Soledades de domingo

Es domingo por la tarde. Es domingo por la tarde y, como muchas tardes de domingo, me viene a la cabeza la reflexión de Antonio Muñoz Molina en su alegato contra el servicio militar, Ardor guerrero: “es imposible ser feliz un domingo por la tarde”. Tal vez porque el lunes está demasiado cerca; tal vez porque el fin de semana ya terminó y dentro de pocas horas tendremos que acostarnos con la rutina o la preocupación de los días laborables. Tal vez porque ya casi es lunes y hay que volver a trabajar, pero el domingo por la tarde, más concretamente a la hora del crepúsculo, se pasan los momentos más tristes de toda la semana. Nada que ver con el viernes, con las tardes del viernes de cuando éramos niños, las tardes de viernes de cuando éramos niños y nos quedaban por delante más de cuarenta y ocho horas para jugar, para montar en bicicleta, para leer tebeos o novelas juveniles, cuarenta y ocho horas de felicidad completa. De niño uno recuerda las tardes de viernes, las tardes de dibujos animados repletas de una felicidad de la que jamás volverá a disfrutar cuando se es adulto, pero también recuerda cierta congoja, que a lo mejor a esa edad no sabría definir, los domingos por tarde, incluso durante todo el día, cuando descontaba las horas que le faltaban para volver a clase.
Por eso los domingos observo a la gente de una forma muy especial. Uno, que tiene la bendita —o la maldita— manía de detenerse en los detalles, mira a los hombres que salen a comprar el periódico los domingos por la mañana, con el chándal o en vaqueros, acompañados de sus novias, de sus esposas, de sus hijos, sujetando la correa de un perro que olisquea por todos lados, o tal vez, muchos, que abandonan el portal de su casa cada domingo por la mañana con la única compañía que ellos mismos y se da cuenta de que, a poco que uno mire, es imposible disimular la soledad los domingos, que nadie está más solo que un domingo, que nadie está más solo que quien se acoda sin compañía un domingo en la barra de un bar para pedir una cerveza o almorzar unas tapas, que nadie está más solo que quien hace cola sin nadie al lado para ver un partido de fútbol en un estadio, que nadie está más solo que quien se acomoda en la butaca de una sala oscura de cine un domingo, ocupado el asiento de al lado por la chaqueta que ha dejado doblada, fingiendo, fingiendo tal vez que quien lo acompaña ha ido al servicio o a comprar palomitas.
Uno ve estas cosas los domingos, quizá porque a veces, como casi todo el mundo, también está solo, quizá porque tiene la maldita —o la bendita— costumbre de mirar las cosas de una forma especial. Uno ve estas cosas, las soledades de domingo, y se acuerda del título de aquella película, Domingo, maldito domingo. Uno ve estas cosas y entiende el título a pesar de no haber visto la película. Uno ve estas cosas y, mientras escribe este artículo, se pregunta si a veces no sería mejor no pensar tanto.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2003

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