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Mostrando entradas de 2003

Letizia

Como ya sabrán todos ustedes, nuestro príncipe se nos casa. A principios del próximo verano. Se nos casa así, con una periodista rubia, sin habernos preparado antes para la noticia. A mí me parece estupendo que se case, que sea feliz y que, de paso, nos fabrique un nuevo príncipe de Asturias, pero a los solteros don Felipe nos ha hecho una faena, una faena de las gordas: a los impares nos ha dejado sin excusas; nos hemos quedado sin argumentos. Hasta la fatídica tarde de uno de noviembre, cuando alguien me preguntaba por una hipotética boda me encogía de hombros y ponía al príncipe como ejemplo de los hombres españoles: treintañero, soltero y sin compromiso. Pero qué va. Se acabaron los argumentos, y a muchos nos ha cogido con el paso cambiado. No lo quisimos creer el año pasado, cuando se terminaron las obras de su nueva residencia y nuestras madres dejaban con toda la intención el periódico abierto con las fotos de la casa nueva del príncipe sobre la cama, a ver si captábamos la ind…

En la esquina, el paraíso

Empieza agosto y desde mi ventana veo las colas de coches que se dirigen por la autovía en busca de la playa. Empieza agosto y nosotros, unos cuantos tipos raros, nos quedamos aquí, de guardia, para hacer el verano más agradable. Pero déjenme que les diga una cosa. Si no tuviera que estar hablando delante de un micrófono tampoco creo que me encontrase metido en uno de esos coches que veo desde mi ventana. No creo que fuera uno de los millones de personas que empiezan hoy con ilusión sus vacaciones, uno de esos que tal vez aguanta con resignación las horas de coche que le quedan para disfrutar del paraíso veraniego.
Y es que resulta que el paraíso no tiene por qué encontrarse al final de la autopista, o colgado en el escaparate de una agencia de viajes, en forma de palmera, playa de arena blanca y agua transparante. Como en el título de la última novela de Mario Vargas Llosa, El paraíso en la otra esquina, el paraíso puede estar tan cerca que tal vez por eso no nos damos cuenta de que l…

Los cantamañanas

Los cantamañanas


Conviven con nosotros todo el año, pero en verano, igual que el calor y los grillos, igual que las luciérnagas, las hormigas o las avispas, parecen multiplicarse. No es que en invierno esténn aletargados y canten sus hazañas en la intimidad de sus hogares, librándonos del tedio o del bostezo, qué va. Lo que pasa es que cuando hace frío salimos menos y no nos damos cuenta de que existen, de que están ahí. Pero basta de ser críptico, pues no es ésa mi intención. Hoy voy a hablar de los cantamañanas, aquellos que no saben callarse, o que sí saben callarse pero no lo hacen porque sencillamente no les da la gana. Los hay de muchos tipos, pero a mí, así, de golpe, se me ocurren unos cuantos: los que te cuentan su vida sin que les hayas mostrado interés o buscan tu aprobación al protestar airados en la cola del supermercado cuando la cajera novata se equivoca con el cambio de un cliente. El cantamañanas ¾o la cantamañanas, porque la mayoría de los defectos no son femeninament…

Aburrimiento

Se celebra estos días en Gijón la Semana Negra. Durante la Semana Negra, que en realidad dura diez días y que tampoco es del todo negra puesto que cada año se muestra más saludablemente abierta a otros géneros, escritores y aficionados se reúnen en esa hermosa ciudad del norte para intercambiar ideas, intervenir en debates, asistir a tertulias o simplemente por el gusto de charlar o tomar una cerveza con quienes comparten estas aficiones culturales. Por una de esas casualidades que se dan tantas veces en la vida, la Semana Negra de Gijón se ha inaugurado un día después de que el presunto asesino del naipe se entregase en la comisaría de Puertollano y a buen seguro que tendrán un tema del que hablar. Culpable o no, la confesión de Alfredo Galán hiela el espinazo por su claridad estremecedora. Según se deduce de sus palabras, el motivo por el que mataba a sus víctimas era para demostrar -para demostrarse a sí mismo, quizá- lo fácil que resulta cometer un asesinato y, según vamos sabiend…

