La que te espera, Leonor

Lo confieso, Cristóbal, y la verdad es que no tendría que darme ninguna vergüenza hacerlo, pero es la verdad: de vez en cuando me quedo mirando embobado esos programas de cotilleo de la tele, que ahora se llaman del corazón, o quieren llamarlos también de información general, me parece. Los eufemismos sirven también para tapar verdades innombrables, pero bueno, no es ésa la cuestión de la quiero hablar hoy. Decía que algunas veces uno no puede sustraerse a la información del corazón, aunque no quiera, y por más que me gustaría no saber quiénes son Antonio David y Rociíto, Belén Esteban y su maromo de turno o los eximios hermanos Matamoros, por desgracia creo que hasta los reconocería por la calle si me los cruzase. Pero bueno, Cristóbal, que ya no me desvío más: hoy voy a hablar de Leonor. Porque, sí, he visto las imágenes de su bautizo, y que nadie me arrugue el ceño si la llamo Leonor a secas, sin el doña delante o los santos detrás. El caso es que la veía ahí, tan pequeñita, tan tranquila, sin apenas inmutarse cuando le enjuagaron el cráneo con el agua del Jordan, que me dio un poco de pena, la verdad. Y no por lo pequeñita o lo frágil, sino por la que se le viene encima a esta criatura, Cristóbal. Nos queda Leonor hasta en la sopa, así que mejor que vayamos acostumbrándo-nos: el primer diente de Leonor, Leonor y el Ratón Pérez, los primeros pasos de Leonor, Leonor llora en su primer día en el colegio, las amiguitas de Leonor, su primer novio. En fin. Tiempo tendremos de verlo, querido Cristóbal, y lo malo será que nosotros, tú y yo, y todos los que nos están escuchando ahora, seremos, cada vez, un poquito más viejos. Pero lo peor ―insisto, y espero que no se ofendan los que piensan que la Corona es una antigualla a erradicar―, se lo va a llevar ella, Leonor. Verás, Cristóbal: su abuelo, el rey Juan Carlos, es un tipo campechano que cae bien a casi todo el mundo. Su padre, el príncipe, parece más tímido, pero, si no ocurre una desgracia, aún le quedan muchos años por delante para colocarse la corona y ganarse a quienes lo miran con recelo, monárquinos o no. Pero a la pobre Leonor, Cristóbal, la que le espera, hasta que llegue a ser coronada. Cuánta gente observándola, por un lado, siempre observándola ―no me gustaría estar en su pellejo, te lo aseguro―, co-mo para volverse loca. Y tal vez para nada, ¿sabes?, porque, en condiciones normales, calculo a que Leonor le quedan unos cincuenta años mal contados por delante para proclamarse reina. En cincuenta años caben muchas legislaturas, muchos gobiernos de uno y otro signo, políticos que quizá se apropia-rán del nombre de España para apuntalar sus ideas reaccionarias, políticos cuya dejadez o estrechez de miras quizá tengan la culpa de que el nombre de España desaparezca para siempre y sólo quede un recuerdo amable en los libros de Historia. Así que, bueno, Cristóbal, ponte a hacer cuentas: cincuenta años. Si no sabemos si España seguirá siendo España entonces, cómo vamos a pensar siquiera en tener una reina.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2006




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