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Mostrando entradas de abril, 2003

El tamaño sí importa

Estas últimas semanas, y las que se avecinan, todo el país estará lleno de Ferias. Y no me refiero sólo a las fiestas locales que abundan en primavera, sino a otras ferias que por suerte cada vez duran más y son tan abundantes a pesar de que muchos agoreros pronostiquen el fin de las páginas impresas por culpa de la televisión, los videojuegos, o esos engendros técnicos que los modernos llaman libros electrónicos, e-books. Eso.
Ahora que muchas ciudades andan festejando Ferias donde los libros pueden comprarse con un 10 % de descuento, donde la gente puede elegir sus futuras lecturas entre millones de ejemplares y donde puede ver de cerca, tocar, estrechar la mano o comentar la obra de un autor al que admiren, no estaría mal hablar de la corta vida de los libros en los escaparates, del sometimiento de la cultura a las estrictas y salvajes leyes del mercado, como si los libros fueran ropa o fruta de temporada, convendría hablar de la lucha salvaje, casi fratricida, entre editoriales y a…

Malas maneras

Es medianoche. Hace media hora me ha visto un médico en urgencias. Un hombre afable que, llamándome por mi nombre, dedica unos minutos a buscar con el tacto el alcance de una lesión muscular repentina que me impide andar. Me explica que es una posible rotura fibrilar, me pide reposo absoluto y me recomienda ir a un hospital con más medios para comprobar el diagnóstico. No tardo en llegar a otro centro médico donde soy el único paciente en la sala gélida de urgencias. Entro en la consulta arrastrando la pierna, dando botes sobre el pie sano. Pero la doctora que me atiende está derrengada en una silla como si en lugar de en un despacho estuviese tumbada en el sofá de su casa. No levanta los ojos del papel donde escribe, no me dice mi nombre y yo, a pesar de hacer equilibrios con la pierna buena no me siento porque nunca lo hago cuando no se me invita a hacerlo. Me tumbo en la camilla y me doy cuenta de que estoy en manos de una profesional extraordinaria, con una agudeza dactilar propia…

Yo también soy Espartaco

El otro día volví a ver una de esas películas que revisito de vez en cuando, de tarde en tarde, pero que al acomodarme de nuevo frente al televisor me siento como si fuera la primera vez que la viera, descubro algo nuevo o me paso toda la sesión con una media sonrisa de satisfacción al comprobar que el paso del tiempo no ha acartonado la historia que me cuentan las imágenes sino que, por el contrario, el argumento ilumina el presente de una forma mucho más nítida de como lo hacen los periódicos. Igual que en los libros uno busca leer entre líneas, en el cine se pueden descubrir cosas muy interesantes si se presta la atención suficiente para mirar más allá de la pantalla. Hay ocho o diez películas que he visto varias veces y que pienso seguir volviendo a ver en el futuro, cuando tal vez me haya olvidado de muchos detalles. Pero eso no importa, porque olividar es otra forma de aprender, de conocer las cosas, y el poso que el olvido deja en la memoria va conformando una nueva historia qu…

Beatlemanía

No soy muy mitómano. En mi estantería tengo algunos libros firmados por autores que admiro, pero las cosas por las que siento más cariño son aquellas que me recuerdan los sitios donde he estado o las personas que he conocido. A pesar de mi escaso apego a lo material no me cuesta entender la fascinación hipnótica que sobre mucha gente proyectan ciertos objetos que han pertenecido o que simplemente han sido tocados o rozados por las yemas de los dedos de algún famoso. A mediados de los sesenta, durante una de las giras de los Beatles por Estados Unidos, los empleados de los hoteles donde se habían alojado hacían grandes negocios vendiendo las sábanas de las camas donde durmieron, los vasos donde bebieron, incluso el aire que respiraron se enlató para regocijo de los más fanáticos. La leyenda de los Beatles se acrecienta al mismo ritmo que el deseo irrefrenable de ciertos admiradores capaces de esquilmar sus ahorros para adquirir un fetiche de Paul, de John, de George, de Ringo. Sabedor …