Aburrimiento

Se celebra estos días en Gijón la Semana Negra. Durante la Semana Negra, que en realidad dura diez días y que tampoco es del todo negra puesto que cada año se muestra más saludablemente abierta a otros géneros, escritores y aficionados se reúnen en esa hermosa ciudad del norte para intercambiar ideas, intervenir en debates, asistir a tertulias o simplemente por el gusto de charlar o tomar una cerveza con quienes comparten estas aficiones culturales. Por una de esas casualidades que se dan tantas veces en la vida, la Semana Negra de Gijón se ha inaugurado un día después de que el presunto asesino del naipe se entregase en la comisaría de Puertollano y a buen seguro que tendrán un tema del que hablar. Culpable o no, la confesión de Alfredo Galán hiela el espinazo por su claridad estremecedora. Según se deduce de sus palabras, el motivo por el que mataba a sus víctimas era para demostrar -para demostrarse a sí mismo, quizá- lo fácil que resulta cometer un asesinato y, según vamos sabiend…

El corazón de madera

Finalista del I premio de Artículos Periodísticos "El Torreón" A Miguel Sánchez Sobrino, que se empeñó en publicarlo.


En las películas o en las novelas de policías existe una figura imprescindible, tan imprescindible como la rubia oxigenada o el detective solitario, inteligente, duro pero en el fondo con buen corazón, casi siempre con gabardina y sombrero, un par de botellas de whisky barato en el armario donde guarda sus archivos y una paciencia infinita que le ayuda a esperar el golpe de suerte que cambie su vida. De su pasado como investigador para el fiscal del distrito, Philip Marlowe conservaba viejas amistades que le soplaban información. Sherlock Holmes, sin embargo, recurría a los Irregulares de Baker Street, una pandilla de adolescentes que vagabundeaban por las calles de Londres recabando para el rey de la Ciencia del Razonamiento Deductivo información extremadamente valiosa.
Pero eso era antes, a finales del siglo XIX o en la primera mitad del siglo XX. Aunque supon…

Profesiones sin paro

Siempre que se acerca el verano y el buen tiempo los índices de desempleo bajan considerablemente. Debido a la fuerte estacionalidad de la economía, hasta entrado el otoño las colas del INEM se reducen, los hoteles cuelgan los carteles de “completo” y los veraneantes hacen cola, pacientes, en los chiringuitos, buscando resguardo del sol implacable. Es una de las cosas buenas que tiene el verano, que a pesar del calor, hasta los menos afortunados parece que encuentran un trabajo. Precario o no precario, pero ésa es otra cuestión, y no se trata del tema que hoy vamos a comentar.
Existen ciertas profesiones cuyos índices de desempleo son irrisorios, inexistentes, incluso. Uno siempre ha tenido la impresión de que la consecución de un título de informática, de enfermería, de ingeniero de telecomunicaciones, incluso de bombero o policía local, lo eleva a quien lo obtiene a un estatus envidiable que le distingue del resto de los mortales, de mucha gente que pasa de un trabajo a otro con la …

Pasear

Uno no se da cuenta del placer de caminar hasta que un día tiene que aparcar el coche muy lejos de su destino y, en lugar de coger un taxi, decide que hace un buen día y que no sería mala idea dar un paseo hasta el centro. Después de todo ha venido con tiempo de sobra ante el atasco predecible. Se siente raro al principio, camina muy rápido el primer trecho, con una prisa que en realidad no tiene, desacostumbrado a desplazarse utilizando las piernas, pero, cuando ha superado los primeros minutos de incertidumbre empieza a notar que ha recuperado o ha redescubierto un placer antiguo que llevaba guardado en la memoria, y empieza a ralentizar sus pasos, a observar la ciudad desde una perspectiva diferente, se entretiene observando a tanta gente que camina y en la que nunca se ha fijado cuando iba conduciendo, se demora en una plaza, bajo el frescor agradable de la sombra de un naranjo en una mañana calurosa que anticipa el verano implacable. Al llegar a su destino mira el reloj y comprue…

La bola de cristal

Érase una vez, hace diecinueve años, un programa de televisión que se emitía los sábados por la mañana. Parece como si estuviera refiriéndome a la Prehistoria, pero no hace tanto tiempo sólo había dos cadenas de televisión, la Primera y la Segunda, cuya programación matinal se reducía a los sábados y los domingos. Ahora puedo encender el televisor a cualquier hora, por la mañana, al mediodía, de noche, incluso de madrugada, y siempre encontraré algún programa fronterizo que se emite, supongo, para mitigar la soledad de los insomnes que dan vueltas por la casa sin saber en qué entretener el tiempo de agobio que se extiende implacable mientras los demás descansan. Ahora, también, en cada casa pueden verse como mínimo una docena de canales de televisión y aunque, para ser sincero, no creo que eso sea malo si uno sabe qué ver o qué buscar entre la basura, el otro día, cuando me enteré de que acaba de salir un libro sobre aquel viejo programa infantil, La bola de cristal, me sacudió la nos…

