Saber decir que no
La verdad es que no estoy seguro de si ya sabía la verdadera ra zón , Cristóbal, o quizá intuía el meollo del asunto pero, como siempre ando con la nariz metida entre libros, no acababa de darme cuenta. Se rá que a lo mejor me he acostumbrado a ver el telediario o abrir el pe riódico y enterarme de que un niñato de catorce o quince años le ha pe gado a su profesor, a su padre, a su madre o un compañero de clase por el simple placer de grabar el recuerdo en el teléfono móvil. Pero la clave de todo esto me la dio el otro día una profesora: resulta que mu chas veces la primera vez que un chaval escucha la palabra “no” en bo ca de un adulto no es en su casa, sino en el colegio, a un desconocido que se desgañita delante de la pizarra para meterles cosas valiosas en la mollera mientras les pide por favor que tengan apagados los teléfonos móviles. Y, fíjate, querido amigo, yo estoy convencido de que los niños siempre han sido ―siempre hemos sido―, igual de malos y de salvajes, porque en l...