Ciberamor

Bueno, Cristóbal, los millones se han ido, a Francia y a Portugal, según me han contado, así que habrá que esperar a la próxima vez que el euromillón acumule un bote mareante como el que había el viernes pasada, una cifra que rondaba los doscientos millones de euros. Doscientos millones de euros, Cristóbal, muchas pesetas si nos ponemos en plan nostálgico. Yo no sé si tú, Cristóbal, o los oyentes de este programa, pero yo me he puesto a fantasear alguna vez con la idea de qué haría si me tocase un buen pellizco de la lotería, y uno siempre sueña con una vida mejor o más agradable, aunque la vida de uno sea razonablemente tranquila y apacible. He pensado en cuánta gente podría ayudar con ese dinero, a cuántas causas buenas podría dedicar mi fortuna, imaginarme que, como Edmundo Dantés, el Conde de Montecristo, me había convertido en la Providencia. Qué bonito, fíjate, poder convertirte en la Providencia. Pero bueno, ya sabes que, seguramente por deformación profesional tengo una tendencia irresistible a imaginar. Porque escribir, Cristóbal, no es más que jugar a imaginemos. Y cada vez que pienso en un premio gordo de lotería acabo derrapando en sentimientos encontrados: por una parte me gustaría que me tocara, claro, como a todo el mundo: basta con echar una ojeada a los precios de las viviendas en Sevilla y desear enseguida ser millonario. Pero por otra parte también pienso que sería un problema, Cristóbal. Si lo pienso fríamente no sé hasta qué punto puede ser uno feliz con tanto dinero, hasta dónde puede sentirse uno tranquilo al salir a la calle sin temor a que alguien te haya puesto la proa, o, peor, a que alguien se haya fijado en cualquiera de los tuyos, en alguno de los que quieres. Así que cuando me pongo a imaginar acabo resolviendo, Cristóbal, que si alguna vez me tocara un premio gordo pondría todas mis energías en mantenerlo en secreto, en que mi vida y las vidas de los míos no se trastornaran. Supongo que es mejor tener dinero que no tenerlo, pero lo más importante, sobre todo, cuando se tiene dinero, creo yo, es ser discreto. No debe de pensar lo mismo el multimillonario norteamericano Donald Trump, que se ha querellado contra un periodista que ha escrito un libro en el que afirma que su fortuna asciende sólo ―fíjate, qué miseria― a una cantidad que oscila entre 150 y 200 millones de dólares. El magnate se ha enfadado, y se ha enfadado mucho, porque afirma poseer 2.700 millones de dólares. Y no parece tener bastante, porque ha pedido 2.500 millones de dólares al autor y a la editorial por daños compensatorios y otros 2.500 millones de multa. En fin, Cristóbal: yo hay meses que no gano eso. No sé si tú. Esperemos ―yo ya tengo los dedos cruzados― que Donald Trump no sea oyente de Protagonistas. Lo digo porque podemos llevarnos pagando indemnizaciones, como alguien dijo una vez, hasta que se congele el Infierno.
 
© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2006


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