El ratón Pérez

Irene y Carmen son dos señoritas preciosas de seis años que, cuando llego a la orilla y me siento en una butaca frente al mar, se sientan en mis rodillas, envueltas en sendas toallas después de una mañana feliz de baños y de juegos en la que he tenido que participar debido a esa contumacia entrañable que tienen los niños para conseguir que los adultos les prestemos atención. Entre risas me cuentan que a las dos les gustan los espaguetis, los huevos fritos, los macarrones con tomate, las pizzas y los helados de chocolate. Igual que a mí. Por la tarde, más playa, más sol, más baño y, a la hora de la merienda asisto a un concierto de canciones interpretadas a dúo por dos artistas cuyas vidas juntas apenas suman doce años. Luego, Irene me cuenta que un niño de su clase le ha dicho que el Ratón Pérez no existe, pero ella no se lo cree. Carmen, me mira muy seria y me explica que es imposible que el Ratón Pérez no exista, porque con los dientes de los niños, los ratones hacen casas, muebles,…

Seguro de belleza

Ya no nos asombramos al enterarnos del valor las piernas de un futbolista después de haberlas asegurado. El valor de una sola pierna que se quiebre de Ronaldo, de Zidane, de Raúl o de Van Nistelroy, significaría para la mayoría de los mortales más dinero del que ganaría en varias vidas. Pero teniendo en cuenta que se trata de su herramienta de trabajo y, ganando lo que ganan ¾y lo que dejarían de ganar si no pudieran volver a jugar¾ es más que lógico que paguen una sustanciosa suma para dormir tranquilos. Como de herramientas de trabajo se trata, dicen por ahí que Jenniffer López tiene asegurado su trasero. Que nadie se eche las manos a la cabeza o apague la Radio, por favor: no quiero yo decir que la actriz trabaje con el culo, pero sí que, por descontado, es un elemento más de su innegable atractivo. Aunque me queda la duda de saber cómo se mide el seguro del culo, si al firmar la póliza cada año el agente de turno debe proveerse de metro, nivel y escuadra para tomar medidas, ángulo…

El vendedor de pollos

El vendedor de pollos


Ya está haciendo calor, mucho calor. Quizá más calor del que estamos acostumbrados a soportar en esta época. Tanto calor que da miedo pensar el que pasaremos en verano.
El hombre de la furgoneta también tenía calor. Sudaba a mares cuando se paró, conectó el altavoz y empezó a pregonar las excelencias de los pollos que vendía. No era difícil adivinar su mercancía si uno conducía detrás de él, sin mucha prisa, y echaba un vistazo a las plumas que abandonaban la furgoneta por la precaria abertura practicada en la parte posterior. Caía la tarde, pero todavía hacía mucho calor cuando el hombre detuvo la vieja furgoneta en mitad de la calle, con sus pollos vivos para vender, sacó una mano por la ventanilla y me indicó que lo adelantase. Al hacerlo me fijé en él, cincuenta y muchos, tal vez más, o tal vez menos pero muy trabajados, el pelo negro, chupaíllo, el rostro agitanado plagado de arrugas profundas, de arrugas que salen de trabajar y de vivir, de partirse el lomo a…

Elecciones

Aunque nuestros políticos llevan varios meses tirándose los trastos a la cabeza, la campaña electoral ha empezado hace pocos días y terminará el próximo 23 de mayo a las doce de la noche, cuando todos los votantes, como buenos ciudadanos, nos iremos a dormir para levantarnos temprano y reflexionar el sábado a quién elegiremos el domingo. No sé ustedes, pero a mí, la verdad es que cada vez me cuesta más diferenciar a unos candidatos de otros. Miro los carteles que adornan la ciudad, las caras de los políticos repeinados, las sonrisas de niños buenos, las expresiones de aparente determinación, la parafernalia y el esfuerzo destinados a caernos bien, a convencernos de que les votemos, y me parecen todos iguales. Los miro y me recuerdan a esos niños caprichosos que conceden una tregua a sus padres y se portan bien durante un rato para conseguir lo que quieren, a esos maridos infieles que prometen no volver a faltar a sus deberes conyugales para conseguir un beso o una caricia. Será que ca…