Internet

No suelo navegar mucho. Ni por Internet ni en el mar. Ya me gustaría. Lo segundo, claro. Con las gotas de sudor que me cuesta algunas veces conectarme, no necesito tener demasiada experiencia náutica para tener la certeza de que la mayoría de las veces resultaría más fácil gobernar un velero de quince metros de eslora bajo un cielo copado de nubarrones que poder engancharme a la Red. Me empiezan a salir rectángulos grises en la pantalla, que si la conexión no está disponible, que si inténtelo más tarde, pero yo, incapaz como soy de distinguir entre un mega y módem, acabo reiniciando el ordenador después de cruzar los dedos y cerrar los ojos esperando que cuando vuelva a encenderse todo volverá a ser como antes. Al final logro conectarme: a poco que uno lo intente, a la tercera o a la cuarta se consigue. Luego me encuentro con la segunda parte de la aventura: mandar correos, recibir los mensajes de los amables lectores de este periódico que se ponen en contacto conmigo a veces cuesta t…

Soledades de domingo

Es domingo por la tarde. Es domingo por la tarde y, como muchas tardes de domingo, me viene a la cabeza la reflexión de Antonio Muñoz Molina en su alegato contra el servicio militar, Ardor guerrero: “es imposible ser feliz un domingo por la tarde”. Tal vez porque el lunes está demasiado cerca; tal vez porque el fin de semana ya terminó y dentro de pocas horas tendremos que acostarnos con la rutina o la preocupación de los días laborables. Tal vez porque ya casi es lunes y hay que volver a trabajar, pero el domingo por la tarde, más concretamente a la hora del crepúsculo, se pasan los momentos más tristes de toda la semana. Nada que ver con el viernes, con las tardes del viernes de cuando éramos niños, las tardes de viernes de cuando éramos niños y nos quedaban por delante más de cuarenta y ocho horas para jugar, para montar en bicicleta, para leer tebeos o novelas juveniles, cuarenta y ocho horas de felicidad completa. De niño uno recuerda las tardes de viernes, las tardes de dibujos …

Cuéntame

Lo tengo que reconocer: yo el año pasado no veía la serie, pero sí me enganché con algunos de los episodios de Cuéntame que se repusieron en verano, después de medianoche. Así que el otoño pasado -no me da vergüenza confesarlo- me convertí en uno de los seguidores de la familia Alcántara. Y lo seguiré siendo ahora que vuelve a emitirse. Alguien me contó una vez que a su hijo le recomendaban en el colegio que viera la serie, para tener una idea aproximada de lo que era la vida entonces, supongo. Y es que, aunque la serie encabezada por Imanol Arias, como cualquier éxito que se precie, cuenta también con sus detractores, yo la encuentro necesaria: hace poco más de treinta años, apenas un suspiro, pero la ilusión de una familia levantándose de madrugada para ver encendida una televisión que aún no ha sido sintonizada, la impresión al contemplar las evoluciones de una lavadora centrifugando, no nos resultan, a poco que pensemos un poco, tan ajenas. Veo a los Alcántara temblar de miedo ant…

Novelas de kiosco

A mí me gusta mimar las páginas que escribo: los folios de una novela, los folios de un cuento, los folios de los artículos que escribo para algún periódico o éstos donde leo cada miércoles en Onda Cero. Los temas casi siempre vienen solos, aunque algunas veces hay que sentarse en un sillón y, como decía Isaac Asimov, pensar intensamente. Al final, siempre sale algo y el terror ante la página en blanco o al parpadeo en la pantalla del ordenador no suele ser más que una excusa coqueta de ciertos autores perezosos. Aunque, bien pensado, quizá me gusta mimar lo que escribo porque casi siempre escribo de lo que quiero escribir. Si en lugar de consultar cada mañana la lista de trabajos pendientes tuviera la obligación de rellenar 60 o 70 folios de un tirón -60 o 70 folios cada día, durante años- seguramente el trabajo de escritor se me haría muy cuesta arriba y tal vez preferiría dedicarme a otras actividades menos agotadoras y más gratificantes.
Ahora que la novela de quiosco ha superado e…