Que no me toquen a Mortadelo

 Yo, Cristóbal, para que te voy a mentir a estas alturas. Ya hemos compartido unas cuantas temporadas de micrófonos y sabes que cuando tengo la alcachofa delante casi siempre me salen dos vertientes, la sensible o la cínica, y hoy, antes de empezar a hablar, querido amigo, ya sé que estoy deseando meterme con unos cuantos mentecatos, aunque les pese a los políticamente correctos. Porque yo no sé quién habrá inventado eso de la corrección política, pero a mí me parece que casi siempre, lo políticamente correcto, no es más que un eufemismo para disfrazar la estupidez.
Y es que ahora la han tomado con Mortadelo, Cristóbal, con mi querido Mortadelo, al que le tengo tanto cariño como a un viejo amigo con el que he compartido muchos ratos de felicidad desde que aprendí a leer. Un amigo fiel con el que, literalmente, me ha dolido, y me duele, la boca de la risa. Y, mira, aunque te parezca que te estoy hablando en broma pocas veces me habrás escuchado tan serio. Lo que jamás se las ocurrido a los fanáticos que llevan turbante se han atrevido a hacerlo los fundamentalistas que por llevar crucifijo se creen en posesión de la verdad. En la última entrega de las aventuras del personaje de los tebeos más famoso y más querido por todos aquellos que aprendimos a distinguir las letras en sus viñetas, su creador, Francisco Ibáñez, se ha metido con la Iglesia, y ahora hay gente que se siente ofendida y que clama al cielo, gente miope que pide a los lectores que boicoteen los libros de Mortadelo y Filemón, que dejen incluso de comprar los libros de la editorial que ha tenido la desvergüenza de publicar el úlitmo álbum de Mortadelo. Parece de cachondeo, y ojalá lo fuera, pero es tan triste como que hay gente cuya estrechez de miras es inversamente proporcional a su inteligencia y a su sentido del humor. Te juro que si no me hiciera tanta gracia este asunto correría a poner a buen recaudo mi co-lección de aventuras de Mortadelo y Filemón, las últimas que he com-prado y las que tengo desde que era un niño; esconderlas antes de que se conviertan en libros prohibidos que nos ahorren el esfuerzo de bus-car leña seca con la que encender el fuego en invierno.
Ya sé que el espacio que dedicamos a recomendar libros a los oyentes fue ayer, Cristóbal, pero hoy viernes me vas a permitir que haga lo mismo. Si no te importa, hoy voy a colocar en las estanterías de la Biblioteca de Protagonistas todas las aventuras de Mortadelo y Filemón que tengo en casa. A Mortadelo, a Filemón, al Súper, al profesor Bacterio, a Ofelia y a todo el personal de la TIA. Por muchos años que tenga, Cristóbal, cada vez que abro un libro de Mortadelo, antes de que haya leído dos páginas ya me duelen las mandíbulas de reírme, y la risa, querido amigo, es la mejor cura contra la gilipollez.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2006


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