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Mostrando entradas de marzo, 2006

Al Capone en Marbella

Bueno, Cristóbal, dicen que se veía venir, aunque tampoco es como para presumir de clarividencia, digo yo. Me refiero a lo de Marbella, que desde ayer he escuchado nosecuantas veces que desde hace quince años estaba claro que algo así pasaría. Y fíjate en la movida de ayer en Marbella, la policía en plan Intocables de ElliotNess, interviniendo en el ayuntamiento y en las oficinas de la policía local para acabar con la corrupción de un solo tajo. Lo gracioso del asunto, Cristóbal, es que Al Capone hace mucho que se mudó de Chicago, y ahora vive en un chalet de lujo de la Milla de Oro, y hasta las botellas de licor con las que traficaban los gánsters durante la Ley Seca se me antojan, con la perspectiva que da el tiempo, más románticas o más poéticas que los vulgares ladrillos, el cemento y las recalificaciones que han convertido un lugar estupendo como Marbella en una broma del mal gusto. Parece que la Justicia al final funciona, aunque sea un poco tarde y en lugar de Justicia sea sólo…

Sin tarjeta

Ya ves, Cristóbal, he estado un par de semanas en dique seco, perdido y en el lodo, como di-rían Los Panchos. Y todo por culpa de un objeto que no mide más de siete centímetros de ancho por cuatro de alto: mi tarjeta de crédito, que un día, cuando fui a sacar dinero, se la tragó el cajero, y yo ahí, mirando la pantalla con cara de tonto, escrutando el almanque para ver si era el día el Día de los Inocentes, dando golpes al cajero, como un energúmeno, hasta me dolió la mano. Pero nada, Cristóbal, la tarjeta se quedó dentro y yo sin un duro ―bueno, sin un céntimo―. Desde aquel día, lo primero que hice cada mañana fue llamar al banco, consternado, a ver si me habían mandado una tarjeta nueva, porque la otra me explicaron que el cajero se la tragó porque estaba tan vieja y deteriorada que ya no servía nada más que para chatarra. Y, ¿sabes una cosa? lo que más me molesta de esto, Cristóbal, no es haber perdido la tarjeta, sino que me haya importado tanto estar unos días sin llevar la tarje…

Adiós a las armas

Bueno, Cristóbal, yo ya tenía escrita otra separata, la verdad. La escribí hace un par de dí-as, y justo cuando la acababa de archivar en el disco duro de mi ordenador, me llaman por teléfono para que encienda la radio: corre, Andrés, pon la radio: ETA ha abandonado las armas. Hay que ver, he acabado de escribir esta frase, y me he quedado parado un momento antes de continuar, fíjate. Vuelvo a escribirla: ETA ha abandonado las armas. Quién me iba a decir a mí que iba a escuchar esta frase, que luego la iba a escribir en un papel y mucho menos que la repetiría en un medio de comunicación, si ya se derramaba sangre en nombre de ETA antes de que yo naciera. Y aquí estamos, celebrándolo. Hoy empieza el alto el fuego, y por muy malo, por muy defectuoso, por muchos flecos o por mucha desconfianza que despierte, tenemos que estar todos contentos. Y ojalá que dure. Tal vez, Cristóbal, deberíamos plantar otro árbol en la puerta C del Estadio Olímpico, igual que se hizo el otro día para celebra…

Adiós a las armas

Bueno, Cristóbal, yo ya tenía escrita otra separata, la verdad. La escribí hace un par de dí-as, y justo cuando la acababa de archivar en el disco duro de mi ordenador, me llaman por teléfono para que encienda la radio: corre, Andrés, pon la radio: ETA ha abandonado las armas. Hay que ver, he acabado de escribir esta frase, y me he quedado parado un momento antes de continuar, fíjate. Vuelvo a escribirla: ETA ha abandonado las armas. Quién me iba a decir a mí que iba a escuchar esta frase, que luego la iba a escribir en un papel y mucho menos que la repetiría en un medio de comunicación, si ya se derramaba sangre en nombre de ETA antes de que yo naciera. Y aquí estamos, celebrándolo. Hoy empieza el alto el fuego, y por muy malo, por muy defectuoso, por muchos flecos o por mucha desconfianza que despierte, tenemos que estar todos contentos. Y ojalá que dure. Tal vez, Cristóbal, deberíamos plantar otro árbol en la puerta C del Estadio Olímpico, igual que se hizo el otro día para celebra…

Macrobotellón

Pues nada, Cristóbal, que hoy he venido hasta aquí con las carnes abiertas. Si te digo la verdad, hasta se me pasó por la cabeza la idea de hacer mi intervención semanal por teléfono. Si las noticias son ciertas, Cristóbal, a esta hora la Isla de la Cartuja debe de estar preparándose para una invasión ―de la Isla de la Cartuja y del Charco de la Pava, puede que pacífica, pero, como cualquier invasión, arrolladora: los chavales, y seguro que los que no son tan chavales, pertrechados con neve-ras, con bolsas con cubitos de hielo, botellas de licor y equipos de música en los coches, dispuestos a coger la gran cogorza, o una de ellas, mientras los que mandan en el ayuntamiento nos han aconsejado a todos los que tengamos cosas que hacer por la Isla de la Cartuja, que nos larguemos cuanto antes, y aquí estamos, Cristóbal, igual que los soldados ingleses acorralados en las playas de Dunquerque, con los tanques alemanes pisándoles los talones y el Canal de la Mancha a la espalda, acojonados p…

El vinilo

Hace poco lo encontré, Cristóbal, en el rincón más apartado de la estantería, allí donde se acumulan el polvo y el olvido, como si guardásemos una parte de nosotros que nos gusta recordar pero de la que tampoco queremos deshacernos. Era mi viejo equipo de música, con dos pletinas para cintas, un cargador rudimentario para CDs y, en la parte arriba, un plato para discos de vinilo, con su aguja, cubierto por una tapa de plástico, transparente, polvorienta. La levanté, con el ceño fruncido, como quien encuentra un viejo tesoro. Había un disco dentro, un LP, como se llamaban antes. Enchufé el aparato y el disco se puso a girar, sin protestar, como si no hubiera pasado nada más que un rato desde que lo encendí por última vez. Coloqué la aguja y sonaba. ¿Sabes, Cristóbal? Hacía muchos años que no escuchaba ese ruido de fondo de los discos de vinilo, ese ruido que tanto me molestaba cuan-do era un adolescente porque significaba que los discos habían envejecido y yo no había tenido la pacienc…

Trivial trivial

Cristóbal, yo estoy seguro de que tú conoces ese juego, el Trivial, igual que estoy seguro de que lo conocen la mayoría de los oyentes, si no todos, de Protagonistas. Hay quien dice que es el mejor juego de mesa jamás inventado, y yo no sé si esto será exagerdo o no, que tal vez, pero yo me atrevería a decir que sí, que quizá lo sea. Pero es que me han contado que ahora hay una nueva ver-sión, igual que la de siempre, con sus tarjetas, sus preguntas, sus quesitos y toda la parafernalia acostumbrada, en la que los temas bajo los que se agrupan las preguntas han cambiado: es decir, en vez de Literatura, Historia o Ciencia, las preguntas son de la Prensa del Corazón, y en lugar de ganar una partida por saber cuándo se libró la batalla de Alcazarquivir o por acordarse del número atómico del Uranio, por ejemplo, uno puede levantar los brazos, triunfante, si se conoce al dedillo las andan-zas de la vida ejemplarizante del ex alcalde de Marbella, pongamos por caso, y su novia la tonadillera…