Entradas

Mostrando entradas de enero, 2003

Primos segundos

Supongo —o, mejor dicho, espero— que a estas alturas nadie dudará ante el hecho más que evidente de que el hombre desciende del mono. O, para ser más exactos, que los humanos y los monos tenemos un antepasado común que debío de patearse las tierras de África hace unos cuantos millones de años. A Darwin se le echaron encima los pensadores más rancios de su época cuando publicó El origen de las especies en el siglo XIX y me temo que, en pleno siglo XXI, a más de uno aún le gustaría pensar que el hombre no desciende del mono —o que no tiene un antepasado común—, que estamos aquí porque una varita mágica nos ha rozado para insuflarnos vida e inteligencia. Discusiones teológicas aparte —porque no voy por ahí—, basta con mirar las caras de algunos para asumir nuestros nuestros orígenes y basta también con mirar algunas jaulas del zoo para que quienes están al otro lado de los barrotes se den cuenta de cómo han evolucionado, o mejor, de cómo han degenerado en sólo unos pocos millones de años…

El académico Pérez-Reverte

Cómo pasa el tiempo. Yo lo descubrí hace diez años, en 1993, cuando apareció por las librerías El club Dumas. Por aquí tengo el libro, con las imágenes de D` Artagnan, Porthos, Athos, Aramis y el ladino cardenal Richelieu. Ahora sus novelas ocupan una buena porción de mi estantería, pero hace diez años sólo lo conocía de verlo micrófono en mano contándonos la Guerra del Golfo y luego la de los Balcanes. Sabía que era el autor de la novela en la que Pedro Olea se había basado para rodar El maestro de esgrima, pero aún no me había atrevido a hincarle el diente a un libro suyo.
Y me enganchó, claro. No sólo con esa novela, sino con casi todas las que ha escrito. Como lector hay algo que no le perdono a un libro: que no sea entretenido. Y las novelas de Arturo Pérez-Reverte son entretenidas. Mucho. Se percibe y se agradece el trabajo exhaustivo de documentación y unos personajes escandalosamente bien creados. Lo que, desde mi humilde punto de vista como lector, debe tener una buena novela.

Vientos de guerra

Algunos dicen que la guerra con Irak no es inevitable. A mí, sin embargo, me gusta pensar que todas las guerras —la de Irak, incluso la de Troya— son evitables. Y tengo la sensación de que mucha gente piensa lo mismo que yo: que Bush y los suyos necesitan cualquier excusa para ordenar a los aviones que empiecen a arrojar bombas —otra vez— sobre Bagdag. Claro que el mandamás de los iraquíes no es ningún santo, pero tampoco lo es nadie, creo, en estos tiempos —no lo soy yo, y seguro que tampoco lo es el presidente de Estados Unidos: ¿lo es alguno de ustedes?—. El actor Sean Penn ha demostrado hace pocas semanas su talante comprometido visitando Bagdag, recorriendo los hospitales de la capital iraquí, igual que los futbolistas lo hacen en Navidad, para aportar su granito de arena en contra de esta guerra absurda. Por desgracia, me temo que el gesto admirable de Sean Penn —igual que las manifestaciones de otros actores en Estados Unidos en contra de la decisión de atacar Irak— caerá en sa…

Antecedentes

El año pasado escribí en un periódico que, quizá porque España es un país necesitado de héroes, mucha gente aclamó y reclamó como nuestro al olímpico Johan Muehlegg, alias Juanito. Por si alguien no se acuerda —ya que el fracaso es primo hermano del olvido— estoy hablando del esquiador alemán nacionalizado que se hinchó a ganar medallas de oro en Salt Lake City hasta que se demostró que lo de sus mocos congelados al atravesar la línea de meta eran más producto de los anabolizantes que de un entrenaniento concienzudo o de un físico privilegiado. Pero, mientras tanto, durante los días que transcurrieron entre las primeras medallas y la noticia del dopaje bochornoso, recuerdo a ciertos políticos, a ciertos periodistas, recuerdo alguna gente con el pecho hinchado, cual palomos en celo, cantando a los cuatro vientos la españolidad de Juanito.
Vaya por delante que me trae bastante al fresco el asunto de las nacionalidades y ciertas estupideces que se reflejan en las líneas que marcan las fro…

Ana Frank

He leído muchos libros sobre el III Reich, he visto películas —La lista de Schindler, La vida es bella, la todavía en cartel El pianista— que desde una perspectiva diferente hurgan en la herida incurable del genocidio perpetrado por los nazis. Incluso una vez visité un antiguo campo de concentración, algo que, por cierto, debería ser obligatorio para todos esos tipos de mente estrecha que se rapan el cráneo, se colocan un brazalete con la esvástica y saludan extendiendo el brazo, con la palma de la mano hacia abajo al tiempo que hacen sonar los tacones de sus botas militares. Pero, de todos los testimonios sobre la persecución de los judíos, el más conmovedor, sin duda, es El diario de Ana Frank, la vida cotidiana de una niña y su familia encerrados en un trastero de Amsterdan, temiendo cada día el momento en que llamasen a la puerta y unos hombres vestidos con los uniformes elegantes de la Gestapo se los llevaran a todos. Como así fue. Pasaron veinte años hasta que, gracias a las p…