Al Capone en Marbella

Bueno, Cristóbal, dicen que se veía venir, aunque tampoco es como para presumir de clarividencia, digo yo. Me refiero a lo de Marbella, que desde ayer he escuchado nosecuantas veces que desde hace quince años estaba claro que algo así pasaría. Y fíjate en la movida de ayer en Marbella, la policía en plan Intocables de Elliot Ness, interviniendo en el ayuntamiento y en las oficinas de la policía local para acabar con la corrupción de un solo tajo. Lo gracioso del asunto, Cristóbal, es que Al Capone hace mucho que se mudó de Chicago, y ahora vive en un chalet de lujo de la Milla de Oro, y hasta las botellas de licor con las que traficaban los gánsters durante la Ley Seca se me antojan, con la perspectiva que da el tiempo, más románticas o más poéticas que los vulgares ladrillos, el cemento y las recalificaciones que han convertido un lugar estupendo como Marbella en una broma del mal gusto. Parece que la Justicia al final funciona, aunque sea un poco tarde y en lugar de Justicia sea sólo un reflejo débil de lo que debería haber sido ―la Justicia, quiero decir― si las cosas se hubieran hecho a su debido tiempo, antes de que un montón de gente se hubiera llenado los bolsillos. Por-que, Cristóbal, mira, vamos a dejarnos ya de eufemismos, que sabes que no me gustan nada: ya está bien de políticos corruptos, de constructores sin escrúpulos y de trincones que ponen la mano por mirar para otro lado. Ayer le tocó a Marbella, y ya era hora de que se parase de una vez tanto des-propósito, tanta locura, que no sabemos ahora, un día después, las consecuencias que va a traer. Y esto no ha hecho más que empezar: piensa en cuántos despachos de ayuntamientos se habrá echado más de uno ayer a temblar, poniendo en remojo sus barbas. Como se empiecen a mirar estas cosas con lupa ―que es como se debería hacer siempre―, me da en la nariz que el puesto de político va a ser uno de los que más vacantes va a tener en los próximos años, fíjate: al final no hay mal que por bien no venga, y lo de ser político puede ser una profesión con futuro. Pero tampoco me quiero pasar de iluso. Hace ya mucho tiempo que descubrí que casi nunca ganan los buenos. El daño que se ha hecho ―que han hecho entre todos― es irreparable, y por mucho que me moleste, por mucho que me moleste y nos duela a todos, Cristóbal, siempre habrá alguien dispuesto a poner la mano para trincar un buen fajo de billetes por hacer la vista gorda. Aunque al menos reconforta saber, querido Cristóbal, que algunas veces, aunque sólo sea por un rato, la Justicia pone a los corruptos contra las cuerdas, les hace pasar un mal rato y les sube la tensión, y aunque, como te digo, enseguida los reemplazarán otros, o quizá vuelvan ellos mismos a cometer las mismas tropelías, ese placer, esa sensación de almorzar viendo en las noticias que a todo el mundo, se llame como se llame o tenga el cargo que tenga, le puede llegar la hora de rendir cuentas, esa alegría, Cristóbal, nadie podrá quitárnosla.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2006


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