Me estoy haciendo viejo

 Lo que te voy a contar hoy, Cristóbal, es que el otro día caí en la cuenta de que me estoy haciendo viejo. El caso es que mi sobrino, que está a punto de cumplir quince primaveras de calendario, me mandó un mensaje de texto al móvil, un sms, para que nos entendamos. Total, que lo abrí, como hago con todos, y me dije, ahí va, mira tú que sorpresa, me acabo de dar cuenta de que la razón por la que el chaval saca malas notas en inglés es porque habrá dedicado un montón de horas a estudiar chino. Se habrá enterado mi sobrino, pensé, de que China será dentro de pocas décadas la primera potencia mundial y, previsor, ha decidido que el futuro no lo coja con el paso cambiado. En fin, chino mandarín o japonés, el caso es que el que quien te está hablando ahora mismo, Cristóbal, no logró entender una palabra del mensaje. Tuve que pedir ayuda, lo confieso, buscarme un traductor que me descifrase el mensaje, pero lo único que sacamos en claro, el traductor y yo, es que, se trataba de algún idioma extraño, pero no era el chino. Entonces me dio por pensar que mi sobrino, no es que estuviera recibiendo un curso intensivo de chino mandarín, sino que a lo mejor se había convertido en un experto en lenguaje Morse, ya sabes, punto, raya, punto, y toda esa historia; o a lo mejor es que había nacido con un don especial para la taquigrafía, o quizá es que se había aficionado a las no-velas de espías y era capaz de descifrar, él solito, cualquier mensaje en clave que le pusieran por delante, fíjate, y yo, que tanto presumo de que leer las novelas que escribe John Le Carré, sin saberlo. En fin, como la duda me comía las entrañas no me quedó otra que tragarme el orgullo y preguntarle al chaval. Y la conclusión, Cristóbal, es que me estoy haciendo viejo, y por muy joven que quiera sentirme no hago más que engañarme a mí mismo. Yo no sé escribir sin vocales, a lo más que soy ca-paz, cuando escribo un sms, es a poner una q en lugar de la palabra “que”. Si pongo una “k” me siento como si cometiese un pecado, y no te digo nada si he de poner una “x” en lugar de la “ch”. Así que, la verdad es que no sé qué hacer, Cristóbal, si reciclarme y aprender a enviar sms como Dios y los adolescentes mandan o resignarme a que me llamen carca el resto de mi vida.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2006


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