El tamaño sí importa

Estas últimas semanas, y las que se avecinan, todo el país estará lleno de Ferias. Y no me refiero sólo a las fiestas locales que abundan en primavera, sino a otras ferias que por suerte cada vez duran más y son tan abundantes a pesar de que muchos agoreros pronostiquen el fin de las páginas impresas por culpa de la televisión, los videojuegos, o esos engendros técnicos que los modernos llaman libros electrónicos, e-books. Eso.
Ahora que muchas ciudades andan festejando Ferias donde los libros pueden comprarse con un 10 % de descuento, donde la gente puede elegir sus futuras lecturas entre millones de ejemplares y donde puede ver de cerca, tocar, estrechar la mano o comentar la obra de un autor al que admiren, no estaría mal hablar de la corta vida de los libros en los escaparates, del sometimiento de la cultura a las estrictas y salvajes leyes del mercado, como si los libros fueran ropa o fruta de temporada, convendría hablar de la lucha salvaje, casi fratricida, entre editoriales y a…

Malas maneras

Es medianoche. Hace media hora me ha visto un médico en urgencias. Un hombre afable que, llamándome por mi nombre, dedica unos minutos a buscar con el tacto el alcance de una lesión muscular repentina que me impide andar. Me explica que es una posible rotura fibrilar, me pide reposo absoluto y me recomienda ir a un hospital con más medios para comprobar el diagnóstico. No tardo en llegar a otro centro médico donde soy el único paciente en la sala gélida de urgencias. Entro en la consulta arrastrando la pierna, dando botes sobre el pie sano. Pero la doctora que me atiende está derrengada en una silla como si en lugar de en un despacho estuviese tumbada en el sofá de su casa. No levanta los ojos del papel donde escribe, no me dice mi nombre y yo, a pesar de hacer equilibrios con la pierna buena no me siento porque nunca lo hago cuando no se me invita a hacerlo. Me tumbo en la camilla y me doy cuenta de que estoy en manos de una profesional extraordinaria, con una agudeza dactilar propia…

Yo también soy Espartaco

El otro día volví a ver una de esas películas que revisito de vez en cuando, de tarde en tarde, pero que al acomodarme de nuevo frente al televisor me siento como si fuera la primera vez que la viera, descubro algo nuevo o me paso toda la sesión con una media sonrisa de satisfacción al comprobar que el paso del tiempo no ha acartonado la historia que me cuentan las imágenes sino que, por el contrario, el argumento ilumina el presente de una forma mucho más nítida de como lo hacen los periódicos. Igual que en los libros uno busca leer entre líneas, en el cine se pueden descubrir cosas muy interesantes si se presta la atención suficiente para mirar más allá de la pantalla. Hay ocho o diez películas que he visto varias veces y que pienso seguir volviendo a ver en el futuro, cuando tal vez me haya olvidado de muchos detalles. Pero eso no importa, porque olividar es otra forma de aprender, de conocer las cosas, y el poso que el olvido deja en la memoria va conformando una nueva historia qu…

Beatlemanía

No soy muy mitómano. En mi estantería tengo algunos libros firmados por autores que admiro, pero las cosas por las que siento más cariño son aquellas que me recuerdan los sitios donde he estado o las personas que he conocido. A pesar de mi escaso apego a lo material no me cuesta entender la fascinación hipnótica que sobre mucha gente proyectan ciertos objetos que han pertenecido o que simplemente han sido tocados o rozados por las yemas de los dedos de algún famoso. A mediados de los sesenta, durante una de las giras de los Beatles por Estados Unidos, los empleados de los hoteles donde se habían alojado hacían grandes negocios vendiendo las sábanas de las camas donde durmieron, los vasos donde bebieron, incluso el aire que respiraron se enlató para regocijo de los más fanáticos. La leyenda de los Beatles se acrecienta al mismo ritmo que el deseo irrefrenable de ciertos admiradores capaces de esquilmar sus ahorros para adquirir un fetiche de Paul, de John, de George, de Ringo. Sabedor …

Internet

No suelo navegar mucho. Ni por Internet ni en el mar. Ya me gustaría. Lo segundo, claro. Con las gotas de sudor que me cuesta algunas veces conectarme, no necesito tener demasiada experiencia náutica para tener la certeza de que la mayoría de las veces resultaría más fácil gobernar un velero de quince metros de eslora bajo un cielo copado de nubarrones que poder engancharme a la Red. Me empiezan a salir rectángulos grises en la pantalla, que si la conexión no está disponible, que si inténtelo más tarde, pero yo, incapaz como soy de distinguir entre un mega y módem, acabo reiniciando el ordenador después de cruzar los dedos y cerrar los ojos esperando que cuando vuelva a encenderse todo volverá a ser como antes. Al final logro conectarme: a poco que uno lo intente, a la tercera o a la cuarta se consigue. Luego me encuentro con la segunda parte de la aventura: mandar correos, recibir los mensajes de los amables lectores de este periódico que se ponen en contacto conmigo a veces cuesta t…

