uno es joven —y también cuando no es tan joven pero todavía no es lo bastante mayor como para pensar que algún día se le caerán los dientes y habrá de caminar con bastón— no imagina que lo peor de llegar a viejo no son los muchos años, ni los dolores, ni la falta de recuerdos o los remordimientos por no haber aprovechado la vida. Lo peor, supongo, debe de ser el aburrimiento. El paso de las horas. El transcurrir de los días, uno tras otro. Días homogéneos, días uniformes, días calcados cada uno del anterior como una jugarreta.Algunos psicólogos les recomiendan salir. Les recomiendan a los ancianos relacionarse para combatir la soledad. Les recomiendan el autobús del Inserso como terapia para aliviar las penurias de sus últimas primaveras. Sin embargo, algunos viejos dicen: por ahí no paso. Lo siento, pero no. A mí eso de que me metan en un autobús y luego me lleven a un hotel para que me vendan cuatro mantas y dos edredones, no, la verdad. Porque puedo ser viejo, pero no imbécil.Eso ha debido de pensar un muchacho de ochenta y cuatro años que ha publicado un anuncio en un diario en el que solicita “poder estructurar nuevas empresas, diseñar y dirigir actividades de márketing de productos de gran consumo o alta tecnología y establecer contactos y negociaciones a los más altos niveles”. Sí señor. Con un par. Este hombre es de los que no los monta nadie en el autobús del Inserso ni a tiros. Asegura, a sus ochenta y cuatro primaveras, que es capaz de coger una empresa que esté medio en quiebra y ponerla de nuevo en el buen camino.Será porque los extremos se tocan la razón por la que pienso que los ancianos se parecen tanto a los niños: cuando aún no se tiene plena conciencia se pueden cometer las mayores locuras. Y cuando apenas queda tiempo que estar en este maldito mundo llega un momento en el que uno tiene que elegir entre resignarse al asilo y a las miradas atravesadas de los hijos políticos o, si aún tiene los huesos en su sitio, tomar una decisión por las bravas, decir, al infierno con todo, y que salga el sol por Antequera. Como la pareja de ancianos —80 abriles cada uno, si mal no recuerdo— que cogieron el otro día comprando cupones para cambiar billetes falsos de esos euros de monopoly que nos ha regalado la Unificación Europea que es el colmo de la modernidad. Un jubilado —no he podido averiguar si él o ella— esperaba al volante para salir a toda pastilla mientras su pareja cambiaba los cupones por los billetes. Es un delito, ya lo sé, pero no me nieguen la gracia. Y, puesto que jubilación viene de júbilo, lo encuentro mucho más divertido —mucho más divertido y mucho menos peligroso— que viajar en autobús a Benidorm con el Inserso.

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