Pasear

Uno no se da cuenta del placer de caminar hasta que un día tiene que aparcar el coche muy lejos de su destino y, en lugar de coger un taxi, decide que hace un buen día y que no sería mala idea dar un paseo hasta el centro. Después de todo ha venido con tiempo de sobra ante el atasco predecible. Se siente raro al principio, camina muy rápido el primer trecho, con una prisa que en realidad no tiene, desacostumbrado a desplazarse utilizando las piernas, pero, cuando ha superado los primeros minutos de incertidumbre empieza a notar que ha recuperado o ha redescubierto un placer antiguo que llevaba guardado en la memoria, y empieza a ralentizar sus pasos, a observar la ciudad desde una perspectiva diferente, se entretiene observando a tanta gente que camina y en la que nunca se ha fijado cuando iba conduciendo, se demora en una plaza, bajo el frescor agradable de la sombra de un naranjo en una mañana calurosa que anticipa el verano implacable. Al llegar a su destino mira el reloj y comprueba complacido que, a pesar de haber venido andando y de haberse entrenido disfrutando del paseo, incluso le ha sobrado tiempo. Y cuando termina lo que ha venido a hacer desanda el camino y vuelve a disfrutar del trayecto. Se mete dentro del coche, lo arranca, conecta el aire acondicionado y realiza todos esos gestos mecánicos repetidos millones de veces durante sus años de conductor. En un semáforo, mira a la gente que camina por la acera y de pronto se siente constreñido, agobiado en el interior de su vehículo. Cierra los ojos para pensar en su paseo matinal y a punto está de bajarse del coche y dejarlo allí, en mitad de la avenida: no hay que viajar muy lejos, piensa, para disfrutar de un mundo diferente.

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2003

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