Yo también soy Espartaco


El otro día volví a ver una de esas películas que revisito de vez en cuando, de tarde en tarde, pero que al acomodarme de nuevo frente al televisor me siento como si fuera la primera vez que la viera, descubro algo nuevo o me paso toda la sesión con una media sonrisa de satisfacción al comprobar que el paso del tiempo no ha acartonado la historia que me cuentan las imágenes sino que, por el contrario, el argumento ilumina el presente de una forma mucho más nítida de como lo hacen los periódicos. Igual que en los libros uno busca leer entre líneas, en el cine se pueden descubrir cosas muy interesantes si se presta la atención suficiente para mirar más allá de la pantalla. Hay ocho o diez películas que he visto varias veces y que pienso seguir volviendo a ver en el futuro, cuando tal vez me haya olvidado de muchos detalles. Pero eso no importa, porque olividar es otra forma de aprender, de conocer las cosas, y el poso que el olvido deja en la memoria va conformando una nueva historia que se mezcla con nuestra propia vida, con las nuevas lecturas, con las nuevas experiencias y, por eso y porque vamos cambiando, siempre encontramos un placer renovado al releer un libro que hace años abrimos por primera vez, al sentarnos a ver de nuevo una película que nos gustó tanto.
Por una de estas casualidades caprichosas que tiene la vida, hace pocos días, después de ver Espartaco, con un pletórico Kirk Douglas de hace más de cuarenta años, me enteré de que en una página web de Estados Unidos se han publicado los nombres de muchos actores y de mucha gente de Hollywood que ha estado en contra de la guerra de Iraq o que simplemente no ha apoyado sin reservas el mandato de su presidente. Se les tacha de antipatriotas, de irresponsables sólo por haber manifestado su opinión. Por su ferviente actitud antiamericana a Susan Sarandon y a Tim Robbins se les negó el otro día la participación en un homenaje a la película Los Búfalos de Durham, que ambos protagonizaron hace más de una década.
Afortunadamente ahora no va a pasar lo mismo que sucedió en los años cincuenta, cuando por culpa del senador Macarthy algunos de los mejores guionistas de Hollywood se quedaron sin trabajo -incluso dieron con sus huesos en la cárcel- por negarse a declarar o simplemente por manifestar abiertamente su ideología contraria a las tesis del senador que se hizo famoso gracias a la Caza de Brujas.
Me he acordado de todo esto al ver Espartaco porque Dalton Trumbo, el guionista de la película, fue uno de los escritores condenados al ostracismo durante muchos años y fue éste el primer guión que firmó con su nombre abriendo una luz de esperanza después de casi tres lustros de oscuridad. Espartaco es una película rebosante de sensibilidad, un canto a la libertad, a la subversión contra el poder establecido, al derecho a ser persona en lugar de un animal. No cuesta entender al lúcido y ácido senador Graco que interpreta Charles Laughton, consciente del inminente final de la República, de las listas donde se incluirán los nombres de aquellos que no comulguen con las ideas del futuro dictador Craso. En Espartaco, a pesar de estar ambientada en el primer tercio del siglo I antes de Cristo, se condensan muchos de los males que acechan al mundo de hoy: las guerras absurdas, el deseo irrefrenable, casi enfermizo, de poder, pero también se rinde un homenaje a aquellos que alguna vez -en el siglo I antes de Cristo o en el siglo XXI- se han sentido solidarios o han clamado contra la injusticia endémica. Será porque quien está leyendo este artículo acostumbra a ponerse siempre del lado de los que sufren, del lado de los perdedores, por muchas veces que la haya visto me cuesta contener la emoción en esa escena, casi al final de la película, cuando Laurence Olivier, después de haber derrotado al ejército de esclavos, dice que perdonará la vida a aquel que identifique a Espartaco y todos se levantan, al unísono, y gritan -parece que los estoy viendo ahora- :¡Yo soy Espartaco!

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2003

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