Soledades de domingo

Es domingo por la tarde. Es domingo por la tarde y, como muchas tardes de domingo, me viene a la cabeza la reflexión de Antonio Muñoz Molina en su alegato contra el servicio militar, Ardor guerrero: “es imposible ser feliz un domingo por la tarde”. Tal vez porque el lunes está demasiado cerca; tal vez porque el fin de semana ya terminó y dentro de pocas horas tendremos que acostarnos con la rutina o la preocupación de los días laborables. Tal vez porque ya casi es lunes y hay que volver a trabajar, pero el domingo por la tarde, más concretamente a la hora del crepúsculo, se pasan los momentos más tristes de toda la semana. Nada que ver con el viernes, con las tardes del viernes de cuando éramos niños, las tardes de viernes de cuando éramos niños y nos quedaban por delante más de cuarenta y ocho horas para jugar, para montar en bicicleta, para leer tebeos o novelas juveniles, cuarenta y ocho horas de felicidad completa. De niño uno recuerda las tardes de viernes, las tardes de dibujos …

Cuéntame

Lo tengo que reconocer: yo el año pasado no veía la serie, pero sí me enganché con algunos de los episodios de Cuéntame que se repusieron en verano, después de medianoche. Así que el otoño pasado -no me da vergüenza confesarlo- me convertí en uno de los seguidores de la familia Alcántara. Y lo seguiré siendo ahora que vuelve a emitirse. Alguien me contó una vez que a su hijo le recomendaban en el colegio que viera la serie, para tener una idea aproximada de lo que era la vida entonces, supongo. Y es que, aunque la serie encabezada por Imanol Arias, como cualquier éxito que se precie, cuenta también con sus detractores, yo la encuentro necesaria: hace poco más de treinta años, apenas un suspiro, pero la ilusión de una familia levantándose de madrugada para ver encendida una televisión que aún no ha sido sintonizada, la impresión al contemplar las evoluciones de una lavadora centrifugando, no nos resultan, a poco que pensemos un poco, tan ajenas. Veo a los Alcántara temblar de miedo ant…

Novelas de kiosco

A mí me gusta mimar las páginas que escribo: los folios de una novela, los folios de un cuento, los folios de los artículos que escribo para algún periódico o éstos donde leo cada miércoles en Onda Cero. Los temas casi siempre vienen solos, aunque algunas veces hay que sentarse en un sillón y, como decía Isaac Asimov, pensar intensamente. Al final, siempre sale algo y el terror ante la página en blanco o al parpadeo en la pantalla del ordenador no suele ser más que una excusa coqueta de ciertos autores perezosos. Aunque, bien pensado, quizá me gusta mimar lo que escribo porque casi siempre escribo de lo que quiero escribir. Si en lugar de consultar cada mañana la lista de trabajos pendientes tuviera la obligación de rellenar 60 o 70 folios de un tirón -60 o 70 folios cada día, durante años- seguramente el trabajo de escritor se me haría muy cuesta arriba y tal vez preferiría dedicarme a otras actividades menos agotadoras y más gratificantes.
Ahora que la novela de quiosco ha superado e…

La carpa parlante

No sé si por culpa del cambio de estación, si por culpa de esta primavera que estrenamos la semana pasada con guerra incluida, mis artículos semanales en este programa se estaban volviendo un poco más oscuros, un poco más tristes que de costumbre. Así que para el artículo de hoy, con el propósito firme de no arrancar un triste bostezo de las caras de Óscar y Fernando, con la intención sincera de que quienes me aguantáis cada miércoles no apaguéis la radio cuando el presentador del programa anuncie mi nombre, me había puesto a dar vueltas a la cabeza después de jurarme a mí mismo que no me levantaría de mi asiento hasta encontrar algo más ligero para contaros, una noticia que al menos arrancase una sonrisa de quienes me estáis escuchando ahora mismo.
El caso es que, si uno busca, a poco que profundice conseguirá separar el grano de la paja entre tantas noticias sobre la guerra, entre tantas firmas importantes que se devanan las entendederas para hacernos ver quién tiene la culpa de todo…

