La selección mestiza

Bueno, Cristóbal, el Mundial termina el domingo, y, como ves, le he cogido el gusto a esto de hablar de fútbol ―ya sabes, que si Manolo el del bombo, que si la ilusión del próximo campeonato el otro día―, aunque no tanto como para dejar de hablar de libros la próxima temporada y pedirte que me des una sección en Protagonistas Sevilla en la que ponga al día a nuestros oyentes de los fichajes del Betis y del Sevilla. De momento prefiero seguir con los libros y con estas separatas con las que me dejas que castigue cada viernes a quienes nos escuchan.
El caso, Cristóbal, es que tengo la manía de ver cosas raras cuando me pongo a mirar un partido en la tele, y a poco que me descuide me despisto tanto que ya no soy capaz de estar pendiente del juego, sino de asuntos que no tienen mucho que ver con lo que está pasando en el campo, o que sí la tienen, y mucho, según se mire. Me he estado fijando estos días en la selección de Francia, Cristóbal, esa que nuestros aguerridos futbolistas se iban a comer sin pelar. En fin. Que los íbamos a jubilar antes de tiempo. Me fijo en ellos cuando suena la Marsellesa, Cristóbal, todos abrazados, algunos mirando el cielo, cantando eso de alosanfandelapatrie, o como se diga, y al ver que, salvo dos o tres jugadores todos son de origen africano ―no nos olvidemos que Zinedine Zidane es hijo de un inmigrante argelino―, me he acordado de que Francia es el país europeo que tiene el mayor número de población inmigrante, y que, me da la sensación, a pesar de los coches ardiendo, las manifestaciones y el Le Pen de turno, esa población inmigrante está tan integrada en el país, en la bandera tricolor y en las costumbres galas que pa-rece que han probado también la poción mágica del druida Panorámix, esa que volvía invencibles a Astérix y a los suyos. En fin, Cristóbal, esa integración multirracial que existe en la selección francesa es algo que, fíjate, no he visto en la misma medida en la selección de ningún otro país europeo en el mundial, salvo Holanda, si acaso. Y la cuestión es, Cristóbal, que me pongo a pensar y me doy cuenta de que todavía nos falta un camino muy largo por recorrer, a nosotros, a nuestro país ―y espero que nadie se ofenda por llamarlo así― y a nuestra selección. Porque veo a la selección francesa, multicolor, y no puedo dejar de acordarme de esos partidos que se juegan en Navidad, Cristóbal: la Selección del País Vasco, la Selección de Cataluña, la Selección Andaluza, y la Selección de Villanueva del Pardillo, como nos descuidemos, contra el resto del mundo. Tal vez el tiempo me dará la razón, aunque todavía tengamos que esperar dos o tres mundiales, Cristóbal. Dentro de quince o veinte años, tal vez antes, puede que la selección española sea un combinado multicolor, una mezcla de razas como es hoy la francesa. Y es que a lo mejor es eso lo que nos falta, Cristóbal, que nos inyecten un poco de sangre mestiza en las venas y se nos quite el aletargamiento estúpido en el que nos estamos hundiendo, y no hablo sólo del fútbol, querido amigo. Me da en la nariz que hasta que nuestros jugadores no lleven apellidos africanos no podremos considerarnos favoritos de verdad antes de empezar un mundial.
© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2006


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