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Mostrando entradas de mayo, 2003

El corazón de madera

Finalista del I premio de Artículos Periodísticos "El Torreón" A Miguel Sánchez Sobrino, que se empeñó en publicarlo.


En las películas o en las novelas de policías existe una figura imprescindible, tan imprescindible como la rubia oxigenada o el detective solitario, inteligente, duro pero en el fondo con buen corazón, casi siempre con gabardina y sombrero, un par de botellas de whisky barato en el armario donde guarda sus archivos y una paciencia infinita que le ayuda a esperar el golpe de suerte que cambie su vida. De su pasado como investigador para el fiscal del distrito, Philip Marlowe conservaba viejas amistades que le soplaban información. Sherlock Holmes, sin embargo, recurría a los Irregulares de Baker Street, una pandilla de adolescentes que vagabundeaban por las calles de Londres recabando para el rey de la Ciencia del Razonamiento Deductivo información extremadamente valiosa.
Pero eso era antes, a finales del siglo XIX o en la primera mitad del siglo XX. Aunque supon…

Profesiones sin paro

Siempre que se acerca el verano y el buen tiempo los índices de desempleo bajan considerablemente. Debido a la fuerte estacionalidad de la economía, hasta entrado el otoño las colas del INEM se reducen, los hoteles cuelgan los carteles de “completo” y los veraneantes hacen cola, pacientes, en los chiringuitos, buscando resguardo del sol implacable. Es una de las cosas buenas que tiene el verano, que a pesar del calor, hasta los menos afortunados parece que encuentran un trabajo. Precario o no precario, pero ésa es otra cuestión, y no se trata del tema que hoy vamos a comentar.
Existen ciertas profesiones cuyos índices de desempleo son irrisorios, inexistentes, incluso. Uno siempre ha tenido la impresión de que la consecución de un título de informática, de enfermería, de ingeniero de telecomunicaciones, incluso de bombero o policía local, lo eleva a quien lo obtiene a un estatus envidiable que le distingue del resto de los mortales, de mucha gente que pasa de un trabajo a otro con la …

Pasear

Uno no se da cuenta del placer de caminar hasta que un día tiene que aparcar el coche muy lejos de su destino y, en lugar de coger un taxi, decide que hace un buen día y que no sería mala idea dar un paseo hasta el centro. Después de todo ha venido con tiempo de sobra ante el atasco predecible. Se siente raro al principio, camina muy rápido el primer trecho, con una prisa que en realidad no tiene, desacostumbrado a desplazarse utilizando las piernas, pero, cuando ha superado los primeros minutos de incertidumbre empieza a notar que ha recuperado o ha redescubierto un placer antiguo que llevaba guardado en la memoria, y empieza a ralentizar sus pasos, a observar la ciudad desde una perspectiva diferente, se entretiene observando a tanta gente que camina y en la que nunca se ha fijado cuando iba conduciendo, se demora en una plaza, bajo el frescor agradable de la sombra de un naranjo en una mañana calurosa que anticipa el verano implacable. Al llegar a su destino mira el reloj y comprue…

La bola de cristal

Érase una vez, hace diecinueve años, un programa de televisión que se emitía los sábados por la mañana. Parece como si estuviera refiriéndome a la Prehistoria, pero no hace tanto tiempo sólo había dos cadenas de televisión, la Primera y la Segunda, cuya programación matinal se reducía a los sábados y los domingos. Ahora puedo encender el televisor a cualquier hora, por la mañana, al mediodía, de noche, incluso de madrugada, y siempre encontraré algún programa fronterizo que se emite, supongo, para mitigar la soledad de los insomnes que dan vueltas por la casa sin saber en qué entretener el tiempo de agobio que se extiende implacable mientras los demás descansan. Ahora, también, en cada casa pueden verse como mínimo una docena de canales de televisión y aunque, para ser sincero, no creo que eso sea malo si uno sabe qué ver o qué buscar entre la basura, el otro día, cuando me enteré de que acaba de salir un libro sobre aquel viejo programa infantil, La bola de cristal, me sacudió la nos…

