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Mostrando entradas de marzo, 2003

La carpa parlante

No sé si por culpa del cambio de estación, si por culpa de esta primavera que estrenamos la semana pasada con guerra incluida, mis artículos semanales en este programa se estaban volviendo un poco más oscuros, un poco más tristes que de costumbre. Así que para el artículo de hoy, con el propósito firme de no arrancar un triste bostezo de las caras de Óscar y Fernando, con la intención sincera de que quienes me aguantáis cada miércoles no apaguéis la radio cuando el presentador del programa anuncie mi nombre, me había puesto a dar vueltas a la cabeza después de jurarme a mí mismo que no me levantaría de mi asiento hasta encontrar algo más ligero para contaros, una noticia que al menos arrancase una sonrisa de quienes me estáis escuchando ahora mismo.
El caso es que, si uno busca, a poco que profundice conseguirá separar el grano de la paja entre tantas noticias sobre la guerra, entre tantas firmas importantes que se devanan las entendederas para hacernos ver quién tiene la culpa de todo…

Un día con Marilyn

Peter Mangone tiene 63 años y ha recuperado el amor de su vida. La última y la única vez que la vio —que la vio en vivo, porque la ha visto muchas veces en el cine, en televisión, en los millones de pósters de ella que se venden cada año— era un chaval de 14 años y ella una espléndida mujer que, a sus 29 abriles, cosía en el hotel Gladstone de Nueva York las heridas de su divorcio con el jugador de béisbol Joe Di Maggio y de la cancelación de su contrato con Century Fox.
En la fría primavera neoyorkina de 1955 Peter hizo novillos durante días, faltaba a clase apostado en la calle 52, frente al hotel Gladstone, con la ilusión de ver a la mujer que, a sus 14 años, le parecía la más hermosa del mundo, a la misma mujer que hoy, a sus 63 años, le sigue pareciendo la mujer más hermosa del mundo, igual que se lo parece a millones de hombres, igual que se lo ha parecido a millones de hombres durante generaciones. En la primavera de 1955, Peter pasó un día entero con Marilyn Monroe. Ese día, el…

Maestros

Una vez conocí a un profesor al que le gustaba que le llamaran maestro, maestro de escuela. Lo decía con orgullo, la boca parecía llenársele de satisfacción al pronunciar las tres sílabas que definían su profesión, que daban sentido a su vida tal vez. Sin embargo, otras veces he escuchado a ciertos cantamañanas referirse con desprecio a los profesores llamándolos maestros de escuela. Es lo que tiene la ignorancia de algunos: les lleva mirar por encima del hombro a quienes no entienden, a reírse de aquellos a quienes no comprenden. A poco que uno escarbe en la memoria encontrará el recuerdo de un profesor que le iluminó el camino. Cualquiera, incluso esos ignorantes que alguna vez se ríen de ellos, le debe a un profesor, a un maestro, a lo mejor sin saberlo, algo que vale la pena. Parece que la profesión de maestro ha provocado muchas veces para quien no la ha ejercido cierta extrañeza, miedo tal vez. Miedo al que sabe. Los maestros —la mejor generación de docentes que había tenido Esp…

Libros

En el siglo XVI la temperatura aún no se medía en la escala de Fahrenheit, pero los libros, igual que en la novela futurista de Ray Bradbury cuyo título se refiere a la temperatura a la que arde el papel, crepitaban en las calles convertidos en una pira de donde se elevaba una columna siniestra de humo. A finales de febrero de 1502 los Reyes Católicos dieron la orden de que todos libros musulmanes religiosos fuesen quemados. Pero los soldados no sabían árabe y prendieron fuego a todos los libros escritos en ese idioma. En Fahrenheit 451, la novela de Bradbury, una brigada de bomberos llamada igual que el título de la historia buscaba sin descanso los escondrijos donde ciertos ciudadanos que no se atenían a las leyes almacenaban libros. Todos los libros estaban prohibidos, pero ni siquiera el fuego purificador de la brigada 451 podía destruir el almacén donde quienes no se conformaban habían depositado las páginas antes de que se perdiesen para siempre. Un nutrido grupo de proscritos q…

La universidad de Glamorgan

Hasta hace no mucho —bueno, para ser sincero, todavía también sucede— confesarse lector de novelas de Ciencia Ficción ante un interlocutor que gastase ínfulas intelectuales provocaba poco menos que una sonrisa condescendiente o el ninguneo más absoluto. Será porque he conocido —y por desgracia todavía me sigo encontrando— a mucha gente que se barniza de culta, a mucha gente cuyo denominador común es despreciar todo lo que tiene que ver con los libros entretenidos, los libros con los que uno se lo pasa bien, y eso incluye, por supuesto, arrugar la nariz cuando se menciona el nombre de algún escritor que malgasta su vida inventándose novelas que para colmo se venden. Se venden, añaden los dueños del fino paladar de la Literatura, porque hay millones de lectores como yo —como cualquiera de vosotros— que las compran. Lectores torpes que las compran y que —lo que más les sorprenden— además, las leen.
Yo descubrí a Isaac Asimov cuando era un adolescente. Gracias a este escritor norteamerican…