Un día con Marilyn

Peter Mangone tiene 63 años y ha recuperado el amor de su vida. La última y la única vez que la vio —que la vio en vivo, porque la ha visto muchas veces en el cine, en televisión, en los millones de pósters de ella que se venden cada año— era un chaval de 14 años y ella una espléndida mujer que, a sus 29 abriles, cosía en el hotel Gladstone de Nueva York las heridas de su divorcio con el jugador de béisbol Joe Di Maggio y de la cancelación de su contrato con Century Fox.
En la fría primavera neoyorkina de 1955 Peter hizo novillos durante días, faltaba a clase apostado en la calle 52, frente al hotel Gladstone, con la ilusión de ver a la mujer que, a sus 14 años, le parecía la más hermosa del mundo, a la misma mujer que hoy, a sus 63 años, le sigue pareciendo la mujer más hermosa del mundo, igual que se lo parece a millones de hombres, igual que se lo ha parecido a millones de hombres durante generaciones. En la primavera de 1955, Peter pasó un día entero con Marilyn Monroe. Ese día, el…

Maestros

Una vez conocí a un profesor al que le gustaba que le llamaran maestro, maestro de escuela. Lo decía con orgullo, la boca parecía llenársele de satisfacción al pronunciar las tres sílabas que definían su profesión, que daban sentido a su vida tal vez. Sin embargo, otras veces he escuchado a ciertos cantamañanas referirse con desprecio a los profesores llamándolos maestros de escuela. Es lo que tiene la ignorancia de algunos: les lleva mirar por encima del hombro a quienes no entienden, a reírse de aquellos a quienes no comprenden. A poco que uno escarbe en la memoria encontrará el recuerdo de un profesor que le iluminó el camino. Cualquiera, incluso esos ignorantes que alguna vez se ríen de ellos, le debe a un profesor, a un maestro, a lo mejor sin saberlo, algo que vale la pena. Parece que la profesión de maestro ha provocado muchas veces para quien no la ha ejercido cierta extrañeza, miedo tal vez. Miedo al que sabe. Los maestros —la mejor generación de docentes que había tenido Esp…

Libros

En el siglo XVI la temperatura aún no se medía en la escala de Fahrenheit, pero los libros, igual que en la novela futurista de Ray Bradbury cuyo título se refiere a la temperatura a la que arde el papel, crepitaban en las calles convertidos en una pira de donde se elevaba una columna siniestra de humo. A finales de febrero de 1502 los Reyes Católicos dieron la orden de que todos libros musulmanes religiosos fuesen quemados. Pero los soldados no sabían árabe y prendieron fuego a todos los libros escritos en ese idioma. En Fahrenheit 451, la novela de Bradbury, una brigada de bomberos llamada igual que el título de la historia buscaba sin descanso los escondrijos donde ciertos ciudadanos que no se atenían a las leyes almacenaban libros. Todos los libros estaban prohibidos, pero ni siquiera el fuego purificador de la brigada 451 podía destruir el almacén donde quienes no se conformaban habían depositado las páginas antes de que se perdiesen para siempre. Un nutrido grupo de proscritos q…

La universidad de Glamorgan

Hasta hace no mucho —bueno, para ser sincero, todavía también sucede— confesarse lector de novelas de Ciencia Ficción ante un interlocutor que gastase ínfulas intelectuales provocaba poco menos que una sonrisa condescendiente o el ninguneo más absoluto. Será porque he conocido —y por desgracia todavía me sigo encontrando— a mucha gente que se barniza de culta, a mucha gente cuyo denominador común es despreciar todo lo que tiene que ver con los libros entretenidos, los libros con los que uno se lo pasa bien, y eso incluye, por supuesto, arrugar la nariz cuando se menciona el nombre de algún escritor que malgasta su vida inventándose novelas que para colmo se venden. Se venden, añaden los dueños del fino paladar de la Literatura, porque hay millones de lectores como yo —como cualquiera de vosotros— que las compran. Lectores torpes que las compran y que —lo que más les sorprenden— además, las leen.
Yo descubrí a Isaac Asimov cuando era un adolescente. Gracias a este escritor norteamerican…