El ratón Pérez

Irene y Carmen son dos señoritas preciosas de seis años que, cuando llego a la orilla y me siento en una butaca frente al mar, se sientan en mis rodillas, envueltas en sendas toallas después de una mañana feliz de baños y de juegos en la que he tenido que participar debido a esa contumacia entrañable que tienen los niños para conseguir que los adultos les prestemos atención. Entre risas me cuentan que a las dos les gustan los espaguetis, los huevos fritos, los macarrones con tomate, las pizzas y los helados de chocolate. Igual que a mí. Por la tarde, más playa, más sol, más baño y, a la hora de la merienda asisto a un concierto de canciones interpretadas a dúo por dos artistas cuyas vidas juntas apenas suman doce años. Luego, Irene me cuenta que un niño de su clase le ha dicho que el Ratón Pérez no existe, pero ella no se lo cree. Carmen, me mira muy seria y me explica que es imposible que el Ratón Pérez no exista, porque con los dientes de los niños, los ratones hacen casas, muebles,…

Seguro de belleza

Ya no nos asombramos al enterarnos del valor las piernas de un futbolista después de haberlas asegurado. El valor de una sola pierna que se quiebre de Ronaldo, de Zidane, de Raúl o de Van Nistelroy, significaría para la mayoría de los mortales más dinero del que ganaría en varias vidas. Pero teniendo en cuenta que se trata de su herramienta de trabajo y, ganando lo que ganan ¾y lo que dejarían de ganar si no pudieran volver a jugar¾ es más que lógico que paguen una sustanciosa suma para dormir tranquilos. Como de herramientas de trabajo se trata, dicen por ahí que Jenniffer López tiene asegurado su trasero. Que nadie se eche las manos a la cabeza o apague la Radio, por favor: no quiero yo decir que la actriz trabaje con el culo, pero sí que, por descontado, es un elemento más de su innegable atractivo. Aunque me queda la duda de saber cómo se mide el seguro del culo, si al firmar la póliza cada año el agente de turno debe proveerse de metro, nivel y escuadra para tomar medidas, ángulo…

El vendedor de pollos

El vendedor de pollos


Ya está haciendo calor, mucho calor. Quizá más calor del que estamos acostumbrados a soportar en esta época. Tanto calor que da miedo pensar el que pasaremos en verano.
El hombre de la furgoneta también tenía calor. Sudaba a mares cuando se paró, conectó el altavoz y empezó a pregonar las excelencias de los pollos que vendía. No era difícil adivinar su mercancía si uno conducía detrás de él, sin mucha prisa, y echaba un vistazo a las plumas que abandonaban la furgoneta por la precaria abertura practicada en la parte posterior. Caía la tarde, pero todavía hacía mucho calor cuando el hombre detuvo la vieja furgoneta en mitad de la calle, con sus pollos vivos para vender, sacó una mano por la ventanilla y me indicó que lo adelantase. Al hacerlo me fijé en él, cincuenta y muchos, tal vez más, o tal vez menos pero muy trabajados, el pelo negro, chupaíllo, el rostro agitanado plagado de arrugas profundas, de arrugas que salen de trabajar y de vivir, de partirse el lomo a…

Elecciones

Aunque nuestros políticos llevan varios meses tirándose los trastos a la cabeza, la campaña electoral ha empezado hace pocos días y terminará el próximo 23 de mayo a las doce de la noche, cuando todos los votantes, como buenos ciudadanos, nos iremos a dormir para levantarnos temprano y reflexionar el sábado a quién elegiremos el domingo. No sé ustedes, pero a mí, la verdad es que cada vez me cuesta más diferenciar a unos candidatos de otros. Miro los carteles que adornan la ciudad, las caras de los políticos repeinados, las sonrisas de niños buenos, las expresiones de aparente determinación, la parafernalia y el esfuerzo destinados a caernos bien, a convencernos de que les votemos, y me parecen todos iguales. Los miro y me recuerdan a esos niños caprichosos que conceden una tregua a sus padres y se portan bien durante un rato para conseguir lo que quieren, a esos maridos infieles que prometen no volver a faltar a sus deberes conyugales para conseguir un beso o una caricia. Será que ca…