Cámaras

Cámaras


Todos lo hemos hecho alguna vez: después de pasar la tarjeta de crédito por la ranura, se ha abierto la puerta del vestíbulo del banco y, antes de introducir el rectángulo de plástico en el cajero automático nos hemos quedado mirando la cámara que nos observa, impasible, como un ojo electrónico, indiferente, o hemos sacado la lengua al mirar nuestra propia imagen vista desde arriba en el monitor que nos advierte o nos recuerda que estamos siendo grabados.
Nuestros movimientos quedan inmortalizados por las cámaras más veces de las que nos damos cuenta. O de las que queremos darnos cuenta, porque si uno se para a pensar cuántas veces al cabo del día sus movimientos son grabados, observados, analizados por alguien, puede que se encerrase en casa bajo llave, se tapase con una manta gruesa y ocultase la cabeza bajo la almohada sin tener todavía la certeza de estar a salvo, temiendo que alguien que ponga el empeño suficiente para encontrarlo, podría averiguar en qué lugar exacto de su…

Karate y Literatura

Karate y Literatura


Como todos los que me soportáis cada miércoles sabéis, me dedico a escribir. A escribir cuentos, a escribir novelas, a escribir estos artículos con los que Óscar Gómez me deja que os castigue el oído cada semana.
Pero hoy no voy a utilizar este micrófono para hablar de libros o para comentar la actualidad desde una perspectiva literaria. Hoy quiero hablaros de artes marciales. En realidad, os voy a hablar del único arte marcial que conozco un poco. Hoy os voy a hablar del karate. Porque resulta que, ser escritor en ciernes y ser karateca aficionado es bastante parecido. Sí, no arruguéis el entrecejo todavía, que ahora mismo cuento por qué: para la mayoría de quienes no escriben, la idea de un escritor es la de un ser ausente, un ser distante, un ratón de biblioteca con telarañas colgándole como guedejas de las patillas de las gafas con las que mantiene a raya su miopía. Cuando se es escritor —o cuando uno se encuentra en el camino de tratar de serlo, como es mi caso—…

Esos objetos del deseo

En una estupenda película de Anthony Mann, Winchester 73, un famoso y preciso rifle se convertía en la obsesión de sus protagonistas: el rifle, como las falsas monedas, pasaba de mano en mano, de las de James Stewart a las de un bandolero, a las de un jefe indio interpretado por un insólito Rock Hudson. A todos les sucedía lo mismo: la obsesión por conseguir el magnífico Winchester 73 les llevaba a robar, a matar, a traicionar con tal de conservar el rifle. Algo muy similar, ahora que lo pienso, a lo que les ocurre a los personajes de la trilogía de Tolkien con el anillo. Todos los que lo ven, todos los que lo tocan, todos los que se encuentran cerca de él o saben que existe caen bajo su influjo sin remedio y no cejarán hasta apoderarse de él.
Resulta fascinante el poder que ciertos objetos ejercen sobre nosotros: un jarrón, un tocadiscos antiguo, un disco de vinilo, la primera edición de una novela de nuestro autor favorito, una decicatoria, un autógrafo, un trofeo, la copa donde beb…

La guerra chica

Durante varias semanas se han celebrado en el municipio sevillano de Tocina unas jornadas sobre el exilio y la posguerra: Jornadas de investigación y debate sobre represión, exilio y posguerra, ha sido su nombre exacto. Mañana se clausuran y, no sólo me gustaría enterarme de que la asistencia ha sido masiva, sino que me alegraría mucho saber que la experiencia se va a repetir en muchos más sitios. Durante la Transición —de hecho, hasta hace muy poco— hubo un pacto de silencio que relegó al olvido a la mayoría de quienes gastaron su vida en el monte, a escondidas, como bandoleros, y luego en la cárcel, o, los más afortunados, en el extranjero. Yo me acerqué hasta Tocina para tener la oportunidad de ver a algunos de ellos: José Murillo, el comandante Ríos, es un cordobés casi octogenario que aguantó 9 años en el monte y después otros 15 en las cárceles. Habló el comandante Ríos de las cinco balas que lleva como recuerdo en un hombro. Esas balas que cuando estuvo preso no se las quisiero…

Primos segundos

Supongo —o, mejor dicho, espero— que a estas alturas nadie dudará ante el hecho más que evidente de que el hombre desciende del mono. O, para ser más exactos, que los humanos y los monos tenemos un antepasado común que debío de patearse las tierras de África hace unos cuantos millones de años. A Darwin se le echaron encima los pensadores más rancios de su época cuando publicó El origen de las especies en el siglo XIX y me temo que, en pleno siglo XXI, a más de uno aún le gustaría pensar que el hombre no desciende del mono —o que no tiene un antepasado común—, que estamos aquí porque una varita mágica nos ha rozado para insuflarnos vida e inteligencia. Discusiones teológicas aparte —porque no voy por ahí—, basta con mirar las caras de algunos para asumir nuestros nuestros orígenes y basta también con mirar algunas jaulas del zoo para que quienes están al otro lado de los barrotes se den cuenta de cómo han evolucionado, o mejor, de cómo han degenerado en sólo unos pocos millones de años…

El académico Pérez-Reverte

Cómo pasa el tiempo. Yo lo descubrí hace diez años, en 1993, cuando apareció por las librerías El club Dumas. Por aquí tengo el libro, con las imágenes de D` Artagnan, Porthos, Athos, Aramis y el ladino cardenal Richelieu. Ahora sus novelas ocupan una buena porción de mi estantería, pero hace diez años sólo lo conocía de verlo micrófono en mano contándonos la Guerra del Golfo y luego la de los Balcanes. Sabía que era el autor de la novela en la que Pedro Olea se había basado para rodar El maestro de esgrima, pero aún no me había atrevido a hincarle el diente a un libro suyo.
Y me enganchó, claro. No sólo con esa novela, sino con casi todas las que ha escrito. Como lector hay algo que no le perdono a un libro: que no sea entretenido. Y las novelas de Arturo Pérez-Reverte son entretenidas. Mucho. Se percibe y se agradece el trabajo exhaustivo de documentación y unos personajes escandalosamente bien creados. Lo que, desde mi humilde punto de vista como lector, debe tener una buena novela.

Vientos de guerra

Algunos dicen que la guerra con Irak no es inevitable. A mí, sin embargo, me gusta pensar que todas las guerras —la de Irak, incluso la de Troya— son evitables. Y tengo la sensación de que mucha gente piensa lo mismo que yo: que Bush y los suyos necesitan cualquier excusa para ordenar a los aviones que empiecen a arrojar bombas —otra vez— sobre Bagdag. Claro que el mandamás de los iraquíes no es ningún santo, pero tampoco lo es nadie, creo, en estos tiempos —no lo soy yo, y seguro que tampoco lo es el presidente de Estados Unidos: ¿lo es alguno de ustedes?—. El actor Sean Penn ha demostrado hace pocas semanas su talante comprometido visitando Bagdag, recorriendo los hospitales de la capital iraquí, igual que los futbolistas lo hacen en Navidad, para aportar su granito de arena en contra de esta guerra absurda. Por desgracia, me temo que el gesto admirable de Sean Penn —igual que las manifestaciones de otros actores en Estados Unidos en contra de la decisión de atacar Irak— caerá en sa…

Antecedentes

El año pasado escribí en un periódico que, quizá porque España es un país necesitado de héroes, mucha gente aclamó y reclamó como nuestro al olímpico Johan Muehlegg, alias Juanito. Por si alguien no se acuerda —ya que el fracaso es primo hermano del olvido— estoy hablando del esquiador alemán nacionalizado que se hinchó a ganar medallas de oro en Salt Lake City hasta que se demostró que lo de sus mocos congelados al atravesar la línea de meta eran más producto de los anabolizantes que de un entrenaniento concienzudo o de un físico privilegiado. Pero, mientras tanto, durante los días que transcurrieron entre las primeras medallas y la noticia del dopaje bochornoso, recuerdo a ciertos políticos, a ciertos periodistas, recuerdo alguna gente con el pecho hinchado, cual palomos en celo, cantando a los cuatro vientos la españolidad de Juanito.
Vaya por delante que me trae bastante al fresco el asunto de las nacionalidades y ciertas estupideces que se reflejan en las líneas que marcan las fro…

Ana Frank

He leído muchos libros sobre el III Reich, he visto películas —La lista de Schindler, La vida es bella, la todavía en cartel El pianista— que desde una perspectiva diferente hurgan en la herida incurable del genocidio perpetrado por los nazis. Incluso una vez visité un antiguo campo de concentración, algo que, por cierto, debería ser obligatorio para todos esos tipos de mente estrecha que se rapan el cráneo, se colocan un brazalete con la esvástica y saludan extendiendo el brazo, con la palma de la mano hacia abajo al tiempo que hacen sonar los tacones de sus botas militares. Pero, de todos los testimonios sobre la persecución de los judíos, el más conmovedor, sin duda, es El diario de Ana Frank, la vida cotidiana de una niña y su familia encerrados en un trastero de Amsterdan, temiendo cada día el momento en que llamasen a la puerta y unos hombres vestidos con los uniformes elegantes de la Gestapo se los llevaran a todos. Como así fue. Pasaron veinte años hasta que, gracias a las p…